El último rufián melancólico

La semana pasada, la muerte Jean-Paul Belmondo, a los 88 años, desató un debate retrospectivo con respecto a la alteración que su figura representó para los cánones de la belleza masculina de su época, cuando encarnó a Michel en el largometraje “Sin aliento”.

J.C. Maraddón

La película “À bout de soufflé”, cuyo título en español fue establecido como “Sin aliento”, ofrecía un contenido y una forma revolucionarios para aquel mundo de 1960 que comenzaba a experimentar los primeros síntomas de ese cambio de paradigma que se iba a completar a lo largo de los siguientes diez años. Dirigido por Jean-Luc Godard, este filme es uno de los más representativos del movimiento conocido como nouvelle vage (nueva ola), que posicionó al cine francés en un escalafón superior del séptimo arte y consolidó una manera diferente de contar una historia dentro del formato audiovisual.

Por empezar, Godard posa su cámara sobre una mujer, encarnada por la actriz Jean Seberg, que tiene el pelo muy corto y se para con desenfado a vender diarios en la calle. Dista mucho ese personaje de lo que por entonces eran las heroínas cinematográficas, sobre todo las que habitaban la fantasía de las producciones de Hollywood. Esa Patricia que en la ficción es una estadounidense que vive en París, muestra un perfil de independencia y atrevimiento que anticipa lo que iba a suceder luego, cuando la píldora y el acceso a posiciones de poder alentaran el empoderamiento femenino.

Frente (o junto) a esa extraña dama, “Sin aliento” pone en escena a un protagonista masculino que hace honor a sus privilegios de género. Ese Michel se puede dar el lujo de ser “feo” y al mismo tiempo utilizar ese rasgo para cautivar a las chicas, que en aquel tiempo todavía se rendían ante una masculinidad manipuladora y altiva como la del delincuente que, en tanto escapa de la policía tras haber cometido un crimen, encuentra en su amante una cómplice que tal vez pueda ayudarlo a concretar la fuga hacia Roma, donde los dos podrían disfrutar sin ataduras de su romance.

Como ícono de ese hombre de paradójica belleza que ejercía como rufián melancólico capaz de seducir con sólo ponerse un cigarrillo en la boca, Jean-Paul Belmondo fue uno de los grandes hallazgos de Godard en este largometraje que sigue recibiendo elogios a más de sesenta años de su estreno. Porque, aunque luego Belmondo se destacó en papeles estelares como parte de comedias de aventuras y cine de acción, fue en “Sin aliento” que sacó chapa de galán internacional; de macho en una nueva era en la que los villanos también podían ser atractivos, incluso a pesar de ellos mismos.

La semana pasada, la muerte de este actor francés, a los 88 años, desató un debate retrospectivo con respecto a la alteración que su figura representó para los cánones de la belleza masculina de su época. Sin embargo, al profundizar un poco más en el análisis y al enfocarnos en lo que son los actuales parámetros, entendemos que aquel Michel de “Sin aliento” no era más que un exponente remozado de la supremacía varonil, al que el rostro de Belmondo, moldeado por su anterior desempeño como boxeador, le daba un gesto y una suficiencia fáciles de identificar para el público.

A su lado, Patricia representaba un prototipo de mujer moderna que, por contraste, parecía venir del futuro, de la misma manera en que se puede ver a Michel como huyendo del pasado. De hecho, el desenlace de la película emite su veredicto con respecto a ese antagonismo y evidencia que el truhan, pese a su labia y a su desvergüenza, está en franca desventaja. Este punto de vista subraya el disenso que planteaba la nueva ola con respecto al modelo estadounidense. Y eleva al Michel de Belmondo a la categoría de uno de los últimos recios legendarios del celuloide.