Con el campo como excusa, Schiaretti juega fuerte para las legislativas

Sería inadmisible que el binomio Vigo – de la Sota quedara como tibio simplemente porque Juez sabe gritar mejor y matizar con groserías sus perogrulladas en contra de Alberto y Cristina, especialmente cuando el gobierno provincial no ha dejado de diferenciarse toda vez que fue posible de la Casa Rosada. El rol de Schiaretti, en este aspecto, es irreemplazable.

Por Pablo Esteban Dávila

Juan Schiaretti salió a jugar fuerte. El miércoles pasado, frente a la Mesa de Enlace agropecuaria, se despachó a gusto en contra del gobierno nacional. Dijo, entre otras cosas, que las retenciones a las exportaciones agropecuarias deben ser eliminadas gradualmente, que hay que terminar con la prohibición de las exportaciones de carne (un error “de los anteriores gobiernos kirchneristas” que el actual reproduce) y que la ley de biocombustibles recientemente sancionada a instancias de Máximo Kirchner perjudica a la provincia. Sus interlocutores lo escucharon con delectación. No hay muchos mandatarios que se animen a tanto.

En rigor de verdad no son cosas que el gobernador no hubiera sostenido con anterioridad, pero siempre cultivando la prudencia que le es característica. La novedad, por consiguiente, es que haya sido tan explícito frente a una tribuna permanentemente vapuleada por Cristina primero y ahora por Alberto Fernández. Dio la impresión de estar frente al mismo Schiaretti que, en los aciagos tiempos de la Resolución 125, militaba abiertamente en contra de las políticas de la expresidenta y de su esposo Néstor. No sería inexacto decir que acaba de evocar aquel fantasma.

¿Forman parte estas expresiones del cálculo político o se trataron de un simple arrebato emocional? Si se estuviera hablando de un dirigente distinto podría concederse algún crédito a la segunda posibilidad pero, siendo Schiaretti como es, resulta difícil dárselo. El gobernador solo comunica lo que quiere; sus pasiones raramente lo colapsan, mucho menos en público. Es un hecho que, utilizando a la Mesa de Enlace como una excusa, quiso dar un mensaje muy claro al electorado provincial, especialmente al del interior.

Hacemos por Córdoba necesita un plus de potencia de cara a noviembre, esto es evidente. El binomio Alejandra Vigo – Natalia de la Sota hizo una buena elección en las PASO, pero el objetivo de resultar las más votadas quedó relativamente lejos tras la inesperada performance de Luis Juez y Rodrigo de Loredo. Además, no debe soslayarse que la participación electoral fue baja y que es altamente posible que muchos de los que se quedaron en sus casas el 12 de septiembre cambien de opinión y que efectivamente concurran a las urnas en la próximo turno. Es mejor que tengan en claro el panorama cuando decidan su voto.

El belicismo de Schiaretti también tiene que ver con las características de quienes, con toda seguridad, se impondrán en las legislativas. Con Mario Negri fuera de la cancha, es de esperar que Juez intente monopolizar el arraigado sentimiento antikirchnerista provincial redoblando sus clásicas apuestas vocingleras. Si esto sucede -y nada hace suponer lo contrario- existe el riesgo de que la innegable estirpe opositora del Panal quede ocluida por el lenguaraz candidato de Juntos por Córdoba.

Sería inadmisible que ellas quedaran como tibias simplemente porque Juez sabe gritar mejor y matizar con groserías sus perogrulladas en contra de Alberto y Cristina, especialmente cuando el gobierno provincial no ha dejado de diferenciarse toda vez que fue posible de la Casa Rosada. El rol de Schiaretti, en este punto, es irreemplazable. Es él, y no otro, quien corre con los riesgos de eventuales represalias K en contra de su gestión, como en su momento le sucedió a José Manuel de la Sota. A diferencia de los que podría ocurrirles a Juez o a Lilita Carrió, por ejemplo, las secuelas de sus críticas podrían impactar en las finanzas provinciales y, al mediano plazo, sobre su propia capacidad de maniobra. Diciendo las cosas que ha dicho, Schiaretti hace saber que coloca a la causa del campo por sobre sus propios intereses y que está listo para afrontar las consecuencias que esto pudiera traer.

Tampoco debe dejarse de lado la sorda pulseada que Hacemos por Córdoba mantiene con el Frente de Todos. Para la coalición oficialista, es indispensable que Carlos Caserio y Martín Gill sean derrotados en toda la regla en noviembre. Descartado que sea que puedan mejorar el porcentaje obtenido, la apuesta consiste en vaciarlos de los votos peronistas que los hubieran acompañado en las primarias, enfatizando que, en el distrito, no hay futuro para nada que tenga un tufillo kichnerista. Esta es una tarea que, de tener éxito, podría deparar a la causa del gobernador dos o tres puntos muy valiosos drenados de sus antiguos compañeros de ruta.

No es de extrañar que, en las próximas semanas, continúe esta saga de diferenciaciones, fatigando los diferentes sectores que se muestran hostiles a la Nación. En todos el gobernador matizará sus críticas con datos concretos, destacando las particularidades cordobesas y poniendo el dedo en la llaga sobre la transferencia financieras interjurisdiccionales. En forma inversa, será inevitable que el presidente tome nota de estas andaduras dialécticas y que imagine alguna que otra represalia en contra del cordobés. No obstante, sería harto difícil que pudiera ejecutar alguna: son tantos los frentes en los que debe combatir simultáneamente que sumar otro solo le depararía más angustias y menos sufragios. Alberto, que hace tiempo ya ha dado por perdida a Córdoba, deberá aceptar que “el gringo” le es también desafecto y que no hay mucho que pueda hacer al respecto.