Primeras señas de reordenamiento post electoral en el FdT

Tras el fracaso electoral del FdT en Córdoba, la pata PJ pura, encarnada en Caserio, se repliega, mientras Martín Gill se alza como el principal ordenador del espacio, referente del grupo de intendentes alineados a la Casa Rosada. El kirchnerismo duro, entre la desconfianza y la incomodidad, buscaría posicionar a Carro.

Por Felipe Osman

Aunque el análisis pormenorizado de los resultados electorales rebalse las páginas de los diarios y ocupe por entero el prime time de la televisión desde apenas conocidos los números que arroja el escrutinio provisorio, la reacción de las distintas fuerzas políticas frente a esos resultados suele tardar bastante más.
De hecho parece natural que así sea, siempre y cuando se trate de los comicios que ponen fin al proceso electoral y no de una primera instancia que revele la necesidad de llevar adelante cambios para mejorar el rendimiento en las generales. Después de todo, apenas pasadas las elecciones es el momento en que más lejanas asoman las siguientes, y no se ven motivos aparentes para moverse sin aplomo.
Esto es, probablemente, lo que sucede en el Frente de Todos. La flagrancia de la derrota en suelo cordobés no admite demasiadas lecturas. El kirchnerismo cayó por enésima vez en la provincia, pero ahora con el agravante de contar entre sus filas con referentes históricos del justicialismo local que no pudieron empujar siquiera un ápice el techo que la versión pura y dura de las tribus K encuentra desde antaño. Sin embargo, hasta el momento no había demasiadas pistas de cómo se reordenaría el espacio. Ahora empiezan a asomar las primeras.
Fuentes que conocen de primera mano los movimientos que programa el Frente de Todos en Córdoba dan de ellos una versión que coincide con lo que desde afuera se hace evidente.
Hay, en primer lugar, un notorio repliegue de Carlos Caserio. El aún senador por Córdoba y ex presidente del PJ local se erigió como el principal armador del albertismo cordobés, pero no consiguió mejorar el desempeño electoral que en turnos anteriores lograron el Frente para la Victoria o Unidad Ciudadana.
A su favor cabe decir que el propio Alberto Fernández fue, sin lugar a dudas, el mayor obstáculo de la campaña frentetodista, con una sucesión interminable de pifias y tropiezos que enervaron a un electorado cordobés ya de por sí propenso a fustigar al kirchnerismo, del que con buenos argumentos se siente víctima. Más allá de esto, la alquimia entre el PJ y las tribus K no funcionó, y el kirchnerismo duro pasa factura.
En paralelo, la figura de Martín Gill empieza a ganar más volumen. El secretario de Obras Públicas de la Nación es ahora la gran referencia de los intendentes que quieren llegar a las puertas de Balcarce 50 para hacerse de los fondos que cimenten sus reelecciones, y Gill interpreta ese rol construyendo el poder de negociación con el que se sentará a la mesa de negociación que busque alumbrar la renovación peronista en el 2023.
Tiene, desde luego, una encrucijada difícil por delante. Reelecto intendente en 2019, designado en el Gabinete Nacional veinte días después de asumir su segundo mandato al frente de Villa María y elegido semanas atrás como diputado nacional por Córdoba, Gill ostenta un record de cargos entre los cuales pronto (muy pronto) deberá elegir.
Hay distintas versiones respecto de qué decidirá el secretario de Obras Públicas. En Buenos Aires aseguran que el presidente pretende conservarlo en el Gabinete y cercanos a Gill admiten que ese es el puesto que más entusiasma al villamariense. Lógico, la cartera de Obras Públicas es una plataforma ideal para construir poder territorial antes del 2023. Y aunque el acastellismo se muestra firme en su decisión de forzar su regreso o su renuncia a la ciudad, no está tan claro si su retorno a la Intendencia es lo que más conviene a Hacemos por Córdoba.
Llegado el caso de que una nueva licencia le fuera negada, Gill podría decidir volver a la ciudad, y a decir verdad desde allí bien podría seguir ejerciendo liderazgo sobre los intendentes alineados con el FdT. Después de todo sería, sin duda alguna, su “primus inter pares”, y nadie duda de que aún dejando la secretaría de Obras Públicas conservaría en Buenos Aires aceitados vínculos con la cartera que conduce Gabriel Katopodis.
(Nota: hasta hay quienes perjuran que el villamariense haría, antes de volver a su ciudad, un paso rasante por la Cámara Baja para presentar dos proyectos de su interés).
En medio de un tablero complejo por la cantidad de variantes posibles, el kirchnerismo duro también sopesa su juego. Las tribus K desconfían de Gill. Creen que tarde o temprano utilizará las herramientas de las que dispone para posicionarse frente al Centro Cívico y cerrar un acuerdo con el oficialismo provincial que le permita subirse a la renovación.
Ante eso, piensan en posicionar a un propio, y el único nombre que surge con algún nivel de instalación es el de Pablo Carro. El aún diputado, aseguran, empezará a recorrer la ciudad para alzarse como un hipotético candidato K a la Intendencia. En otras palabras, una herramienta de negociación, pero propia.
En la Cámpora, mientras tanto, se disuelve el anhelo de regresar al PJ que antes de la pandemia abonaron los primeros trazos de la suspendida interna justicialista. La campaña de confrontación entre El Panal y la Casa Rosada parece haber derogado esa posibilidad.