Canciller Dylan

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

¡Qué hermoso, amigo lector! Seguro que ahora me lee con el cinto corrido un puntito por la abundancia de las cenas navideñas, así que me va a tocar hacerlo liviano, cosa de no caerle muy pesado. Para pesados ya tenemos a otros, que cualquier cosa que digan caen como empanada de chinchulines.

Ya sabe que lo anoto en esa lista al presidente, que metió un discurso de fin de año al que sólo le faltaba la nieve. Metieron unos tonos navideños bien del hemisferio norte, justo como para mandarle un mensaje a los que se querían ir de vacaciones para aquellos pagos y los liquidaron sacándoles las cuotas a los viajes.

Le soy sincero, estimado: por algún motivo me hizo acordar a Ebenezer Scrooge, el malo de la novela de Dickens. Eso sí, no tiene mayores parecidos, a excepción de esa característica de odiar todo lo que haga feliz a la gente. Es notable la fascinación por romper todo lo que dice querer mejorar. Es casi una especie de don.

Por suerte el expansivo gabinete de ministros ha incorporado una nueva figura, el perro Dylan. Es que fue noticia que se comunicó con el futuro can presidencial chileno, la mascota de Gabriel Boric, el perro Brownie. Yo conocía muchos tipos de diplomacia, pero es la primera vez que escucho de diplomacia canina.

Puede ser una buena estrategia, habida cuenta de que el canciller es el joven nido de carancho Cafiero III, que no es una evolución significativa frente al Sr. Merluza, Felipe Solá. Me hace acordar a ese graffitti que decía “Votemos a las meretrices. Ya probamos con los hijos y no nos dio resultado”. Capaz probando con los perros nos puede ir un poco mejor.

¿Se acuerda del lío que se armó cuando Macri sentó al perro Balcarce en el Sillón de Rivadavia? Ah, qué lindo cuando algunos se ponían a señalar la frivolidad de ese tipo de actos, en vez de recomendarle acondicionadores de pelo para perro al presidente. Es notable cómo cambia la óptica cuando estás del lado de los que gastan la plata de todos o del lado de la mayoría que pone para bancarles los gustos.

Ojo, que no está mal pensar en una figura de mascota presidencial. Por supuesto que los yanquis lo tienen desde siempre, más o menos desde que Lincoln tenía ovejas en el patio de la Casa Blanca. Hoy llegás a poner ovejas alrededor de la Casa Rosada y sale el cordero estaqueado en la primera manifestación que haya.

Lo raro es darle este tipo de misiones políticas que no se sabe muy bien para qué existen. Es decir, ¿alguien valora positivamente una foto de una videollamada entre dos perros? Si es así, definitivamente los perros deberían estar al mando. Capaz que ellos tienen más éxito construyendo la Patria Grande que los que lo han intentado hasta ahora.

Uno ya está buscando el detalle porque es muy quisquilloso, pero para ser tan anticapitalistas eligieron dos nombres bien del imperio. Podrían haberles puesto Túpac Amaru y Quintrilufén (no sé si existe ese nombre, pero suena a mapuche) pero eligieron mirando al norte. Dylan y Brownie, parece un dúo musical interracial y experimental de los ‘70, con lentejuelas y peinados raros, no los nombres de los que quieren reeditar el sueño de San Martín y Bolívar de unir todo el subcontinente.

No puedo dejar pasar a un pionero argentino en este tema de la comunicación de las desventuras de las mascotas de la casa. Sólo un desalmado es capaz de olvidarse de “Batuque” el perro rengo del doble de Alberto Martín, José Manuel De la Sota.

Cuando contaba la historia de haberlo encontrado un día de lluvia, con frío, en la Casa de Gobierno realmente era un espectáculo. Parecía guionado por un estudiante de primer año de la escuela de teatro, pero estaba actuado para un Oscar por el hombre de las artes, el cantante de boleros más importante de Córdoba.

Encima le faltaba una pata, como al perro del Pepe Mujica. Cómo nos vamos a olvidar, también, de lo oportuno de su abandono de esta tierra, como un can añoso, poco tiempo después de que pasaron las elecciones. No quiero decir que fue todo más armado que cámara oculta de programa de investigación cordobés, pero más o menos.

Tal vez el nombre de Holofernes no le diga nada, pero era el caballo de un presidente boliviano, Mariano Melgarejo, del que dicen fue el peor presidente de la historia. Melgarejo se emborrachaba con el equino en su despacho e incluso trató de nombrarlo ministro. Con la cabellera de Dylan y la predilección justicialista por esos raros peinados nuevos no dudaría de que puede tener una carrera promisoria.

Es muy loco, estimado, que estemos hablando de perros e indignándonos por un viaje a Disney cuando finalmente llegó la vacuna más esperada al país, la sudafricana. Vino la ómicron y empezó a voltear muñecos como botinera nueva. Más positivos que los que dibujaron la inflación en el presupuesto del Capitán Sarasa, Martín Guzmán, pero menos dañina que la delantera de La Gloria.

Seguramente usted piensa que lo de Dylan es una pavada (“con todas las cosas que pasan”, como dicen las viejas) pero nunca hay que apurarse a abrir juicio. Menos en este país.

Lo voy dejando. Si tiene una perra collie trate de darle de comer bien, a ver si tiene suerte y le consigue un puestito en la futura secretaría de relaciones caninas internacionales como amante de Dylan. Le tiro la idea para sacar la cabeza afuera del agua en 2022, usted fíjese si la aprovecha.

Tenga buena semana.