Ilusión bajo fuego

A diferencia del que registró el festival de 1969, el documental “Woodstock 99: Peace, Love, and Rage”, estrenado en julio por HBO, es impiadoso en su relevamiento de las causas por las que una concentración motivada por razones artísticas propició que el público sacara lo peor de sí.

Por J.C. Maraddón

Que los hombres busquen vivir en paz puede sonar a perogrullada, pero en un mundo que había atravesado dos guerras mundiales con millones de víctimas ese anhelo era una utopía digna de que se la considerase como objetivo. No es extraño entonces que los nacidos en la década del cuarenta hayan militado en su juventud en los movimientos antibelicistas, a los que el conflicto en Vietnam transformó en multitudinarios. A partir de la segunda mitad de la década del sesenta, esas voces se multiplicaron gracias a que los ídolos musicales hicieron suyo ese mensaje y lo trasladaron a sus canciones más conocidas.

La prédica de John Lennon durante ese periodo no deja de ser representativa de un sentimiento que unía a chicas y muchachos de todo el planeta, convencidos de que el amor y la paz era lo único por lo que valía la pena luchar. Así, con semejantes voceros al frente de su causa, esta camada se planteó como posibilidad un cambio profundo que derribara las viejas estructuras y que instaurase una mentalidad distinta, que pusiera la solidaridad y el respeto al prójimo por encima de cualquier otro interés y que desterrase para siempre esa costumbre de las naciones de resolver sus diferendos por la fuerza.

La edición inicial del festival de Woodstock, que tuvo lugar en Estados Unidos en agosto de 1969, es recordada como el momento culminante de esa cultura hippie que reunió allí a cientos de miles de personas dispuestas a convivir durante “tres días de paz y música”, según rezaba el eslogan de la convocatoria. Y aunque el caos organizativo llevó al evento al borde del desastre, la romantización de ese encuentro propiciada por la película documental que registró los acontecimientos lo erigió en un símbolo de confraternidad juvenil, cuyo recuerdo evoca una edad dorada.

Lo cierto es que muchos esos jóvenes de Woodstock crecieron y fueron desentendiéndose de aquellos ideales, en tanto el mundo que soñaban devenía en una pesadilla intolerable, que se debatía entre los coletazos de la Guerra Fría y el inicio de una etapa devastadora del capitalismo. Los aprestos bélicos jamás se detuvieron y, peor aún, se fabricaron armamentos cada vez más sofisticados, que en manos de gobernantes inescrupulosos pusieron en jaque a la población civil. Lejos de alcanzar la armonía con la naturaleza que se promovía en los sesenta, el cambio climático amenaza con extinguir las especies que todavía logramos sobrevivir.

Treinta años después, la edición 1999 de Woodstock, que compartía con la primera algunos de los organizadores, tradujo en episodios salvajes toda esa decepción. La violencia desatada entre el público, que ciertos artistas alentaron desde el escenario, produjo un muerto, decenas de heridos y graves pérdidas materiales, además de saqueos, abusos y violaciones por doquier. De este modo, se ubicó en las antípodas de las ilusiones que animaban a quienes asistieron a las veladas de finales de los sesenta. Y provocó un quiebre en la producción de estos festivales multitudinarios, que a partir de allí perdieron su componente contracultural y pasaron a ser algo así como parques temáticos.

A diferencia del que registró la cita rockera de 1969, el documental “Woodstock 99: Peace, Love, and Rage”, estrenado en julio por HBO, resulta impiadoso en su relevamiento de las causas por las que una concentración motivada por razones artísticas propició que el público sacara lo peor de sí y que el predio fuera tomando las características de un infierno sobre la Tierra. En las llamas de los incendios que la gente encendió con carpas, vallas y todo lo que encontraba a su alcance, ardió también la antigua esperanza de una hermandad universal.