20 años no son nada

Por Javier Boher

Lo que pasó en diciembre de 2001 todavía está fresco en la memoria de todos los que por entonces empezaban a prestarle atención al mundo. Una crisis social, política y económica gravísima, que dejó un trauma importante en buena parte de la población. Quizás, así como el golpismo se curó tras la larga noche del Proceso de Reorganización Nacional, a partir de 2001 los estallidos armados para licuar responsabilidades también pasaron al recuerdo.

Las imágenes de aquella crisis siguen bastante frescas, porque significaron la ruptura absoluta entre la gente y la clase política. Aunque se cantó para que se vayan todos y no quede ni uno solo, algo de dislexia popular la modificó como para que se queden todos y no se vaya ni uno solo. En realidad, De la Rúa y Cavallo fueron, probablemente, los únicos que quedaron manchados tras aquel episodio.

En el repaso sobre aquellos años se ha hablado mucho sobre cómo se vivía la mala situación económica y cómo se padecía la certeza de que no iba a haber futuro por esa vía. Por estos días muchos reputados periodistas cordobeses hicieron sus análisis, algunos con errores conceptuales importantes.

Por ejemplo al hablar de la pésima idea de una convertibilidad, que llevó a la crisis de la deuda. Es como decir que por cobrar tu sueldo en pesos no llegás a fin de mes. En realidad, no llegás a fin de mes si no administrás bien la plata, así como tenés una crisis de deuda si pedís prestado porque gastás más que lo que te permiten tus ingresos. Atar la economía al dólar puede ser una mala idea, pero administrar pésimamente la economía es atarse a un lastre bastante más pesado.

En el repaso de aquellos años se habla de lo que significó impedirle a la gente retirar U$S250 semanales, lo que entonces se vivió como una señal de colapso. La actividad económica iba en picada desde mitad de año y la gente empezó a retirar sus depósitos, lo que llevó a que Cavallo diseñara esa medida.

No se confiscaban ahorros, no se prohibían operaciones de compra y venta de divisas ni operaciones inmobiliarias de ningún tipo. Se podían retirar en efectivo solamente mil dólares mensuales, lo que a un argentino le llevaría (según el cepo actual) casi medio año para comprar (capaz que medio año exacto si se le descuentan de ese cupo servicios de streaming como Netflix o Spotify).

El salario mínimo en aquella argentina era de 200 dólares. A valor oficial, son apenas $20.000; a dólar blue, casi el doble. El salario mínimo hoy ronda los $30.000, un vaso medio devaluado o medio revalorizado según con el cristal con el que se mire. Pese al optimismo que se puede poner, el salario promedio está por debajo de ese valor.

Hace unos meses la consultora Delfos hizo un relevamiento preguntando -entre otras cosas- sobre el nivel de ingresos y el estado de ánimo de los cordobeses, lo que sirve para comparar con la misma encuesta pero realizada 20 años antes. Por lo primero, en 2001 el 48% declaraba cobrar menos de U$S500. En marzo de este año lo hacía el 69%, un 43% más que entonces. Ni hablar si además se aclara que es en base al dólar oficial -no el de mercado- y sin actualizar por inflación del dólar, 56% en ese período. Los 500 dólares de 2001 compraban lo mismo que 780 dólares de hoy, casi $80.000 a valor oficial.

Por la segunda parte del relevamiento, referido al malestar de la gente, esos valores también se incrementaron. Las categorías regular+mal daban en 2001 el 51% de las respuestas, mientras dos décadas después ascendía a 63%. Esos números indefectiblemente empeoran entre los más jóvenes.

La pobreza y la desocupación no se pueden comparar de manera directa. Usando la vara que se usa hoy la pobreza de 2001 sería peor que la actual, independientemente del deterioro del nivel de ingreso en términos reales. Sin embargo, hay un dato fundamental para tener en cuenta, que es el volumen de ayuda estatal en planes sociales.

En el año 2002, cuando Eduardo Duhalde (el autor de la obra, como la devaluación brutal, la confiscación de depósitos, la eliminación de pensiones por discapacidad y el congelamiento de jubilaciones) lanza los planes sociales, se alcanzó a alrededor de 2 millones de personas. Antes de eso, en el gobierno de De la Rúa, la ayuda social era casi inexistente.

Hoy en Argentina hay más de 20 millones de beneficiarios de ayuda social, que de no existir esos fondos seguramente estarían en una situación mucho más delicada, significando un riesgo mayor para absolutamente todos los ciudadanos.

Pasaron veinte años desde la peor crisis económica que haya vivido el país y los indicadores siguen señalando que el camino está errado. Dos décadas en las que pasó de todo, incluidos una suba astronómica del precio de los commodities, profundización del comercio internacional, tasas bajas en el mundo y tantas cosas más que nadie supo o quiso aprovechar.

La década ganada fue para algunos, porque de lo que se trató fue de desperdiciar las dos décadas por completo, viviendo de ilusiones tan perniciosas como las de la convertibilidad, pero con mucha más épica popular para un desfalco populista.

El futuro sigue siendo incierto para el país, a excepción de dos datos centrales: no hay plata para inventar nada y no hay margen para improvisar nada. Por delante sólo queda hacer lo que no se hizo cuando en aquel entonces todo voló por el aire, con la esperanza de poder evitar que nos toque de nuevo.