El clientelismo es un viaje

El regalo de Kicillof a los egresados es un bochornoso episodio en una larga lista de intentos por recuperar algunos votos para noviembre.

Por Javier Boher
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¡Qué maravilla de fin de semana largo, amigo lector! La verdad que se vio más gente paseando por las sierras que en las tribunas del superclásico. Se siente bien ver que aún con toda la malaria que hay dando vueltas la gente se juega con un par de pesos para ayudar al sector del turismo, más golpeado que dedito chico del pie cuando se anda descalzo.

Tantos días al vicio -uno que puede, hay que decirlo- hacen que uno se pase por alto todas las cosas que pueden pasar en este rinconcito del universo al que hemos dado en llamar Argentina. Es una locura, porque debe haber países en los que un semestre completo equivale a una semanita nuestra, que puede incluir espionaje, magnicidio, corrupción, sedición y cumpleaños clandestinos.

Por suerte, como acá no existieron la cuarentena más larga del mundo, el vacunatorio vip, la falopa en ambulancias, las cartitas de amor con los bandidos rusos que mandaron la mejor vacuna del mundo (con menos papeles que callejero de cuarta generación), los runners asesinos, el diputado chupateta o el salón gamer del tigrense taimado en Diputados, algo va a termianr apareciendo justo cuando nos estamos tomando unos días.

Es una locura, porque no alcanzás a no escribir de un tema que ya te toca otro encima, como los adolescentes que van pasando las canciones en Spotify antes de que ni siquiera llegue el estribillo. Deberíamos tratar de meterlo en un Guiness o algo así.

El jueves, tomando unos mates porque el viernes el diario no salía, salió el piquetero de los helados más caros, Emilio Pérsico, a decir que la democracia de alternancia no funciona. ¿Es eso democracia? Aparentemente sí, pero una de las del bloque oriental de la Guerra Fría. Ese tiene menos ganas de poner el lomo que esposa de ministro (no digo amante porque esas laburan fuerte).

Es una democracia tan buena que es el modelo por el que el ministro de seguridad (el que le da órdenes a la gendarmería, por ejemplo) chicanea a un humorista tirando el colegio al que van los hijos. ¡Qué placer pensar en 20 años ininterrumpidos de eso! La verdad que es una brisa de libertad (hago buena letra, porque es mejor ser precavido).

En medio de todo eso, aparece el gobernador de la provincia inviable y lanza un plan para regalarle el viaje de egresados a los 220.000 alumnos bonaerenses del último año del secundario. Está buenísima la idea, pero medio que todos saben que es porque perdieron las PASO. Es como el que vuelve de una juntada con amigos llevándole un chocolate a la señora: no vas a zafar del reto, amigo.

Mucho “volumen político” y creerse Perón, pero hacen cosas propias de un concejal de pueblo que entró por ser sobrino del intendente. Obvio que se pueden comprar votos tirando plata, pero parece que hemos entrado en una fase en la que hace falta bastante más que unas chirolas sobre el día de la elección.

¿Qué quiere que le diga? Yo me lo imagino a Kicillof como los que no iban al viaje de egresados porque se creían demasiado para ese viajecito burgués, pero que a la vuelta se comían los mocos tratando de hablar de materialismo dialéctico mientras el resto trataba de armar ese peligroso elixir con sidra y granadina en un balde de Grisú.

Tal vez por eso no entiende que el regalito no alcanza a hacer que los chicos se olviden de que los tuvo un año y medio encerrados sin hacer nada. Parece que no se acuerdan de que capaz te pintaban los dedos por ir a comer las milanesas de la abuela o que te levantaba la policía por tratar de tomarte unos mates en la plaza.

Yo hace bastante dejé de ser jovencito y un poco me traiciona la memoria, pero creo que la rebeldía adolescente pasaba por tratar de transgredir ese tipo de normas berretas. Capaz el Kichi ya estaba grande, pero me acuerdo de cuando Kapanga sacó “el mono relojero” porque el Zabeca de Banfield sacó una ley para que los boliches cierren temprano. El petiso este hizo lo mismo pero más de un año. Seguro los chicos se olvidan…

Ya nos conocemos, estimado. Me encantaría a ponerme a hacer números sobre cuánto se podría hacer con los 6.600 millones de pesitos que le va a costar que los chicos se vayan a pasear a algún lado para que ellos ganen las elecciones y no parezcan unos payasos. Prefiero quedarme con que esas 30 luquitas que le toca a cada egresado es el equivalente a un sueldo promedio en el país. Seguro que el que sale todos los días en bici a ganarse esos mangos está chocho por el regalo al vecino que se pasó desde marzo del año pasado levantándose a las 14 y que no se ha quedado de año porque las notas son estigmatizantes.

Me voy yendo, estimado. ¿Le soy sincero? Seguro que algunos votos rascan con todo esto, siempre que los chicos no se hayan olvidado cómo se lee.

Tenga buena semana.