Otra minoría que deberían defender

Los varados siguen sin novedades pese a que llevan meses fuera del país. En medio de los cambios de gabinete, no hay mayores indicios de que su situación esté pronta a cambiar.

Por Javier Boher
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Ayer, a raíz de un tuit de un periodista sobre el precio de la yerba, en una radio de Córdoba se pusieron a comparar los precios de la comida en Argentina respecto a la comida en el exterior, puntualmente en Estados Unidos. No hubo mayores sorpresas frente a lo que dicta el sentido común.

Los valores, lógicamente, demostraban lo deteriorado de la economía doméstica, con precios mucho más bajos que en el extranjero. El correlato de eso es, por supuesto, lo vapuleados que están los ingresos de los trabajadores argentinos, cuyos sueldos no sirven para consumir prácticamente nada a los valores que consumen nuestros primos del norte.

Esta reflexión de apertura no obedece, sin embargo, a un análisis económico. Sabrán desarrollar mejor esas cuestiones los economistas o los especialistas en esos temas. El dato de que los mismos productos cuestan dos o tres veces más que acá, en realidad, tiene que ver con un drama que todavía afecta a una cantidad no muy clara de argentinos, los denominados “varados”.

El año pasado, durante meses, el país permaneció cerrado. Con vuelos contados y un intercambio muy limitado con el exterior, las fronteras eran casi impermeables a los flujos globales de personas. Lo que era algo más o menos compartido con el resto del mundo se convirtió, progresivamente, en una exclusividad.

El cierre de fronteras que el gobierno decretó para frenar el ingreso de la variante Delta (que igualmente ya circula en el país) ha dejado a un número indeterminado de argentinos sin poder volver al país. Estas personas, lógicamente, han encontrado muchísimos obstáculos para subsistir a lo largo de estos meses.

La lógica discursiva con la que el gobierno encaró el tema fue la misma que usó para tantas otras cosas. Su estrategia, intelectualmente pobre, fue señalar los que viajaron al exterior como los ricos que se pueden dar un gusto, que querían ir a tomar sol en nuestros meses de invierno o justificaciones similares. Para ellos no existe que la gente pueda haber salido por trabajo o incluso por diversión, o porque tenían un pasaje comprado antes de la pandemia que si no se usa se cae.

En sus puestos de burócratas de clase alta perdieron de vista que alguien pueda ahorrar durante años para irse de viaje, con las monedas contadas para los días que permanezca afuera o dispuesta a consumir y financiar el saldo de una tarjeta de crédito extenuada por el tipo de cambio que ahoga al trabajador que quiere disponer legítimamente del fruto de su esfuerzo.

El gobierno, como ante tantas otras cosas, sigue dándole la espalda a los argentinos que están en el exterior. No se sensibiliza con las personas con afecciones crónicas que no pueden acceder a su medicación o sus tratamientos ni con los que viven en situación de calle y gracias a la caridad de los locales. No piensa en los que perdieron sus trabajos por irse de vacaciones quince días, que se hicieron tres meses porque algún iluminado que sigue haciendo home office decidió que había que cerrar el grifo de dólares que se van afuera por turismo.

La inmoralidad de dejar a tantos compatriotas en esas condiciones, como ciudadanos de segunda en su nación y en el estado en el que quedaron tirados, es una de las cosas que algunas personas facturaron en las PASO. Mientras el presidente sigue diciendo que quiere entender a la gente que no los votó, quizás debería parar la oreja para escuchar a esta gente.

Son una minoría, pero una tan argentina como las otras que les encanta defender.