No hacen falta acuerdos, se necesitan ideas

Dada la carencia de un liderazgo unificado, en el Frente de Todos conviven librepensadores que interpretan, cada uno a su manera, lo que ocurrirá el día después de las legislativas. Hay dos que merecen alguna reflexión: Juan Manzur y Sergio Massa. Ambos consideran que, producida la derrota, no quedará otra que ensayar un viraje para llegar al 2023 y mantener sus propias chances presidenciales. Y para esto necesitan a la oposición.

Por Pablo Esteban Dávila

Cuando Mauricio Macri perdió las PASO en agosto de 2019 le costó asimilar el golpe. No era para menos. Se jugaba la reelección y el electorado lo puso 18 puntos por debajo de Alberto Fernández, el ungido por Cristina Kirchner para encabezar el ticket del Frente de Todos. Solo una espontánea concurrencia en Plaza de Mayo el 24 de aquel mes lo sacó de su letargo. A partir de ese momento comenzaría una frenética carrera por descontar la ventaja. Aunque no le alcanzó -terminó perdiendo la presidencia por 8 puntos- la suyo fue una muestra de auténtico coraje político, como la que no había mostrado en muchos tramos de su gobierno.

Aquella patriada macrista contó con una ventaja: el entonces oficialismo, aunque atravesado por dudas y resignado a la derrota, se mantuvo relativamente unido y firme en torno a su candidato. Nadie boicoteó los esfuerzos del expresidente, no obstante que muchos los suponían vanos. La premisa era que, si bien el final estaba escrito, se vendería cara la derrota. Así fue.

Dos años después, el Frente de Todos enfrenta una situación muy similar, pero con una estrategia muy diferente. En rigor, el oficialismo la enfrenta sin ninguna estrategia. Se descuenta la derrota en las legislativas y se la asume con una mezcla de pánico, resignación y manotazos de ahogado. Esto da por resultado un cúmulo de decisiones inconexas, equívocos personales y multiplicidad de actores cinchando cada uno para su lado.

Mucho se ha hablado del plan “platita” y de otras iniciativas, entre las que sobresale, por su futilidad, el congelamiento de precios de Roberto Feletti, todas ellas destinadas a congraciarse con el electorado. Sin embargo, son acciones desarticuladas que malamente depararán alguna satisfacción al presidente y a Cristina. La sensación general es que se trata de un enorme operativo de cohecho social, destinado a comprar voluntades a falta de un plan creíble para derrotar la inflación e impulsar el crecimiento económico. Las encuestas sugieren que no tendrá éxito.

Dada la carencia de un liderazgo unificado, en el Frente de Todos conviven librepensadores que interpretan, cada uno a su manera, lo que ocurrirá el día después de las legislativas. Hay dos que merecen alguna reflexión: Juan Manzur y Sergio Massa. Ambos son peronistas conservadores, bien lejos de los sueños revolucionarios de La Cámpora o del progresismo lumpen de los movimientos sociales que respaldan al gobierno. Y los dos creen que, producida la derrota, no quedará otra que ensayar un viraje a la derecha (con todo lo relativo que esto puede ser dentro de un espacio que todavía lucha contra Videla y compañía) para tratar de llegar al 2023. Detrás de estos afanes se encuentran sus aspiraciones personales de suceder a Fernández al frente del Ejecutivo nacional.

Parte de ese viraje, entienden, es logar un gran acuerdo con la oposición. Manzur se propone hacerlo luego de las elecciones, a modo de un bote salvavidas para el gobierno, con él como factótum y garante del pacto. Massa piensa exactamente lo mismo, aunque sin el tucumano. Es un secreto a voces que, luego de la debacle, el actual presidente de la Cámara de Diputados pretende regresar a la jefatura de gabinete y, desde allí, tomar las riendas de la administración de Fernández como un trampolín para su propio proyecto presidencial.

No sorprende, por consiguiente, que Massa haya torpedeado este propósito anunciando, por cuenta propia y sin coordinarlo con nadie, la necesidad de hacerlo cuanto antes. Por lo pronto Gabriela Cerruti, la vocera presidencial, ha dicho que esta es una potestad de su jefe y que nada de esto se encuentra en su agenda. El exintendente de Tigre ha utilizado un expediente nada sutil para decir que hay que hacer algo que, en el fondo, no quiere que se haga, al menos si él no es quién oriente el proceso.

Es muy fácil comprender esto. La oposición no se sentará con el gobierno antes de las elecciones. Sería una ingenuidad que lo hiciera. Y tampoco es claro que lo haga luego de conocidos los resultados, más allá de las clásicas expresiones de buena voluntad. Un acuerdo como el que nominalmente pretenden Manzur y Massa supondría una suerte de cogobierno cuando todavía faltan dos largos años antes del fin del período constitucional de Fernández. Y, dada la situación del país, cualquier cosa podría pasar en el interín. Una cosa es un pacto nacional como un programa de gobierno, al inicio de la gestión que lo haya propuesto, y otra muy diferente es intentar llevarlo a cabo a modo de una operación de salvataje.

Además, y dejando de lado la estética sensiblera de oficialistas y opositores dándose la mano en torno a una serie de puntos supuestamente comunes, debe repararse en el contenido de algo tan ambicioso. ¿Qué diría el documento liminar? ¿Habría algo más que lugares comunes? ¿Se mencionaría la necesidad de bajar el gasto público, llegar a un acuerdo con el FMI, reducir impuestos o incentivar las exportaciones? ¿Acordarían todos establecer el principio de que no se puede cobrar sin trabajar? ¿De abrir la economía? ¿De integrarse al mundo desarrollado? Tal vez Mansur o Massa firmarían una agenda semejante sin demasiados reparos, pero… ¿lo haría cristina?

Es probable que no. Y, si la vicepresidenta no la consintiera, todo terminaría en papel mojado, porque, como bien señala Carlos Pagni, tampoco Macri la avalaría. La necesidad de que todos tengan los pies en el plato es una condición imprescindible para avanzar en esta dirección. No obstante, para que esto ocurra, tiene que existir un mínimo nivel de consenso previo sobre hacia donde debe dirigirse el país.

Y este es el gran punto. Todo el mundo esquiva el asunto (no solamente el gobierno) sobre lo que debe hacerse en la Argentina. Deben tomarse medidas duras, del tipo que ahuyentan votos, pero que si no se adoptan la crisis que vive el país se repetirán cada vez con mayor intensidad y frecuencia. De efectivamente suscribirse, sería un consenso para administrar las inevitables penurias sin descuidar los grandes trazos de futuro que allí también deberían plasmarse.

No es una tarea fácil porque, en el fondo, no se necesitan acuerdos sino tener las ideas correctas. Un pacto para mantener, con algunas variantes, las actuales recetas de estatismo, aislamiento internacional, proteccionismo y pobrismo ideológico -conceptos que muchos en Juntos por el Cambio sostienen con algo más de elegancia-, estará condenado al fracaso. Se teme que, antes de lograr algo tan trabajoso como improbable, lo mejor sea someter los proyectos de país en pugna al electorado y, de una vez por todas, hacer lo que debe hacerse. Sin eufemismos.