Pueblos arribeños de ponzoñosas flechas

Exploradores y conquistadores venidos por el mar bajaron del Perú y cruzaron las Sierras Nevadas, hacia donde civilizaciones originarias vivían desde hacía miles de años. El capitán Diego de Rojas fue uno de ellos, y murió envenenado cuando una flecha lugareña lo rozó en Salavina, en 1544.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Diego de Rojas, nacido en Burgos, traía gran experiencia de su paso por el Caribe, por México y por el Perú, pese a su corta edad (tenía menos de treinta años). Poseía riquezas conquistadas durante sus campañas, entre ellas una mina de plata. Las unió con las de otros emprendedores españoles para financiar descubrimientos, adquirir los pertrechos y la gente necesaria, y salir a buscar gloria y más riquezas. Relata el cronista Diego Fernández, conocido como el Palentino, en su Historia del Perú publicada en 1573, que “siendo pues estos capitanes ricos y principales, hicieron su compañía, en que gastaron mucha suma de dinero; y a la fama que estos tres armaban, movióse gente principal. Y aun vecinos que tenían Indios de repartimiento en el Cuzco, y otras partes, los dejaron por ir a esta jornada y fueron en ella más de doscientos hombres, muy bien aderezados y apercibidos de armas y caballos y servicio de negros e Indios Yanaconas.”

El cronista a quien leemos, Diego Fernández, era natural de Palencia y fue prácticamente contemporáneo de estos hechos, que escribió unos diez años más tarde, teniendo a la vista correspondencia y documentos oficiales que le otorgaron veracidad a su relato.

Rojas, como Teniente de Gobernador de la provincia de Charcas, Felipe Gutiérrez como Capitán general y Nicolás de Heredia como Maestro de campo, decidieron dividir la compañía en tres partes y le tocó a Rojas ser el primero en adentrarse en la nueva tierra, llevando sesenta hombres consigo. La primera estación señalada por la crónica fue en un lugar llamada Chicoana. Allí el contingente de avanzada dio con “indios de guerra”, y se admiraron mucho los conquistadores de descubrir que poseían gallinas de Castilla. Parlamentaron con estas gentes quienes les comentaron que “pasando la montaña había muchas”. Dice Diego Fernández que “las gallinas fueron causa de torcer el camino”, pues Diego de Rojas creyó que seguramente habría mejores tierras allí donde hubiese esas aves de corral. Así que, cambiando la orientación original, siguió rumbo más hacia el sur.

Cuenta Fernández que Diego de Rojas y sus hombres pasaron las montañas con arduo esfuerzo y que “dieron en provincias de grandes poblaciones. Fue la primera Tucumán, donde les salió al encuentro un cacique principal llamado Canamico, con mucha cantidad de Indios. Venía en andas, por tener la pierna cortada. Eran estos indios gente alta, bien dispuestas, y traen conforme a su estatura los arcos con que pelean. Las flechas que tiran llevan ponzoña, que mata rabiando en ocho o diez días: y desde que comienza a obrar, los heridos se dan de golpes y de cabezadas.” Esa información que registra Diego Fernández, tendrá una influencia decisiva en los expedicionarios. Pero también relatará el cronista más adelante cómo los españoles se ingeniaron para lidiar con esa temible amenaza de los enemigos.

Viéndose exigido Diego de Rojas por la actitud beligerante de los originarios, se decidió a atacarlos y consiguió desbaratarlos, prendiendo al cacique. Tras esa primera victoria, una vez engrosado el primer destacamento con el arribo de los hombres al mando de Felipe Gutiérrez, ambos jefes acordaron seguir abriendo camino al sur, y se dirigieron a la “Provincia Salavina”, actual Santiago del Estero.

Allí, relata Fernández, “hubieron muchas refriegas y escaramuzas, y fue herido Diego de Rojas de una flecha con ponzoña. Y la herida no era más que un rascuño, empero a tercero día obró la hierba y comenzó a darse de golpes y cabezadas.” Los españoles desconocían aún el efecto letal de las armas arrojadizas de sus enemigos. Tal vez por esto, una de las mujeres que marchaban en esa expedición, Catalina de Enciso (había otras dos: Leonor de Guzmán y María Lope) fue acusada de envenenar al jefe con el fin de favorecer a su compañero, Felipe Gutiérrez. Este la defendió ante Diego de Rojas, quien decidió confiar en él, poco antes de que, entre horribles estertores, se apagase su vida, circunstancias en que, para empeorar el cuadro, los originarios volvieron inesperadamente al ataque. Esta vez hirieron con una flecha envenenada al maestresala de Rojas, Mercado, quien manifestó los mismos dolorosos síntomas que aquel jefe. Comprendiendo Mercado que la flecha era la causa de su estado y, ya próximo a morir, pidió perdón a Catalina de Enciso por haber sido instigador de las acusaciones en su contra. Luego expiró.

Tras estos hechos, Felipe Gutiérrez y Francisco de Mendoza siguieron adelante con su afán exploratorio y arribaron a un lugar llamado Soconcho, donde tuvieron -dice Fernández- “muchas escaramuzas y refriegas con los indios, que hirieron a muchos con las flechas, y ellos tomaron algunos indios. Y teniendo ya noticia de la ponzoña (después de la muerte de Mercado), tomaron un indio y lo flecharon entre ambos muslos, y le dijeron que se fuese a curar (…). El Indio se fue así herido, que apenas podía andar: y junto al pueblo cogió dos hierbas y las majó en unos morteros grandes. Y de la una bebió luego el zumo: y con un cuchillo que le dieron, se hizo una cuchillada en cada pierna donde estaban las heridas, y buscó la púa de las flechas y las sacó; y puso en las heridas el zumo de la otra hierba que había majado, y estuvo después con mucha dieta, y sanó perfectamente. De esta manera pues se curaron después todos, y se supo de la contrahierba.”

Los sucesos por venir mostrarían nuevas traiciones sumándose a traiciones anteriores, en una interminable cadena de codicias prácticamente tan venenosas como las flechas de los originarios. Fue como un cuento de nunca acabar. Esos hechos hallaron su continuidad en la letra del cronista, y también llegarían, inexorablemente, a un punto final. Los miembros sobrevivientes de la expedición se dividieron en dos bandos, marchando uno (Gutiérrez) hacia el oeste, al otro lado de la cordillera, y el otro (Mendoza) tomó rumbo al sur. Ninguno de ellos, sin embargo, logró retornar con la gloria ni con las riquezas que habían movido sus pasiones.