Viajeras invisibles surcando las pampas (Tercera parte)

Las cuatro visitantes europeas que abordamos hoy pisaron la llanura pampeana en el último cuarto del siglo XIX. Tres de ellas viajaban con sus esposos y vinieron a Córdoba. Una cuarta llegó al país por su cuenta y solo conoció la pampa de Buenos Aires.

Por Víctor Ramés
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Dibujo de tapa del “Viaje por Sudamérica”, de Lady Ethel Moffatt Vincent, 1894.

Seleccionamos un párrafo breve de la visita de Lady Annie Brassey a la capital y a las sierras cordobesas: pasando por las quintas:
“Apenas se sale de Córdoba se atraviesa un pueblo de indios; pero, excepto en ese punto, no encontramos a nativos durante nuestro paseo. Sin embargo, una pobre mujer que desgraciadamente vimos, había sufrido una caída del caballo debido a un susto del animal al ver una sombrilla que yo llevaba, aunque mi propio caballo había tenido una reacción indiferente al introducir esa novedad en el equipo de la jinete.
Nos dimos con que el hotel en La Calera al que nos dirigíamos, estaba cerrado. Pero alguien de la partida tenía las llaves y enseguida estuvo frente a nosotros un excelente almuerzo. La vista de las sierras desde la terraza sobre el río era bella. Se había puesto caluroso a esa altura y yo estaba interesada en llevar a todos los caballos al río, a bañarse. Estaban familiarizados con el proceso y como el río era poco profundo, aprovecharon los espacios entre las piedras para echarse y dejarse cubrir por el agua.”

La siguiente viajera de nuestro cuaderno nació en Irlanda, y llegó a Buenos Aires en 1868, donde residió por diez años. Marion McMurrough Mulhall, nacida Mary Ann Murphy, tenía veintiuno al venir y acababa de casarse con Michael George Mulhall, otro dublinés como ella, fundador del primer periódico en inglés en el país: The Standard of River Plate News. Luego de instalarse en Buenos Aires Marion trabajó durante años como correctora de pruebas en el diario de su esposo y el hermano de este, Edward. Sus viajes los emprendió junto a Michael, anduvo a lomo de mula recorriendo Uruguay, y se internó muy adentro en la selva paraguaya, como no lo había hecho antes ninguna otra mujer europea. Sus viajes le dieron a Marion la oportunidad de escribir impresiones incluidas en diversos libros como Entre el Amazonas y los Andes, o Diez años de viajes de una dama en las pampas, Gran Chaco, Paraguay y el Matto Grosso (1877), Exploradores en el Nuevo Mundo; Una narración de viajes en el Amazonas y el río Negro, con una descripción de las tribus nativas; y Destellos de civilizaciones desaparecidas.
De la autora incluimos un fragmento de su visita a La Calera y a Saldán.
“Nos detuvimos en la Calera, propiedad del señor Allende, donde se nos recibe muy hospitalariamente, pues ya se conocían con mi marido. En las proximidades había algunos ingleses trabajando, nos dijeron 
que estaban construyendo un hotel para que los cordobeses vengan en los meses de verano, ya que el Rio Primero ofrece buenos lugares para bañarse.

Cabalgamos a lo largo de las orillas de este río durante un par de horas hasta llegar a una isla encantadora con una casa de campo rodeada de huertos y plantaciones, allí vivía un francés casado con la hija del propietario original, que había sido su compañero de viaje desde Francia, cuando acompañaba a la heredera de regreso a América del Sur, tras asistir a la escuela en Europa. El guía me dice que son muy estimados por todos.
Siguiendo el río más allá, llegamos a Saldán, que pertenecía a otro miembro de la familia Allende.”

La tercera de las mujeres en esta entrega, Lady Ethel Vincent, nacida Ethel Moffatt en 1861, en Londres, vino a Sudamérica a comienzos de los años noventa con su marido, Howard Vincent, coronel, oficial de policía y político del Partido Conservador, director de Investigaciones Criminales de la Policía Metropolitana inglesa y un experto viajero. Eclipsada por su marido, Ethel escribió numerosos libros donde su nombre aparecía como Mrs. Howard Vincent, declaración patriarcal desde la tapa. Algunas de sus obras son Cuarenta millas sobre tierra y agua, Diario de Viaje a través del imperio británico y Norteamérica, en 1885, y De Terranova a la Cochinchina en 1892. Y en 1894, Ethel publicó De China a Perú sobre los Andes, un Viaje por Sudamérica, de donde extraemos un párrafo al pasar por la ciudad de Córdoba, en su itinerario rumbo al Perú.
Su pintura de una Córdoba desolada bien podría estar ambientada a la hora de la siesta.
“Córdoba, con sus actuales 30.000 habitantes, se parece a una ciudad de muertos. Las calles están desiertas. Dos personas ocupan la principal avenida. No hay carros con mercadería, ni movimiento en las calles. Tranways ocasionales pasan medio vacíos. Los negocios están abiertos, pero no hay clientes adentro. Las casas españolas, con sus ventanas de rejas se ven misteriosamente desoladas. Buscamos en vano, mirando al pasar, alguna señal de vida en sus hermosos patios. La ciudad parece golpeada por una plaga, una impresión luctuosa ayudada por el viento frío de un día inhóspito.”

Cierra el cuarteto de viajeras la escritora irlandesa Maria Henrietta de la Cherois-Crommelin, quien firmaba como May Crommelin. Nació en 1850 en el Ulster, en el seno de una familia de origen Hugonote, y fue educada por una gobernanta extranjera. En 1885 se mudó a Londres y se ganó la vida escribiendo para revistas, pese a sus problemas en la vista. Fue una viajera entusiasta y escribió 42 novelas en base a sus viajes -la primera en 1874- y en 1896 salió su libro de no ficción Sobre los Andes, de la Argentina a Chile y Perú. De allí tomamos el siguiente párrafo, previo a visitar una estancia en la provincia de Buenos Aires:
“¿Qué es el campo? Esta pregunta se la hace con desconcierto cada visitante que recién llega a la Argentina, a menos que, como en mi caso, alguien lo instruyese previamente a bordo del barco. Era intrigante escuchar a la mayoría de nuestros compañeros de viaje hablar sobre sus casas en el campo, y sus largos paseos por la región, viendo enlazar y acorralar ganado en rodeos en plena campaña y, todavía más sorprendente, ¡en medio de la soledad! (…) El campo, entonces, designa simplemente la zona rural, es una palabra derivada del ‘campo’ español. Y una quinta, o villa en los suburbios, o una estancia solitaria, o una granja de ganado, rodeadas de leguas de hierba, son por igual vagamente descritas como situadas ‘en el campo’.”