Deudores bajo control

“El juego del calamar”, una serie cuya primera temporada ha batido todos los récords de Netflix y ha desatado pasiones encontradas en el público, pone de manifiesto los estragos que puede producir una sociedad competitiva y despiadada como parece ser la de Corea del Sur.

Por J.C. Maraddón

La deuda como motor de los relatos de ficción es un recurso que ha sido largamente utilizado en la literatura, el teatro, el cine y muchos otros formatos de entretenimiento. En el enorme abanico de personajes protagónicos de esas historias que hemos disfrutado a lo largo de nuestra vida, los deudores ocupan un lugar destacado, porque su derrotero suele deparar derivaciones insospechadas, ya sea que paguen lo que deben o que eludan su responsabilidad. A veces, estos compromisos están vinculados a sumas de dinero, pero en otras ocasiones se refieren a promesas o pactos que deben ser cumplidos por ambas partes.

Sin ir más lejos, hace casi un par de años, Netflix estrenó el largometraje “Uncut Gems” (Diamantes en bruto), que seguía la vertiginosa caída de un joyero adicto al juego que terminaba endeudándose más allá de lo razonable y se veía involucrado en sucesos espeluznantes ante su imposibilidad de devolver la suma que le han prestado. Con protagónico de Adam Sandler, la película lleva al espectador a un estado de exasperación, ante un sujeto que no puede manejar sus impulsos y entrega hasta lo que no tiene con tal de obtener la plata que necesita para cubrir sus huecos financieros.

Si aquel filme erizaba la piel, peor aún es el efecto que provoca “El juego del calamar”, una serie coreana cuya primera temporada ha batido todos los récords de Netflix y ha desatado pasiones encontradas en el público. A lo largo de los nueve episodios de la primera temporada, esa patética comunidad de deudores que acepta participar de un desafío extremo para ganar un premio millonario que le permita enderezar su devastada economía personal, se verá expuesta de modo voluntario a las peores atrocidades, que a pesar de los riesgos mortales que implican siempre serán consideradas menos crueles que las contingencias de la vida cotidiana.

Mientras los comentarios generalizados sobre esta realización hacen foco en las escenas de violencia explícita, donde brota sangre a borbotones y los cadáveres copan la atención, en realidad “El juego del calamar” se esfuerza en poner de manifiesto los estragos que produce una sociedad competitiva y despiadada como parece ser la de Corea del Sur, si nos atenemos a productos culturales como esta tira o la premiada cinta “Parasite”. La brutalidad de sus imágenes, que tal vez exacerben el morbo de la audiencia, sólo reflejan con crudeza hasta dónde llega la miseria humana en un sistema que premia al más inescrupuloso y castiga al solidario.

En su libro “Realismo capitalista”, el malogrado autor británico Mark Fisher habla del “deudor-adicto” como el prototipo del ciudadano de estos tiempos, que toma créditos a mansalva y que, por culpa de esa mecánica, ve restringido cada vez más su margen de maniobra. Citando a Gilles Deleuze, Fisher escribe que “las sociedades de control se basan más en la deuda que en el encierro”, lo que marca una diferencia sustancial con las técnicas disciplinarias que Michel Foucault se encargó de describir y que estuvieron en uso hasta finales del siglo veinte.

En lo radical de su planteo, “El juego del calamar” es una fantasía que se asemeja demasiado a la realidad, como para que nos quedemos tan sólo con su aspecto sórdido y dejemos de lado la crítica social que se pone en evidencia cuando toma como sujetos de su narración a gente común asolada por acreedores implacables. Quizás sea más agresivo ese detalle argumental de este extraño reality show, que las decenas de asesinatos, traiciones y abusos que se suceden sin parar, en un continuo que una y otra vez nos remite a la pregunta de origen: ¿cómo es que esas personas han podido caer tan bajo?