La película interna se repite y el objetivo es cambiar el mundo

El presidente Alberto Fernández se reunirá en Italia con los líderes del G20, otra vez planteará la necesidad de repensar la arquitectura financiera internacional. Mientras tanto, en la Argentina, cada medida que se toma es una gota en un mar picado.

Por Gabriela Origlia 

Cerró una semana en la que la devaluación del peso se profundizó a diario. A los problemas locales se suma un escenario internacional complicado -también el real se devaluó- que preanuncia una suba de tasas. De todos modos, la cuestión local se vincula con la emisión intensa de pesos; al 1 de setiembre se emitieron tres por ciento más de billetes de $1000 y 60% más que hace un año, según datos del Banco Central. Aunque el Gobierno no lo reconoce, para todos los analistas ahí está la madre de las batallas, en la emisión que -para todos- alimenta con brasas el fuego de la inflación.

El control de precios terminó, como ya se veía venir, una tensión entre el Gobierno y las empresas. A esta altura está claro que la convocatoria de Roberto Felletti a integrar el gabinete es una decisión política que apunta a la radicalización del discurso. La culpa es siempre del otro. Frente a la crisis de la inflación, la pelota está en la cancha de los privados. Si hay una espiralización de la inflación, la Rosada buscará por ese lado a los responsables.

La percepción de quien tiene un resto para gastar es comprar mercadería, tomar créditos en pesos y, si queda algo, ahorrar en dólares. Es que, en general, nadie cree que no vaya a haber una devaluación. El ministro Martín Guzmán lo viene negando sistemáticamente pero hay que tener presente que nunca ningún funcionario adelantó en varias semanas un anuncio de ese tipo.

En la Argentina, antes de cada elección, se aplica la receta del atraso cambiario. No es nueva. La película ya se vio en 2013, 2015, 2017, 2019 y este año sigue la misma tendencia. Su busca usar el dólar oficial como un ancla inflacionaria. Claro que hay una consecuencia, la acumulación del atraso termina acelerando la devaluación después de las elecciones.

El economista y periodista Maxi Montenegro analiza este fenómeno: en 2013, durante el periodo entre marzo y septiembre el dólar aumentó 12,8% y en los seis meses posteriores a la elección subió 38,2%  (incluyendo la devaluación de 20% en enero de 2014); la inflación que era de dos por ciento mensual hasta el momento de votar, pasó a 3,3% mensual después.

En 2015 no hubo mucha diferencia. El dólar se movió solamente 6,7% en los seis meses previos a la elección y post elección el salto fue de 60% (tras la apertura del cepo cambiario al inicio de la gestión Macri). Dos años después, la divisa apenas se incrementó 11% en el semestre previo a las urnas pero en abril de 2018 empieza la devaluación fuerte ante la salida masiva de capitales. En 2019, después de las PASO el dólar oficial pasó de $45 a $60, antes de esa fecha había subido solo 13,7%; después se disparó 41,1%.

¿Qué haría que esta vez la dinámica fuera diferente? No hay ningún elemento que haga pensar que pueda ser así. Las reservas del Banco Central están en un nivel mínimo, la brecha cambiaria en uno máximo y la inflación ya es alta. A eso se le suma que desde el Gobierno no hay muestras de poner en marcha medidas que puedan cambiar el destino.

Todos los anuncios, en todos los campos, solo podrían tener algún impacto mínimo sectorial porque los problemas de fondo siguen sin tocarse. La estrategia parecer ser seguir buscando “apoyos” que están en el orden de las declaraciones. Ahora las fichas están puestas en un viaje a Italia para una reunión del G-20.

El presidente Alberto Fernández y Guzmán quieren que los integrantes del G20 reiteren los apoyos que ya les dieron para la negociación con el Fondo Monetario Internacional. Otra vez pondrán en agenda que se eliminen los sobrecargos, que le costarían a la Argentina más de US$ 10.000 millones en un acuerdo a 10 años.

Fernández, cada vez que tiene la oportunidad, dice que hay que “repensar una nueva arquitectura financiera internacional”, cambiar el rol de los bancos de desarrollo e instrumentar los canjes de deuda por acciones climáticas. La dinámica pareciera ser empezar por cambiar el mundo y, después, la propia casa.