Viajeras invisibles surcando las pampas (Primera parte)

Damos un paneo y hacemos algunos altos en textos de visitantes extranjeras que, de mediados del siglo XIX al primer cuarto del XX, tuvieron la oportunidad a su paso por Sudamérica, de tomar nota sobre la llanura pampeana. Varias de ellas pasaron o mencionaron a Córdoba.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Retrato de Lina Beck-Bernard.

Está más allá de nuestro objetivo hacer ciencia sobre las viajeras femeninas del pasado, un tema de gran valor y que muchas historiadoras han emprendido con aportes reveladores. Nuestro propósito es más limitado: recorrer las figuras y/o los textos de algunas viajeras foráneas que estuvieron en la Argentina y que particularmente tuvieron alguna proximidad con el territorio cordobés.

Por supuesto que el número abrumador de viajeros masculinos de comienzos del siglo XIX a inicios del XX convierte a la suma de las viajeras del mismo período en apenas un puñado de experiencias. Ese solo dato obliga a hacer al menos algunas reflexiones no necesariamente novedosas. Para empezar, muchos varones que por aquí pasaron y escribieron crónicas, viajaban con su mujer e incluso, en ocasiones, con sus hijos. Baste mencionar el viaje del escocés John Miers hacia Chile, en 1819, junto a su esposa Annie Place, de 23 años, quien llevaba un avanzado embarazo y debió parir prematuramente en Mendoza. O el del ya maduro James Tweedie, jardinero y naturalista, quien decidió viajar al Plata con su mujer y sus seis hijos, en 1825, recorrió el país y se estableció en Buenos Aires. Sin embargo, esas mujeres no dejaron escrita su experiencia y por eso no son el eje de esta historia.

En sentido mas bien ilustrativo -y porque su historia es fascinante-, mirando un momento al siglo XVIII, podemos mencionar la figura de Jeanne Baret (o Barret) considerada la primera mujer en dar la vuelta al mundo, cosa que hizo asumiendo una identidad masculina durante tres años, como integrante de la expedición científica de Bougainville, de 1766 a 1769 (que se detuvo en Buenos Aires). Jeanne viajaba como asistente del naturalista Philibert Commerson (con quien había tenido un hijo) y era experta en botánica. Sin embargo, tampoco Jeanne dejó una crónica escrita.

Quien sí dejó libros sobre viajes, aunque no llegó al Plata, fue Ida Pfeiffer, una mujer vienesa que comenzó sus viajes a los 45 años, luego de enviudar y criar a sus hijos. Entre sus numerosos recorridos por el mundo, cuyas crónicas comenzó a publicar, en 1846 cruzó el Atlántico en velero, y vino a Sudamérica, donde permaneció un tiempo en Brasil y luego, rodeando el Cabo de Hornos, pasó a Chile.

No entran en nuestro panorama, tampoco, mujeres argentinas o sudamericanas que hicieron invaluables aportes a la literatura de viajes, ya que nos centramos en las visitantes europeas. Pero bien merecen ser mencionadas, para achicar la acción del olvido: Mariquita Sánchez, Juana Manso, Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla o Flora Tristán, se cuentan entre ellas y ameritan acercamientos específicos.

El caso de las viajeras que pasaron por aquí como acompañantes de sus maridos y que dejaron diarios o crónicas de puño y letra ha sido encuadrado por historiadoras como un tipo de viaje particular, en especial al ser juzgados desde la conquista de la independencia que suponía viajar. El viaje como “acompañante”, salvo excepciones, suponía en ocasiones ceñirse a los objetivos masculinos. Un caso referencial entre las mujeres extranjeras que se ocuparon de Sudamérica es el de María Graham. Ella vino con su marido, aunque no se ciñó a ser “la esposa de”, sino que brilló con luz propia. Había dado a luz su primer libro, Diario de una residencia en la India, en 1812 y, para cuando vino a Chile en 1821, contaba con cuatro libros publicados y algunos traducidos. Llegó a este continente en una fragata de la que era comandante su marido, el capitán Thomas Graham, quien falleció a bordo, a la altura del Cabo de Hornos. Habiendo enviudado tan inesperadamente, decidió permanecer en Chile y luego residió un tiempo en Brasil. María Graham escribió y también le dio rienda a su maestría en la acuarela. En 1824 publicó Diario de mi residencia en Chile y ese mismo año, su Diario de un viaje al Brasil, libros que la situaron entre la intelectualidad de su época.

Yendo ahora a las viajeras parte de nuestra carpeta, las que figuran en el universo que trazamos como acercamiento, son mujeres que acompañaban y otras que viajaron por su cuenta. Todas ellas tienen en común, además del hecho de ser extranjeras a la tierra que visitaban, el haberse encontrado en algún momento en la línea que pasaba por la pampa argentina, en el siglo XIX y en el XX. Por su época, la mayoría viajó a través del ferrocarril. El escenario de la pampa nos brinda mayor amplitud, ya que el paso por Córdoba, o las menciones a esta provincia no son el eje de sus relatos.

La primera de nuestra lista es Lina Beck-Bernard, que había nacido en 1824 en Alsacia, y fue autora de un libro titulado Rio Paraná – Cinq années de séjour dans la République Argentine (1864), producto de su lustro de residencia en Santa Fe, de 1857 a 1862, donde nacieron dos de sus cuatro hijos con Charles Beck Bernard, a quien había contratado el gobierno argentino para establecer colonias agrícolas suizas en esa provincia.

En su libro, Lina Beck-Bernard dedica capítulos a sus paseos por Buenos Aires, sus visitas a Palermo durante los tiempos de Rosas y sobre Manuelita Rosas. Una vez instalada en Santa Fe con su familia, Lina tendrá literalmente una vista evolutiva de la ciudad y de sus habitantes en esos años, desde lo alto de la terraza de su casa y a través de paseos y un involucramiento progresivo con las personas de su entorno. Narra las fiestas patrias y religiosas, un incendio y hasta una ejecución. Describe la situación de salud de la población, le dedica reflexiones a la esclavitud, se detiene en la música militar que ha oído tocar. También hará un retrato de Garibaldi, y comentará las guerras contra los indígenas. Más adelante, su experiencia prolongada de habitar en una ciudad pegada a la pampa que se hallaba en pleno proceso de colonización, les dará pabilo a sus apetencias literarias, y escribirá y publicará libros, ya de regreso a Europa, como su trilogía de relatos Flores de las Pampas – Escenas y recuerdos del desierto argentino, publicada en Ginebra en 1872.