La ley de Etiquetado tiene su etiqueta: el Efecto Lipovetzky

Por Javier Boher

Hay que evitar caer en el maniqueísmo propio de estos tiempos, en los que cualquier iniciativa impulsada por el otro bando es rápidamente descartada. No se puede abrazar ni rechazar nada partiendo de la premisa de que el otro siempre está equivocado y que los del lado propio son los únicos que tienen razón.

La ley de etiquetado parece caer en ese espacio de disputa política en el que se repiten ciegamente algunas consignas partiendo de datos que parecen sacados de posteos de Facebook antes que de publicaciones serias. Legisladores votando con el mismo respaldo científico que la tía jubilada que cree en las bondades del comunismo o en el nuevo orden mundial sólo porque alguien puso una frase que le va bien con la foto de un famoso que le gusta.

Todos los que sentaron posición sobre la nueva ley se erigieron en algún tipo de policía de la vida ajena, defensores de posturas que le adjudican a la gente, aunque siempre le hablen a un votante ideal que no representa la realidad de la gente.

El espíritu de una ley de etiquetado no puede ser discutido. Si el Estado debe velar por la salud de su población (no desde un ideal humanista de formar personas sanas, sino desde la más absoluta racionalidad económica de reducir el gasto en salud) es lógico que diseñe estrategias y sancione leyes para hacerlo. Así, por ejemplo, el whisky escocés es más caro en Escocia que en Argentina: desalentar el consumo excesivo y financiar el sistema de salud son las premisas básicas.

Ahora bien, ¿cuáles son los límites a la hora de establecer esa agenda saludable? Es decir, ¿en qué punto el espíritu pasa a ser negado por la ejecución del texto que establecieron los legisladores?. Algo de eso ha aparecido con un antecedente a esta ley, la -en su momento- tan aplaudida Ley de Alquileres. Las consecuencias de la aplicación de dicha norma terminaron inmortalizando el nombre del legislador que la convirtió en una cruzada personal, Daniel Lipovetzky.

Así fue como el abogado Matías Baranda Ruales acuñó el concepto del “Efecto Lipovetzky”, según el cual “la sanción de una ley produce consecuencias inversas a las buscadas por el legislador”. Si la Ley de Alquileres buscaba moderar las subas de los alquileres, consiguió exactamente lo contrario, como tan claro está para los inquilinos.

La Ley de Etiquetado conlleva la misma posibilidad de que se cumple el efecto. Una ley excesiva en su formulación, que llega a regular fuertemente un aspecto clave en la vida cotidiana, que es inoportuna desde un punto de vista socioeconómico y absolutamente invasiva de la competencia de cada provincia. Tiene todos los elementos para fracasar, generando el efecto opuesto al deseado.

No se trata solamente de el esnobismo ABC1 de regular qué come la gente, cuando en el país hay dos de cada tres niños que viven en la pobreza, lo que significa que apenas alcanzan la canasta básica. Así como no se controla la inflación con cepo al dólar, tampoco se va a controlar la obesidad con cepo al azúcar o a las grasas.

La ridiculez de la norma alcanza también otros aspectos, como el de penalizar las industrias lícitas sin controlar las ilícitas. Está bien avisarle a la gente que lo que come no es sano, así como se avisa que el tabaco puede generar cáncer de pulmón o garganta. Sin embargo, el tabaco no se puede cultivar en cualquier lado para que haya comercio ilegal, como sí ocurre con los alimentos menos sanos.

¿Qué le impide a un vendedor de tortillas a la parrilla ponerse al frente de una escuela para venderle pan a los chicos antes de que entren a la escuela? En el pobrismo que ha gangrenado la mente de los legisladores, absolutamente nada. Cada uno que quiera armar su ranchito vendiendo productos ilegales tendrá la misma suerte que los que venden drogas a menos de diez cuadras de cualquier comisaría del país: la ley no los va a alcanzar jamás.

La prohibición de la publicidad en todas sus formas no va a cambiar la realidad económica de los que comen lo que pueden. ¿Cuántas personas se alimentan en comedores que tienen como base de sus preparaciones los fideos, el arroz o la polenta? Ah, pero ¡qué importante prohibir los alfajores en los kioskos de la gente que puede ir a comprar a los mismos!.

Hace un par de años, la industria lechera de Estados Unidos decidió que debía incentivar el consumo de leche: nació la campaña “got milk?”, que en castellano sería “¿tenés leche?”. Nadie restringió la venta de gaseosas, ni prohibió que tengan azúcar o que la gente las pueda consumir en la comida. Se creó un incentivo, con gente famosa, que llevó a que crezca el consumo de leche, desplazando a las gaseosas a la hora de la comida.

Mientras hay gente que pelea todos los días para poner un plato de comida en la mesa, con la canasta básica para una familia tipo por encima de dos salarios promedio y sin ningún tipo de políticas para educar en la alimentación saludable, la ley va condenada al fracaso. Sólo resta esperar a que pase el tiempo para que las consecuencias de la norma revelen, una vez más, la inevitabilidad con la que el Efecto Lipovetzky aparece ante una ley innecesaria.