Un nuevo mal mortal

Como parte de los shows de un reencuentro después de 20 años, el sábado pasado el trío San Martín Vampire brindó un concierto en Córdoba, en lo que fue su primera vez en esta ciudad, porque aquel fugaz despegue de su carrera fue demasiado breve como para traerlos por aquí.

Por J.C. Maraddón

En la música, como en muchos otros ámbitos, la tendencia que vendrá convive con la moda presente, sólo que lo hace en un plano paralelo, al que no se le suele prestar atención hasta que termina irrumpiendo. Algo así sucedía en la escena argentina de finales de los años noventa, que asomaba rica en matices y conectada con un contexto social y político que auguraba un estallido inminente: en tanto la bailanta engendraba fenómenos como Rodrigo o como la cumbia villera, el folklore había experimentado una renovación que tenía en Soledad, Luciano Pereyra, Los Nocheros y Los Tekis a sus referentes.

En el panorama del rock local, los primeros planos eran ocupados por bandas muy convocantes como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota o La Renga, a la par que el rock barrial tomaba fuerza en formaciones como Viejas Locas y la mixtura con la cumbia y el candombe afloraba en la Bersuit Vergarabat o Los Piojos. El Nuevo Rock Argentino, que hizo su aparición a comienzos de esa década, atravesaba una transición de la que habían salido impulsados hacia la fama continental los Illya Kuryaki & The Valderramas, y de la que luego emergerían fortalecidos Babasónicos y Juana La Loca.

También por esos días cobraba relevancia el ímpetu de la electrónica, que se desprendía del gueto de las discotecas para influir sobre proyectos rockeros que apostaban a incorporar elementos de ese género, ya sea a través de los tecladistas o con la participación de deejays. Eso que en Inglaterra llevaba varios años de gestación, por aquí había sido resistido desde el púlpito de las figuras históricas, aunque había algunos veteranos de los ochenta –como Daniel Melero o Gustavo Cerati- que no sólo veían con buenos ojos esa fusión, sino que además intentaban practicarla y avalaban a los jóvenes que se lanzaban a transitar en esa dirección.

Desde 1995, el platense Rudie Martínez venía avanzando por ese carril con su proyecto Audioperú, antes de que su camino se cruzara con el del cantante Toto y juntos formaran el grupo Adicta. Entre una banda y la otra, se involucró en un efímero trío con el vocalista Sergio Pángaro, también residente en La Plata, y con el guitarrista Fabio Rey, que había integrado Los Brujos, un grupo emblemático del Nuevo Rock Argentino. De esa asociación, llamada San Martín Vampire, apenas si quedó un disco póstumo, “Debut y despedida”, que se publicó en 1999 cuando cada uno de los tres ya estaba en otra cosa.

En 2020, bajo los efectos de la pandemia, Martínez, Pángaro y Rey sintieron que San Martín Vampire debía salir del sarcófago en el que había permanecido durante dos décadas. Y ese regreso se plasmó este año en el disco “Aspic” y en una serie de actuaciones en las que volvieron a compartir escenario. Como parte de esos shows de reencuentro, el sábado pasado el trío brindó un concierto en el 990 Arte Club, en lo que fue su primera vez en Córdoba, porque aquel fugaz despegue de su carrera fue demasiado breve como para traerlos hasta esta ciudad.

Verlos en vivo significó un gran aporte para comprender cómo fue que aquel electro pop que en los dos mil vivió su momento de gloria, tuvo su antecedente más oscuro en San Martín Vampire, una banda que desde las catacumbas del underground se anticipó a propulsar una estética innovadora. Y no sólo su propuesta musical mantiene lazos con la actualidad: escuchar a Sergio Pángaro cuando canta “Mal mortal”, un tema de su antiguo repertorio, bien puede ser una experiencia en tiempo presente, que adquiere un sentido completamente distinto al que poseía en aquel entonces.