Para los K todo es épica; para Córdoba, un sainete

Por Gabriel Osman

Trece años atrás el país tremaba con la discusión de la 125, una resolución que caía en el Senado de la Nación tras el tembloroso y confuso “no positivo” del más Cleto que Julio Cobos, un sistema de retenciones móviles con el que el primer gobierno de Cristina Kirchner intentaba responder a la presión el sector agroexportador a la cuasi expropiación (35%).

Tal vez en un futuro no lejano, los historiadores deberán esforzarse para encontrar una explicación a aquel descomunal batifondo que trasmitía la sensación de que el país se encontraba al borde del abismo. La desproporción que existió entre la percepción kirchnerista de una catástrofe al caer aquella resolución administrativa -eso fue la 125, no una ley- y sus ulterioridades es un jeroglífico. El campo siguió siendo esquilmado y el gobierno continuó sufragando su política de reparto -en gran medida- con esas exacciones.

Cristina de Kirchner amagó con renunciar y hasta debió mediar una llamada telefónica del jefe de gabinete con Lula para que la convenciera de que no debía consumar tamaña decisión. No se puede saber si bajó su amenaza por el poder persuasivo del ex presidente brasileño o por la simple dinámica de los acontecimientos posteriores que indicaron que no había pasado casi nada. El que no quedó muy convencido fue el propio mensajero, Alberto Fernández, que días más tarde renunció percibiendo, equívoca y tempranamente, el fin de un ciclo que se prolongó muchos años. Tenía, al menos entonces, el instinto de algunos roedores cuando el barco va a naufragar.

El kirchnerismo siempre quiso una épica que, a modo de sucedáneo, reemplazó por un relato adulterado de la historia y de su propia gestión en el poder. Gestión que, desnuda, es poco menos que cleptocracia y transformación de la clase media en proletaria y trabajadores en lúmpenes con planes sociales. Exactamente al revés del primer peronismo que promovió un ascenso social de la clase trabajadora.

Ahora, con la derrota en las PASO, vuelven los temblores y la sobreactuación al palacio. No a la sociedad que observa con indiferencia las peleas entre Alberto y el séquito de Cristina. O directamente no observa. Como los que esperaron el pasado fin de semana con impaciencia que los temblores pasearan rápido para poder ir con la cabeza despejada el domingo a la cancha, como afirmaba un dirigente político fanático de Boca.

¿Cuántas elecciones legislativas ha perdido el kirchnerismo en el poder y se ha repuesto? Las de 2009 y 2013. Para el primer caso, arrasó en las presidenciales de dos años después; la segunda preanunció su derrota ajustada en 2015 pero volvió a la Casa Rosada en 2019. Ya lleva casi dos décadas en el poder con el breve paréntesis de la administración Macri. Claro, el contexto es cada vez más complejo. Los Rodríguez Sáa perdieron las PASO de 2017 por paliza y dos meses después ganaron las generales: repartieron a mansalva planes sociales y electrodomésticos. Es distinta la escala, la caja también. La calidad institucional sí es muy parecida.

El presidente es de una inteligencia natural básica. Esto lo saben todos los argentinos y lo sufre en primera persona la vicepresidente, que se lo recordó en la carta que le envío, de interpretación casi literal.  Alberto ni siquiera leyó el guión y el reparto de roles entre sus personajes cuando, a mediados de mayo de 2019, en Puerto Madero, pergeñó este engendro de fórmula: Cristina le pidió que aprovechara sus buenas relaciones con el establishment periodístico y empresario, cerrara el acuerdo con el FMI y la sacara de las brasas en Comodoro Py, mientras ella, para cuidar su capital electoral y su relato, le reprochara escénicamente desde el flanco izquierdo.

Creen y tal vez puedan llegar hasta 2023. Eso sí, después el abismo. Aunque Cristina crea en su ideología (!) y se imagine larga vida al kirchnerismo. Desde Córdoba, la percepción electoral fue notoria y diametralmente opuesta: 90% del electorado así lo expresó. “A largo plazo estamos todos muertos”, decía muy keynesianamente Raúl Prébisch. (A corto plazo, en el caso que nos ocupa). El propio gobernador Schiaretti dijo lo suyo gestualmente: silencio absoluto mirando los acontecimientos desde el palco. Probablemente para él el sainete también sea un disfraz para ocultar tanta torpeza.