Hacer bandera de la mediocridad

Por Javier Boher

José Ingenieros es un referente absoluto de lo que se entendía por progresismo allá a principios del siglo XX. Muchos lo hemos leído en una aproximación juvenil a la rebeldía, como referente de las sucesivas luchas políticas que vivió este país en su ingreso a la modernidad.

Ingenieros logra conjugar algo que también está presente en Juan B. Justo y el resto de los socialistas de aquel entonces. Siguiendo el pensamiento dominante de la época, pero con una cuota de disidencia, conjuga liberalismo, socialismo y darwinismo, fuerzas poderosas en el inconsciente colectivo nacional.

Ya van un par de años en los que ha caído en desgracia, criticado por los que odian el mérito y aman la mediocridad. Los intentos de cancelación parten del racismo que se le atribuye cuando habla de la “raza blanca argentina”, algo habitual en una época en la que todavía se medían cráneos y brazos para tratar de determinar la propensión al delito.

En su trilogía de la moralidad (Las fuerzas morales, El hombre mediocre y Hacia una moral sin dogmas) desarrolla con profundidad lo que debería entenderse por igualdad, libertad, mérito, pasión, nacionalismo y tantas otras yerbas.

Así, al llegar a la educación y la escuela, dice en “Las fuerzas morales” que “la educación social debe estimular las desigualdades naturales”, a las que entiende como inherentes a las personas. Son las que hacen que alguien sea músico, ingeniero o docente, desigualdades muy distintas a las socioeconómicas, que empujan a alguien a la pobreza o le garantizan el bienestar material a otro por haber nacido en una familia privilegiada.

“La intensidad de la educación no pretenderá, en suma, nivelar mentalmente a los hombres, sino aumentar la utilidad social de las diferencias, orientándolas hacia su más provechosa aplicación.” Cada uno deberá desarrollarse según esas desigualdades para servir mejor a la sociedad.

La Pampa

Anteayer se conoció la decisión de la provincia de La Pampa de dejar de premiar con la bandera a los alumnos de mayor mérito académico. A su entender, los nuevos paradigmas educativos que privilegian la formación por sobre la evaluación deben traer aparejados cambios en la forma tradicional de designar a los portadores de la enseña patria.

Este criterio inclusivo deberá ser definido por cada escuela, privilegiando que todos puedan acceder a llevar alguna vez la bandera, como si solamente se tratara de conseguir una linda foto para presumir al hijo en instagram.

Algunos opinadores ajenos a la realidad escolar salieron a pedir algún tipo de reconocimiento material para los mejores promedios, algo así como una medallita. Parece ridículo que sean capaces de pedir eso cuando todavía existen aulas container u otras tan precarias que son casi un galpón, en un país que no entregó ni el 10% de las computadoras que prometió para este ciclo lectivo.

La decisión del cambio fue, lógicamente, repudiada por buena parte de los argentinos. Aunque es una práctica algo extemporánea, se deben premiar el mérito académico, el esfuerzo y la constancia. Si hay desigualdades sociales que dificultan que algunos chicos estudien no se trata de hacerles creer que son buenos porque alguna vez se pudieron poner la banda, sino de resolver los problemas estructurales que hacen que la escuela argentina reciba chicos cada vez más pobres y que pueda hacer menos para ayudarlos.

Además, si lo que se pretende es dejar que los alumnos tengan su rato con la bandera (lo que no le quita el componente fetichista a un objeto que solamente simboliza un nacionalismo bastante infantil) se los puede hacer participar a la hora de poner e izar la bandera. Siempre es bueno agregar (como docente que lo ha visto durante años) que los alumnos honrados con la tarea de poner o sacar la bandera no se suelen sentir reconocidos ni privilegiados por ello.

Sigue Ingenieros: “En las generaciones sin ideales se advierte una sorda confabulación de mediocridades contra el mérito. Todos los incapaces de crear su propio destino conjugan sus impotencias y las condensan en una moral burocrática que infecta a la sociedad entera. Los hombres aspiran a ser medidos por su rango de funcionarios.”

Confunden meritocracia con acomodo o privilegios, lo que aparece inevitablemente cuando se le da el poder de definir los criterios de asignación de la bandera a una directora que cree que su escuela es su pequeño principado. Sería interesante ver qué opinarían los pedagogos que alientan este tipo de prácticas si les dijeran que las becas académicas este año se van a repartir entre todos los que apliquen, sin distinción de mérito. Todes saldrían a llorar algún tipo de discriminación neoliberal, aunque no tenga nada que ver.

¿Sirve el reconocimiento académico en la escuela para asegurar el éxito en el resto de la vida? Probablemente no (y esto es un testimonio en primera persona). Pero es un incentivo que enseña que el esfuerzo y el compromiso pueden dar sus resultados. Porque no todo puede dar lo mismo, como bien saben los defensores de la escuela pública, las oportunidades y todo eso cuando algunos quisieron que el ingreso al Manuel Belgrano fuese por sorteo y no por orden de mérito, lo que podía dejar afuera a sus hijos.

Vuelve a decirnos Ingenieros: “sobresalir es incomodar; las medianías se creen insuperables y no se resignan a celebrar el mérito de quien las desengaña.” Rotar la bandera es darle con el gusto a los mediocres. Hay que evitar que ese tipo de prácticas se impongan en la sociedad, por parte de los que -incapaces de sobresalir- buscan evitar que otros lo consigan.