Retrato de una diáspora

El cineasta Jorge Coscia, recientemente fallecido, plasmó la tragedia del exilio a través del derrotero de una pareja de novios que huye a Estocolmo tras el golpe de 1976 en “Sentimientos, Mirta de Liniers a Estambul”, un filme de 1987 protagonizado por Emilia Mazer y Norberto Díaz.

Por J.C. Maraddón

El exilio por razones políticas, que fue una constante a lo largo de la historia argentina, se tornó endémico en los años setenta, primero con las amenazas de la Triple A y luego con el accionar de la dictadura. Desde militantes partidarios hasta artistas que simpatizaban con determinada ideología, debieron establecerse en el extranjero para poner a salvo su integridad y la de su familia. Algunos se radicaron en países de habla hispana y cultura con algunas similitudes respecto de la nuestra, como México o España. Para otros, el cambio fue más drástico porque debieron adaptarse a un idioma y una sociedad diferentes.

La urgencia de escapar impidió en muchos casos que esos viajes fueran planificados con la antelación suficiente y el destino podía llegar a ser seleccionado al azar. En general, se tenía en cuenta que en el lugar de la futura residencia no hubiese animosidades contra los emigrados de Latinoamérica, por el peligro que representaba la posibilidad de que pudieran ser deportados y repatriados a la Argentina. En el territorio europeo, Francia, Holanda y Suecia fueron sitios de acogida para esas oleadas de inmigrantes forzados que solían llegar con escaso dinero y sin una vivienda donde poder alojarse ni un trabajo asegurado.

Las peripecias de estos exiliados en Europa fueron estigmatizadas por los militares, que los consideraban promotores de una “campaña antiargentina” destinada a socavar la imagen del país en el exterior. Sus avatares recién se conocerían de primera mano cuando algunos de ellos emprendieran el regreso en los años de la recuperación democrática, en tanto otros prefirieron seguir con su vida en esas remotas regiones, alejados definitivamente de su tierra natal, donde habían padecido persecuciones que los obligaron a tomar distancia. Los testimonios de los que volvieron se volcaron en textos periodísticos y literarios, en canciones y también en películas.

En aquellos tumultuosos años ochenta, que dieron lugar entre otras cosas al renacimiento de la industria cinematográfica local con la obtención del Oscar por parte de “La historia oficial”, no podía faltar el abordaje a esa temática que había marcado al menos a una generación. La encrucijada de tener que elegir entre mudarse al extranjero o quedarse y exponerse a las consecuencias, tenía aristas que abrían la perspectiva a su tratamiento fílmico. Sólo faltaba que los realizadores locales se abocaran a encarar esa disyuntiva como parte de las diversas miradas que se posaron sobre los años de plomo.

Quienes empezaron a hacerlo, por supuesto, fueron cineastas cuya militancia los había empujado en los setenta a tomar la decisión de irse o de quedarse. Después de que Pino Solanas estrenara “Tangos, el exilio de Gardel” en 1985, fue la joven dupla de Jorge Coscia y Guillermo Saura la que en 1987 recogió el guante con su ópera prima, “Sentimientos, Mirta de Liniers a Estambul”, una película protagonizada por Emilia Mazer y Norberto Díaz que sigue el derrotero de una pareja de novios que huye a Estocolmo tras el golpe de 1976 y una vez allá diverge en la manera de acoplarse a ese paisaje foráneo.

Como parte de esa camada de directores (algunos debutantes y otros veteranos) que se abrió paso durante la llamada “primavera alfonsinista”, iba a cobrar relevancia el nombre de Coscia, fallecido el pasado 7 de octubre a los 69 años, quien en las últimas dos décadas ocupó importantes cargos públicos, casi todos vinculados a la cultura. Aquella “Sentimientos…” tuvo la virtud de exponer sin remilgos la tragedia del desarraigo, en una diáspora que signó el destino de numerosos coterráneos, cuyas existencias nunca volvieron a ser iguales, más allá de que hayan regresado o no.