Trova Sinfónica: el asombro de lo sabido

Dos noches de gala en el Teatro San Martín le agregaron valor a esta temporada de gratos regresos a la interpretación, a la inspiración, al descubrimiento y al encuentro.

Por Gabriel Abalos
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Mario Díaz, Jenny Náger, Ana Robles y Lucas Heredia, en plena actuación con la Sinfónica.

Los dos conciertos de la Trova Sinfónica Cordobesa el jueves y el viernes de la última semana, en que a la vez se abrieron el Teatro San Martín, la memoria y el corazón, fueron un punto alto en lo musical y también en lo emotivo. Fue necesario esperar a que se disipasen lo suficiente los aires trágicos que nos tuvieron por dos años contra la pared (¡Y que, por favor, no vuelvan más!), para sentir de nuevo la importancia del encuentro, de la celebración, del sentido de tener una sala tan enorme y bella como es el Teatro del Libertador, del calibre de los y las artistas que este cielo contiene, del público ávido de estar, de participar. El máximo organismo orquestal de Córdoba, con el apreciado maestro Santiago Ruiz como invitado en el podio, los arreglos sorprendentes de Pablo Rojas, y las canciones y las voces de creadores y creadoras como Ana Robles, Jenny Náger, Mario Díaz y Lucas Heredia, produjeron algunos de los momentos más hermosos de esos que, por fortuna, están comenzando a suceder en las salas y espacios de la ciudad y de la provincia, y que tanto se parecen a la vida.

Las circunstancias eran, por supuesto, una vuelta de tuerca extra para la percepción de esas veladas, pero en sí mismo el proyecto y su realización alcanzaron una fascinación inusual. Una de esas ocasiones de comunión del ánimo y del significado, ya que tanto contamos a las artes en el lado simbólico. El significado de este encuentro era la cita musical tendida por una experiencia de cruces de enfoques, de géneros, de escala sonora. Una invitación a asomarse a universos compositivos dentro de un arco de producciones culturales como podían ofrecer los artistas invitados. El folklore, la canción urbana, los lenguajes de búsqueda y las tradiciones, en los ropajes y la riqueza de timbres a los que los trasladó la imaginación del arreglo, emocionaron a unos y a otros en las dos veladas de gala, en las plateas y en el escenario. Hace falta decir que las canciones involucradas no es que precisasen de esta dimensión sinfónica para ser, ya que existe de ellas versiones por sus creadoras/es que son magnificas. Se trata, por lo tanto, precisamente de una acción artística, algo innecesario hasta que lo descubrimos y nos transforma.

La sala, con un aforo del 70 %, contenía sus buenas huestes de público. Todos rostros interrumpidos por esa telilla salvífica de los barbijos y una predisposición y entusiasmo que se palpaba en el aire. Esa sala con tanta historia y ecos acumulados por los años. Se sumaron a ellos, a modo de obertura, dos obras instrumentales de Pablo Rojas, De noche y Adiós amigo. Una introducción agradable, con pasajes románticos y nostálgicos, que pusieron un nivel en la velada. A esa bienvenida le siguió la entrada de la riojana Ana Robles, compositora e intérprete afincada en Córdoba, una de las direcciones más interesantes y elaboradas que ha tomado la música de latido regional folklórico que se produce en el interior (es decir nacional). Ana cantó con la orquesta dos de sus obras más admiradas: Alaridos, y luego La seca, ambas con dosis de música y palabras que trasunta impresiones, dramas, paisajes. Le siguió Mario Díaz, buen intérprete y compositor. Mario cantó el huayno Rumbo al cerro y luego la Canción de amor en mayo, con ese eco orquestal que les dio una resonancia dentro de otras normas sonoras, pero que las distinguieron como obras en sí mismas, de inmediata conexión con la audiencia. Hay que insertar que todos los cantautores que participaron parecían extrañar sus instrumentos, con los que acostumbran a acompañarse en sus presentaciones solistas. Y que en la orquesta formaba la guitarra de Pablo Rojas, haciéndose el lugar debido en el mar de colores alrededor.

Jenny Náger, una compositora e intérprete personal, que le escapa a la ceremonia de los géneros y -entre otras cosas -tal vez precisamente por eso- es un nítido producto musical cordobés con proyecciones, cantó antes de sus temas, a dúo con Mario Díaz, la bella y saltarina Aguas de la Cañada, canción indeleble de Francisco Heredia que viene de los 70’a 80’. Luego, a solas con la sinfónica, Jenny encaró Cuánto de vos (una canción de amor que alguna vez tuvo letra en inglés) e Inferno, esta última parte de la colaboración con el referencial poeta brasileño Arnaldo Antunes. Dos perlas que la distinguen.

Por su parte, Lucas Heredia, suelto de su guitarra, ofreció -además de su voz precisa y bien controlada- una performance cercana a la del crooner. Cantó, de su cosecha personal, Empujando hacia el sol (de su debut discográfico) y La verdad hasta el final, del mismo álbum, con ricas telas sinfónicas.

Para el final -y calculadamente- se introdujeron versiones de temas prestos en el recuerdo popular: el primero: Del Norte cordobés, de Ica Novo, por Lucas y Ana, y el segundo la sensible Zamba de Alberdi, del Chango Rodríguez, por Mario, Jenny, Ana y Lucas. Fueron dos gotas de identidad provinciana, la ultima coreada por el público a instancias de Santiago Ruiz.

El proceso debería de seguir. Seguir fogueando al arreglador, haciendo sonreír a los músicos de la sinfónica, gratificando a los creadores y creadoras, agradando al público y acercándolo a esa dimensión tan culturalmente distante de las enormes obras del género clásico y romántico. Continuar su colaboración con tantos otros compositores e intérpretes locales de dimensión ilimitada. Creo que el aliento, a la manera de veredicto, está.