Entrar a Córdoba camino hacia el Oeste (Segunda parte)

Prosiguen las crónicas reunidas sobre el paso de viajeros, a través de los años, por el pueblo de Cruz Alta, en la frontera entre Córdoba y Santa Fe. Los testimonios que siguen corresponden al siglo XIX.

Por Víctor Ramés
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Ranchos y gauchos en un grabado del siglo XIX.

Ya con los pies en el nuevo siglo, es de 1806 la siguiente cita referida a la posta, provista por el oficial británico Alexander Gillespie, al ser conducido prisionero junto a compañeros de armas hacia Córdoba, tras la reconquista de Buenos Aires. Escribió Gillespie en su libro Gleanings and remarks collected during many months of residence at Buenos Ayres and within the upper country, etc.:
“Hasta ese momento nos habíamos movido de Cruz Alta, cerca de la orilla del río Tercero. El 22 (de abril) nos quedamos cerca de una pequeña capilla dedicada a la Santísima Trinidad, con un coadjutor y asistente, a una milla de ese río, que ahora corre a Oeste y Este.”

Cuatro años más tarde, la Revolución de mayo le costaría la vida a Santiago de Liniers, héroe de la reconquista, luego contrarrevolucionario, fusilado el 26 de julio de 1810 a pocas leguas de Cruz Alta, donde fue enterrado. Esa tragedia marcó para siempre el lugar.

En 1817, Samuel Haigh, contable inglés yendo por el sur cordobés con rumbo a Chile, anotaba en su diario:
“A lo largo del camino desde Arroyo del Medio hasta la Esquina de Ballesteros, las postas son muy miserables. Es la zona en disputa entre los indios salvajes de la pampa y los gauchos. Por ello, las postas de Cabeza de Tigre, Cruz Alta, Saladillo, Fraile Muerto, están todas fortificadas para resistir los ataques sanguinarios de los indios.
El tipo de fortificación es singular. Los cactus que crecen a una altura próxima a los diez metros son plantados muy cerca uno de otro en disposición circular dentro de la cual queda protegido el caserío. A veces cavan zanjas en torno a esta defensa. Ya que los indios solo están armados de arcos y flechas y largas lanzas, no pueden superar este obstáculo. Los gauchos suelen tener mosquetes y pueden disparar a través de estos fuertes vegetales sin exponerse, ya que es imposible que los atraviesen caballos u hombres.”

Otro hombre de negocios y viajero, también inglés, Alexander Caldcleugh, hace su anotación el 3 de marzo de 1821, al entrar a Córdoba en su viaje rumbo a Chile, acompañado del guía criollo Sebastián Chiclana:
“El suelo es bastante parecido hasta el Saladillo, pequeña corriente salada de la Cruz Alta, donde la sal se extendía en estado de eflorescencia sobre la superficie. La posta es una más de las chozas de los alrededores. Llegamos a la Cruz Alta, lugar donde fue enterrado el virrey Liniers tras su ejecución en la Cabeza del Tigre, en una tumba que prácticamente se desconoce en el cementerio que rodea a una capillita, la primera que había visto desde que dejamos Luján, cerca de Buenos Aires. Había leña de gran tamaño y unos cercos de cactus de crecimiento exuberante que abundan aquí.”

No solo los pueblos indígenas planteaban enfrentamientos. Ese mismo 1821, el 2 de agosto, el teniente inglés Edward Hibbert llegó a Cruz Alta con caballos exhaustos, rumbo a Buenos Aires. En su libro Narrative of a Journey from Santiago de Chile to Buenos Ayres in July and August, 1821, anota (con errores, ya que Bustos era cordobés) un suceso muy reciente en esa población: la batalla en que el general Bustos venció a Ramírez y Carreras, el 16 de junio de ese año. Hibbert augura un futuro venturoso al breve rancherío.
Condujimos rápidamente a través de la llanura, arando el polvo y pasando varias postas bastante decentes, hasta el mediodía, en que nos detuvimos en el pequeño pueblo de Cruz Alta. Consistía en cinco o seis ranchos, despojados hasta las murallas por los Montoneros, ya que fue últimamente campo de batalla entre un general bonaerense y el gobernador de Entre Ríos. Era un escenario épico para los gauchos que me acompañaban, quienes mostraron gran entusiasmo al hablar sobre la batalla. Por su situación a orillas del río Tercero, que volvíamos a encontrar, Cruz Alta está sin duda destinada en el futuro a convertirse en una ciudad importante.”

Una comitiva enviada por la Santa Sede pasó por Cruz Alta en 1823. En ella viajaba el futuro papa Pío IX, entonces canónigo Giovanni Maria Mastai-Ferretti. Lo refiere en su Storia delle missioni apostoliche dello stato del Chile otro integrante del grupo, Giuseppe Sallusti:
“De la Esquina de la Guardia se va a la Cruz Alta, que es una posta con más casas, en las cuales se halla bastante comodidad. El terreno se vuelve gredoso y no mejora hasta la próxima posta, llamada Cabeza del Tigre, debido a un tigre que fue muerto y cuya cabeza permaneció colgada por largo tiempo. (…) Es una buena posta, para cuya defensa hay un cañón pequeño que se gira hacia todos los ángulos. Aquí comienza a costearse el río Tercero, que es bastante grande. Las orillas de este río son arcillosas.”

A cargo de la siguiente cita, en 1827, se encuentra el teniente Charles Brand, un marino inglés que al año siguiente publicó sus anotaciones en el libro Diario de un viaje a Perú.
“Luego de veinticuatro leguas de camino llegamos a la villa La Cruz Alta, que separa a la provincia de Santa Fe de la de Córdoba. Esta villa consiste en diez o doce ranchos de barro totalmente cercados, y algunos rodeados con paredes de barro, como defensa contra los indios; de hecho, la mayoría de las postas en las provincias de Santa Fe y Córdoba están protegidas con paredones de barro o cercos, por lo expuestos que se hallan a los ataques de los salvajes del sur.”

En la década siguiente contamos con el pasaje correspondiente en la crónica del horticultor, jardinero y botánico escocés James Tweedie, que entró a Córdoba desde Santa Fe en busca de coleccionar plantas y semillas de la flora autóctona. A su paso vio signos de aflicción.
“Cerca de Cruz Alta observamos la ruinas humeantes de unos ranchos que los indios habían quemado el día anterior, motivo por el cual desviamos la dirección más hacia el norte, para mantenernos fuera de su camino. Al cruzar el río Carcarañá, uno de los bueyes se soltó del eje, y el otro, al recibir sobre él la pesada carreta y la carga, se quebró un cuerno y parte del cráneo y el pobre murió ahogado.”