Entrar a Córdoba camino hacia el Oeste (Tercera parte)

Las crónicas donde podemos apreciar el recorrido por el camino de postas desaparecerían a comienzos de la década de 1870, cuando el ferrocarril, en desmedro del traslado en carruajes o a caballo, llegó hasta la ciudad de Córdoba.

Por Víctor Ramés
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Acuarela del artista uruguayo Enrique Castells Capurro.

Cita a cita, vamos recorriendo los últimos años en que las postas veían circular a jinetes y otros viajeros mediante tracción a sangre, para cubrir el trayecto hasta la ciudad de Córdoba. La llegada del ferrocarril marcaría la progresiva decadencia de esa ruta, ya que muchas de las postas fueron languideciendo a medida que prosperaban las estaciones de trenes, que no precisaban estar tan cerca unas de otras, donde los pasajeros se detenían por un rato, o bien descendían en esos pueblos de la llanura. El tren que venía desde Rosario, cuya primera estación era la de Fraile Muerto, inauguró su tramo hasta la ciudad de Córdoba en el año 1870.

Entretanto, el testimonio del norteamericano Samuel Greene Arnold, quien pasó hacia el oeste por la posta de Cruz Alta, en 1847, nos permite retomar el relato:
“…Entramos en la gran provincia de Córdoba en busca de la primera posta, Cruz Alta, a 4 leguas, adonde llegamos a las 9. Es un pueblo con cerco de grandes cactos, como en Esquina, que oculta en su interior ranchos y sirve de defensa contra los indios. Aquí escribí casi 1 ½ página del Diario dentro del coche porque no había anoche comodidades para hacerlo.”
Y agrega luego el siguiente cuadro tomado del natural, donde él mismo se incluye:
“Nuestros peones pasaron el tiempo bebiendo y arrojando tejos a una marca señalada en el piso. La hija del administrador de correos era la joven más bonita que hasta ahora he visto. Pasamos el tiempo mirándola y comiendo sandías. Cuando conseguimos los caballos, nos servimos de ellos.”

En 1848 entró a Córdoba por la posta Robert Elwes, un dibujante y viajero por aventura que iba en dirección a Chile, de donde seguiría viaje rumbo a China, la India, el Mar Rojo, el Sahara, Alejandría, y otros lugares.
“Las casas de posta están fortificadas por altos muros de cactus y un pequeño foso, defensa suficiente para un enemigo que a pie nada puede hacer para salvar esa barrera. El cactus tiene una flor amarilla, que llega a crecer cerca de cinco metros de altura. La puerta tras ese cerco era angosta y cinco o seis hombres armados con mosquetes podían oponer una buena defensa contra una partida de indios. (…) En Cruz Alta, una villa cercada de cactus, encontramos a la gente preparando mate y tomamos algunos con ellos. Los caballos habían sido ensillados y cargados cuando comenzó a llover tan fuerte que no pudimos partir y debimos permanecer en la casa de postas hasta que parase. No pudimos hacerlo hasta las 4 p.m., y a esa altura el camino estaba muy malo y resbaloso. El tiempo calculado es de cuatro leguas por hora; pero no creo que aquí las leguas tengan tres millas…”.

En 1849 Friedrich Gerstäcker, un alemán autor de varias novelas de aventuras, anotó unas líneas sobre Cruz Alta. En una de sus páginas de no ficción, refirió su cabalgata por las pampas cordobesas.
“24 de junio: Hicimos alto en una ciudad pequeña, Cruz Alta. No es una ciudad en el sentido europeo de la palabra, sino un agrupamiento de casuchas de barro que parecen que una lluvia fuerte las fuera a desintegrar. En cuanto a los habitantes, no sé bien cómo retratarlos, sin dar crédito a la buena opinión que tienen de sí mismos, y a la vez sin adularlos. Los jóvenes, casi en su totalidad, son vigorosos, y tienen figuras interesantes con las vestimentas pintorescas del país -aunque muchos usan esos abominables sombreros europeos de seda negra, con sus ponchos y chiripás- que les dan gracia y relieve. En cambio, no puedo decir mucho en favor del bello sexo.”

El marino norteamericano Archibald MacRae, miembro de una expedición astronómica naval en Chile, vino desde la Cordillera, atravesó Córdoba y se despidió de esta provincia en Cruz Alta, en 1850.
“Cruz Alta es un pequeño asentamiento de una veintena de chozas, con jardines a su alrededor. Allí, como en otros lugares de la ruta, fuimos abordados por personas deseosas de cambiar el dinero de Córdoba, que no es corriente en ninguna de las otras provincias. Nos detuvimos aquí para cenar y descansar, ya que el francés estaba cansado y había recorrido la última posta sujetándose firmemente a la grupa y a la montura para amortiguar los golpes.”

El diplomático inglés L. Hugh De Bonelli, que bajaba desde Bolivia, tomó el camino que se unía al del Oeste y salió también por Cruz Alta, en 1850.
“La posta y el pueblo de La Cruz Alta, al que seguidamente llegamos, se hallaban dentro del recinto delimitado por sus muros. Mientras relevaban los animales uniéndolos a nuestro carruaje, la gente se acercó para ofrecernos a la venta dos pequeñas tortugas terrestres, las cuales fueron horneadas y resultaron excelentes. También nos trajeron un poco de leche que, con la tarifa mencionada, hizo una mezcla extraña, digna de un Londres exquisito. Pero ‘la guerra es la guerra’ y, bajo las circunstancias, el personal y yo lo consideramos una comida deliciosa.”

George Augustus Peabody atravesó el pueblo en 1858, rumbo a Chile. Se trataba de un viajero rico y despreocupado, cuya mayor afición era la caza. La siguiente es su anotación sobre la posta:
“Llegamos a Cruz Alta a las 3.25 P. M. Encontramos un conjunto de casas, tal vez 20, cerca unas de otras y protegidas por cercos; el conjunto formaba un círculo irregular de unas 100 yardas de diámetro. Un pequeño espacio abierto o plaza, alrededor del cual estaban las de las casas, y en el centro, una tosca cruz de madera clavada en el aro de una rueda: También vimos varias cruces a las afueras del pueblo.”

El último viajero en cuyo testimonio haremos alto es Thomas Joseph Hutchinson, un irlandés barbado y sesentón, quien volvía de Tucumán en 1862 y dio un escueto vistazo a la posta de Cruz Alta, donde evocó el fusilamiento de Liniers y otros desdichados. Dice Hutchinson:
“El pueblo de Cruz Alta, que tiene en el centro de su pequeña plaza la ruda cruz fijada a una rueda de carreta, que había estado durante muchos años puesta sobre la tumba de estos pobres compañeros, se encuentra a unas ocho leguas del lugar de la tragedia.”