Juez, vestido de seda, el más peronista de todos

Una versión moderada de Juez obligaría a recalcular a muchos. Desde macristas y radicales, espantados con el candidato que los representará, hasta los estrategas del gobernador, expectantes de que su verdadera personalidad se escabulla desde el corsé mediante el que se la intentase contener. ¿Qué ocurrirá cuando los pingos ganen nuevamente la cancha?

Por Pablo Esteban Dávila

Cualquier político recuerda la frase de Juan Domingo Perón sobre que “peronistas somos todos”. Lo que en su momento fue una picardía del general ante un periodista en su residencia madrileña de Puerta de Hierro se ha transformado, con el paso del tiempo, en una verdad incontrastable. O, al menos, eso parece.

Martín Llaryora se encargó ayer de recordarla. “Hoy en Córdoba hay tres peronismos” -sostuvo en declaraciones radiales. “El nuestro (…), el kirchnerismo y el de Luis Juez. Lo que la gente tiene para elegir es qué modelo de peronismo quiere”, recordando que, cuando comenzó a militar en política, “Juez era el presidente de la Juventud Peronista”.

Es una afirmación sardónica pero que, sin embargo, es nominalmente correcta. Carlos Caserio, Luis Juez y Alejandra Vigo, ya candidatos a senadores por el Frente de Todos, Juntos por Córdoba y Hacemos por Córdoba, respectivamente, son todos peronistas. Ninguno de ellos, mucho menos Juez, ha renegado públicamente de tal condición. Antes bien, interrogados que fueren sobre su actual militancia en diferentes espacios, dirán que son ellos y no los demás quienes representan los auténticos ideales justicialistas en la coyuntura.

Es una manifestación de la habilidad de colonización política de la que gozan, en general, los peronistas. Hay muchos ejemplos de ello, especialmente en el PRO. En forma inversa, es difícil encontrar radicales, por ejemplo, que se sientan cómodos en las filas de su tradicional adversario. El caso de Gustavo Santos o de Leopoldo Moreau son excepciones que confirman la regla. Y, a diferencia de lo que ocurre en el justicialismo -un movimiento dotado de un particular sentido de la memoria- los que se van nunca son bienvenidos de regreso.

De cualquier manera, el estilete del intendente capitalino va más allá de un simple examen sobre el linaje de los principales contendientes. Es, en realidad, el esbozo de lo que será la campaña del oficialismo provincial para engrosar la base de sustentación que ellas (Vigo y Natalia de la Sota) supieron conseguir el pasado domingo.

Ya se sostuvo desde esta columna en más de una ocasión. Juan Schiaretti prefería la candidatura de Juez por sobre la de Mario Negri. Las razones pueden sintetizarse en dos: la primera, que muchos simpatizantes del PRO (y también de la UCR) se sientan completamente ajenos a los modales y antecedentes del exembajador en Ecuador; la segunda, que es un dirigente proclive a caer en errores no forzados y de considerable magnitud en medio de una campaña. Es una conjunción que se imagina consistente para los intereses del Centro Cívico.

No es una especulación vana. Juez ha demostrado en incontables ocasiones que es capaz de dispararse a los pies (y hacerlo sobre sus aliados) con absoluta ligereza. Su verborragia, a menudo grosera y ofensiva, ha logrado alejar a gentes que, de buena fe, lo hubieran apoyado de haber mediado un talante más civilizado. Si el gobernador o sus candidatas saben espolearlo o, con mayor propiedad, atizar a los moderados recordando los tradicionales excesos del ahora candidato, tal vez logren llevar más agua al molino de HpC.

Existe, no obstante, un riesgo para tal estrategia: que Juez haya cambiado. No en su esencia (esto es harto improbable) sino en su entendimiento de lo que está en juego. Por primera vez desde 2007 tiene una chance cierta de volver a disputar la gobernación de Córdoba, a condición de que haga una elección memorable el 14 de noviembre. No son oportunidades para dejarlas pasar por la simple obcecación en insistir sobre mañas discutibles.

Este cambio no es una simple conjetura. Durante la breve campaña que antecedió a las PASO fue posible advertir a un candidato diferente, que habló lo justo y lo necesario. Sorprendentemente no metió la pata, al punto tal que el siempre filoso Negri no tuvo la chance de mortificarlo con alguna de sus filípicas. Incluso las consignas utilizadas en redes y en sus piezas publicitarias (un Juez para Cristina y La versión más fuerte de Cambiemos) resultaron un auténtico hallazgo. Tanto él como Rodrigo de Loredo supieron posicionarse como los más duros frente al kirchnerismo dentro de un espacio en el que todos lo aborrecen por igual. Esta línea de comunicación tuvo la virtud de dejar offside a sus oponentes internos.

Una versión moderada de Juez obligaría a recalcular a muchos. Desde macristas y radicales, espantados con quien los representará, hasta los estrategas del gobernador, expectantes de que su verdadera personalidad se escabulla desde el corsé mediante el que se la intentase contener. ¿Qué ocurrirá cuando los pingos ganen nuevamente la cancha?

Existe una posibilidad cierta de que nada suceda, es decir, de que Juez prorrogue su reciente profesionalismo a la campaña legislativa. Esta alternativa milagrera tendría un demiurgo, esto es, el propio de Loredo. Este dirigente combina en dosis interesantes ambición, formación y renovación. Juega fuerte, pero solo cuando tiene alguna certeza de que, con inteligencia y constancia, la suerte puede estar de su lado. No es de extrañar que el método que ha seguido Juez le haya sido dictado por su compañero radical. De ser así, la influencia de este no hará más que incrementarse.

Llaryora, por lo tanto, tiene razón: habrá que elegir entre peronistas, al menos para el Senado. Pero esto, más allá de la curiosidad que despierte, encierra la perspectiva una lucha sin cuartel. Y, de entre los tres en disputa, ahora es el hombre de JpC quien se encuentra en condiciones de demostrar que, con tal de llegar a la cima, hasta es capaz de vestirse de seda con total naturalidad y a despecho de su pasado, como lo haría un verdadero discípulo del general. Porque peronistas, en definitiva, somos todos.