Un presupuesto a ninguna parte

Históricamente, la oposición no ha puesto demasiados palos en la rueda en lo que hace a la aprobación de los presupuestos nacionales. Estos, al igual que un vaso de agua, no se le niegan a nadie. No obstante, esto no quiere decir que lo vaya a apoyar a mano alzada.

Por Pablo Esteban Dávila

El presupuesto es el plan económico, repite, sin mucha convicción, el ministro de economía Martín Guzmán. Tiene razones, en verdad, para el mantra: el Fondo Monetario Internacional viene exigiendo que el gobierno presente una auténtica planificación para acceder a la refinanciación que tanto reclama. El presupuesto es lo más parecido que tiene a mano.

Pero decir que este es el plan no significa que efectivamente lo sea. Y, si ciertamente este lo es, debe decirse que presenta numerosas inconsistencias. Una de ellas es el pronóstico de inflación para 2022. Según Guzmán, aquella ascendería a un 33%, es decir, dieciocho puntos menos que la que estimada para el presente año.

Si la proyección fuera sincera, sería inevitable suponer que el gobierno prepara una batería de medidas ortodoxas. Disminuir el gasto público, menor emisión monetaria y sinceramiento de tarifas son las medidas que, a priori, podrían imaginarse. Sin embargo, nada de esto surge del proyecto actualmente en debate en Diputados, toda vez que no parece existir nada parecido a una política económica restrictiva.

Bajar la inflación es inconsistente con el actual esquema de gasto público. Si este no se reduce, pues esta continuará en los actuales niveles. Cualquier economista lo sabe. Pero Guzmán tiene que hacer de cuenta que esta contradicción no existe, que las reglas de la economía no se aplican a la Argentina porque él mismo se encuentra atrapado en un sistema contradictorio.

Tiene en sus manos, en verdad, casi los doce trabajos de Hércules. El presupuesto debe satisfacer al presidente, a los legisladores, a Cristina Fernández, a los gobernadores y al FMI. Y, salvo este último, el resto sueña con seguir gastando como si nada sucediese. Es difícil plantear algo coherente en la situación que actualmente atraviesa el discípulo de Joseph Stiglitz, por más predispuesto que se encuentre a hacer uso intensivo de la sarasa.

Existe además un factor adicional. El nuevo Congreso, alumbrado tras las últimas legislativas, tiene una renovada presencia opositora. El Frente de Todos ya no cuenta con las prerrogativas del número que, en su momento, tuvo el ya fenecido Frente de la Victoria. Ahora el oficialismo debe negociar con legisladores díscolos, dispuestos a capitalizar cada error del oficialismo para pavimentar su propias ambiciones. Guzmán y sus técnicos deben pasar por estas auténticas horcas caudinas que, para colmo de males, también tienen sus propias internas, como lo ha demostrado la última partición del radicalismo en la cámara baja.

Históricamente, la oposición no ha puesto demasiados palos en la rueda en lo que hace a este tema. Un presupuesto, al igual que un vaso de agua, no se le niega a nadie. No obstante, esto no quiere decir que lo apoye a mano alzada. La mayoría de las veces se ofrece el quórum necesario para dar comienzo a la sesión y se le deja al oficialismo la tarea de lograr la mayorías mínimas para aprobar, en general, la iniciativa y salvar la ropa. Es una tradición saludable que, por lo que se advierte, sería respetada también en la presente coyuntura.

Puede que ayude a esta empatía la sensación (nunca desmentida) de que el presupuesto es, en el fondo, una especie de mentira. Desde que la inflación asentó nuevamente sus reales sobre la economía nacional es prácticamente imposible cumplir con sus previsiones. Tampoco los sucesivos gobiernos desde 2003 hasta la fecha han hecho demasiado por respetarlas. Esta realidad es conocida tanto por propios como por extraños, lo cual quita dramatismo a las discusiones que se ventilan por estos días.

Ayuda, por supuesto, a esta impresión de fantasía las especiales características de la actual gestión presidencial. Alberto Fernández confesó, en los albores de su mandato, que no creía en los planes económicos, lo cual se ha notado. Y mucho. Sin saber exactamente que hacer con una economía que ya hacía agua en diciembre de 2019, la pandemia asestó un golpe durísimo a aquella opinión inicial. Hoy, con una derrota a cuestas, debe ajustar sin reconocer que ajusta, seducir al FMI despotricando contra sus funcionarios y pretender que utiliza la lapicera cuando su vicepresidenta tiene, en realidad, la del veto, que es la que verdaderamente importa.

Son demasiados condicionantes como para formular algo que se asemeje a un plan, un déficit que se hace evidente todo el tiempo. Al ya mencionado tema de las estimaciones inflacionarias deben agregarse las previsiones de pagos por servicios financieros a acreedores externos, la continuidad del actual nivel de subsidios a la energía y el transporte o las fuentes de financiamiento para tapar los agujeros que ya se adivinan en las cuentas públicas, todo esto en el marco de una economía desquiciada, con múltiples trabas y restricciones y, la frutilla del postre, sin dólares. Son demasiadas preguntas sin respuestas, al menos, en la lectura del proyecto enviado por el Poder Ejecutivo.

Todo indica que se trata de un presupuesto hacia ninguna parte, una mera colección de partidas voluntaristas, algunas de ellas distribuidas de apuro para lograr los votos necesarios para su aprobación, pero sin la coherencia que resultaría inmanente a un auténtico plan de gobierno. Es harto probable que, al final, el presupuesto termine por no convencer a nadie y que, entre los desilusionados, se cuente nada menos que el Fondo, la única tabla de salvación que tiene a mano Guzmán para evitar un nuevo default y, con él, más años de aislamiento, recesión y oportunidades perdidas para el país.