Abandonados entre zurullos

La crisis de las cloacas de Alberdi es una pequeña muestra de lo difícil de gestionar una ciudad en la que nadie quiere asumir la responsabilidad que le corresponde, cargando al vecino con las consecuencias de ello.

Por Javier Boher
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La tarea de los municipios es relativamente simple, aunque se va complejizando a medida que crecen en habitantes y diversidad. El caso de la ciudad de Córdoba debe lidiar, además, con uno de los ejidos urbanos más grandes de América.

La tarea municipal en el interior de la provincia es un poco más sencilla: recolección de residuos, cordones pintados, alumbrado y barrido son todo para los que gestionan localidades que apenas alcanzan los habitantes para dejar de ser pueblos.

Córdoba dejó hace rato de ser una aldea, aunque en muchas cosas no parece ser la segunda ciudad del país. Tiene un sistema de transporte deplorable -que ninguna gestión logró resolver-, un sistema de recolección de residuos que depende del buen humor de un sindicalismo que supo armar sus negocios con el poder y una de las peores coberturas de alumbrado, asfalto y cloacas para ciudades similares en el país.

Los males que sufre el resto de los argentinos también afectan a la población de la Docta, aunque los cordobeses se sientan algo superiores a los compatriotas que votan distinto. La falta de control estatal, la pereza de los empleados públicos, las corruptelas que se instalan en ciertos sectores de la administración pública y el deterioro general de los servicios son una constante para todos.

Esta semana llegó a las noticias un evento de lo más común para los que viven en sectores en los que existen redes cloacales: un colapso de la red, con aguas servidas en las calles y en las casas. Lo que sacó al caso de la habitualidad y lo llevó a ser noticiable es, paradójicamente, lo que habitualmente se reporta sobre tantos otros temas.

Si se googlea sobre cloacas y Córdoba, todas las noticias tienen más o menos el mismo tono. Por un lado, gacetillas que cuentan sobre las grandes obras y servicios, como algunos aliviadores y un par de desobstrucciones. Más lejos en el tiempo están las denuncias por sabotajes con las que se chicaneaban los políticos, todo para no aceptar que las cuadrillas sólo deobstruían si el vecino pagaba un plus.

El resto de las noticias hablan de un patrón similar: un caño roto, vecinos preocupados y nadie sabe bien quién fue ni de qué se trata. Ciudadanos abandonados ante un río de zurullos, literalmente.

Con la situación de Alberdi se ve de nuevo lo mismo de siempre. Un municipio sobrepoblado de empleados que, sin embargo, no tienen idea de qué es lo que pasó. Como tantas otras veces, la falta de voluntad pública parra resolver las necesidades de los ciudadanos empujó a algún privado (no sabemos aún quién) a romper la infraestructura pública para obtener una solución que le es esquiva.

A lo largo de los años todos tenemos decenas de historia sobre cómo los que deben regular, controlar, monitorear o habilitar servicios públicos no lo hacen, así como también hay historias de cómo los que dependen de ellos hacen lo que el Estado les niega.

He visto con mis propios ojos una cuadrilla de plomeros que, como topos, cavaban bajo el asfalto de una calle de ocho metros para hacer una conexión ilegal, un talento que les valdría la libertad si llegaran a la cárcel o un par de millones si se animaran a entrar a la bóveda de un banco. El ingeniero designado por la empresa de aguas para dar la factibilidad del servicio debe seguir buscando el lote, porque casi 15 años después todavía no se presentó.

Las imágenes de los vecinos pasando la noche en los techos de sus casas, con la lluvia de la noche del martes y los vahos de los líquidos sépticos en el aire, son otra muestra del fracaso absoluto del Estado. No sólo no saben quién generó todo el problema, sino que tampoco pueden velar por la propiedad de gente que debe montar guardia para proteger lo poco o mucho que tiene.

Molesta ver a muchos de los responsables de estos temas hablando compungidos por la situación de los vecinos, señalando a otros por su responsabilidad y viajando en auto a sus domicilios lejos de esa pileta olímpica de líquidos cloacales.

No tiene sentido pensar en vecinos a los que les van a hacer un lío por ir a un almacén sin barbijo y que en el camino tuvieron que caminar esquivando cagarrutas de vaya uno a saber qué habitante de esta magnífica ciudad. “No, maestro, si entra sin barbijo me puede hacer un acta la muni”, mientras el cliente se está despegando el papel higiénico que se le enredó en su bota de goma. Por suerte para los vecinos de Alberdi los concejales se preocuparon por prohibir que se tiren colillas en la vía pública, porque quién se podría bancar vivir en una ciudad así de sucia.

Cada pequeña historia de estas es una muestra de un fenómeno que se repite, día a día, año a año, gestión a gestión, para los habitantes de la ciudad. Proyectos, planes y ordenanzas de primer mundo, para políticos y funcionarios de barrio privado, mientras el común de los mortales que les paga sus beneficios debe andar esquivando charcos de barros pútridos sin olvidarse de tener los impuestos al día.

Gestionar una ciudad tan extensa y compleja como esta no es tarea sencilla. Vivir en ella tampoco.