La mesura indica no velar a los que todavía respiran

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

La mesura suele ser una virtud poco celebrada en una tierra de raíz latina como la nuestra. Todo se vive con intensidad y con euforia. Así, las victorias y las derrotas pueden empujar a los protagonistas a imprudencias o actos irresponsables en sus expresiones.

Como las mayorías cambian permanentemente, la mejor forma de resguardar algo la honorabilidad es respetar la voluntad de las minorías cuando circunstancialmente tocó quedar del otro lado. Tal vez por eso, por confiarse de esas mayorías, fue que el Frente de Todos cometió numerosos errores que hoy, con el diario del lunes, son más visibles.

El primero, el que le toca a todos los partidos sin distinción, es el de generar un exceso de expectativas en los votantes. Así, si se prometió asado y buena vida, no hay excusa de la pandemia que haga que la gente se olvide de eso. Le pasa a todos: Alfonsín con la democracia curando todos los males o Macri diciendo que la inflación se baja rápido. Si no se pueden sostener las expectativas, la gente se cansa. Y pasa la factura.

Hace apenas dos años el Frente de Todos prometió futuro, pero no pudo darlo. En un mundo hiperconectado no pudo aislar a la Argentina de lo que pasa en el exterior, pero militantes y dirigentes sí se pudieron aislar de lo que pasaba en la calle. Enfrascados en sus micromundos de militancia, no pudieron ver que la realidad es más compleja que lo que te cuentan militantes que cobran seis cifras todos los meses por repetir versiones oficiales.

Aunque al principio parecía que la participación estaba en sus valores históricos, finalmente terminó tocando un piso particularmente bajo en la provincia de Córdoba (aunque no se puede comparar de manera lineal con otros tiempos, porque hoy hay más gente que no tiene la obligación de ir a votar).

Incluso con esta baja participación, y tomando cantidad de votos, la elección del kirchnerismo cordobés fue muy mala. Sacó apenas 3.000 votos más que hace cuatro años (para comparar elecciones sin tracción presidencial), pero en una elección en la que participaron 150.000 personas menos. Es decir que la gente que no votó (sobre votos emitidos, no sobre el total del padrón) representa casi el 75% de los votos que sacó ahora.

El desafío para el kirchnerismo es grande. Tiene dos meses para remontar una elección mala, pero con el agravante de que no tiene plata ni épica. Los años felices de su historia son lejanos y, cuando se les dio la posibilidad de volver por sus promesas de futuro próspero, defraudaron a sus votantes de mayor raíz popular. La remontada que tuvo Macri en 2019 no parece ser una posibilidad para Alberto, un presidente rechazado hasta por los que militan su espacio.

En ese contexto de desgaste presidencial a la mitad del mandato, la alternativa es renovar las expectativas con un cambio de rumbo. Pese a que la decisión de la ciudadanía apunta en esa dirección, los más intransigentes creen que deben abandonar la “moderación” de un presidente que tuvo al país encerrado en su casa por nueve meses. Quizás en esas nueve lunas se gestó este resultado, no como resultado de su supuesta tibieza.

El peronismo es un animal especial, capaz de cambiar su piel de imprevisto. La retórica menemista del ‘89, con el salariazo y la revolución productiva, desapareció cuando se necesitó pegar el volantazo. Aunque Alberto Fernández no tiene el carisma, la voluntad ni la estructura propia para hacerlo, la coalición oficialista sí puede hacerlo. Gobernadores, intendentes, Sergio Massa y Cristina Kirchner deberán ver si aceleran contra la pared o si se quitan el lastre ideológico para favorecer un resurgimiento electoral.

Al frente tendrán a un Juntos por el Cambio que también está en proceso de renovación, en donde algunas caras nuevas quieren disputar porciones mayores de participación. El riesgo para ellos es que se contagien de internitis radical y se empiecen a querer repartir cargos que todavía están agarrados por una mano tiesa de una persona sobre la que aún no hay certezas de que esté sin vida.

Las PASO fueron una sorpresa que el gobierno no esperaba. Fue la peor elección del peronismo unificado en la provincia de Buenos Aires, en una señal de que el cambio de era ha demolido las verdades sobre las que se asentaban nuestras previsiones electorales.

Para colmo de males, sin un horizonte de expectativas favorables, el kirchnerismo debe luchar contra la tendencia natural al conformismo por parte de la gente, que prefiere no llevarle la contra a la gente con la que interactúa. Así, aumenta la posibilidad de que esta diferencia se agrande de cara a los próximos dos meses.

La euforia de los boca de urna dio paso a la decepción en los búnkers oficialistas. En los de los opositores deberían contener parcialmente la emoción del escrutinio provisorio y concentrarse en los dos próximos meses y en los dos próximos años, eso si no quieren arriesgarse a volver a organizar un velorio al vicio para un kirchnerismo catatónico que ya alguna vez se les despertó en el cajón.