Una guerra fraterna

La semana pasada, en el marco de la programación de la Feria del Libro Córdoba, la escritora y actriz Camila Sosa Villada y el teatrero Gonzalo Marull representaron un breve fragmento de la obra “El retorno del desierto”, del francés Bernard-Marie Koltès en el formato de teatro leído.

Por J.C. Maraddón

La herencia, una institución en la que la sociedad occidental ha basado gran parte de sus fundamentos, ha dado lugar a algunas de ficciones que constituyen el catálogo de clásicos de la literatura, del teatro y de la cinematografía. El reclamo de derechos sobre dineros, terrenos, casas y hasta tronos, es casi un lugar común en ese repertorio de relatos donde hijos reconocidos y no reconocidos batallan por hacer valer su participación en el reparto, que muchas veces no suele estar exento de disputas legales en las que afloran las miserias menos pensadas entre hermanos de sangre.

La cultura popular está plagada de esta clase de narraciones, cuya temática es habitual sobre todo en las telenovelas, donde no es raro que se haga foco en familias afectadas por conflictos derivados de procesos sucesorios que acarrean desacuerdos cuya resolución puede tornarse cruenta debido al choque de intereses. La intervención de terceros (abogados, otros parientes y hasta los propios padres) en ciertas ocasiones agudiza la confrontación, que en algunas obras termina zanjándose por medio de la violencia verbal y/o física, último recurso para reclamar lo que cada uno considera suyo, más allá de lo que se haya regulado por ley.

Las variantes dentro de estas historias tienen que ver con el contexto en el que se ambientan. Difieren el momento y el lugar en que transcurren o el tipo de bien sobre el que se plantea la decisión hereditaria. Pero sobre todo cambia la manera en que los implicados acatan o no lo que les corresponde según las normas en vigencia. Y las relaciones que se habían establecido entre ellos previamente, y que luego son determinantes frente a un problema que tensa los vínculos hasta provocar enojos que quizás estaban subyacentes y que ante semejante presión estallan con furia.

La propiedad, que conforma uno de los puntos centrales sobre los que se construye la escala de valores de Occidente, es aquí la piedra de la discordia que quiebra la frágil estructura de los afectos, en función de una causa a la que se le atribuye una importancia superior: imponerse por encima del resto. Estos tironeos entre fuertes y débiles dan pie a los entremeses que dibujan una trama en la que, antes que hallar una solución, los problemas parecen agravarse cada vez más. Las consecuencias pueden ir desde el alejamiento perpetuo entre unos y otros contendientes hasta el crimen liso y llano.

“El retorno del desierto”, una pieza teatral escrita en 1988 por el dramaturgo francés Bernard-Marie Koltès, cuenta con todos los ingredientes de esta categoría de dramas: una mujer, Mathilde, que por mandatos familiares debió exiliarse durante 15 años en Argelia, regresa a su casa paterna en Francia para reclamar lo que le corresponde en herencia. Allí deberá enfrentarse con su hermano Adrien, quien le niega entidad a la pretensión de Mathilde y con eso desata una guerra fraterna. Al año siguiente del estreno de la obra, Koltès falleció víctima del Sida, con apenas 41 años y una prolífica producción a lo largo de dos décadas de trabajo.

La semana pasada, en el marco de la programación de la Feria del Libro Córdoba, la escritora y actriz Camila Sosa Villada y el teatrero Gonzalo Marull representaron un breve fragmento de “El retorno del desierto” en el formato de teatro leído, como apertura de una conversación que convocó a un público numeroso en el Paseo Santa Catalina. Una feliz idea la de rescatar ese texto ante una nutrida platea, como recurso para romper el hielo y como instrumento para la difusión de un autor que puso en juego toda su agudeza para tratar un tema siempre polémico.