Un plebiscito que terminó de la peor manera para los Fernández

La victoria de JxC fue tanto más completa cuando se considera que la coalición fue capaz de desbordar geográficamente su área de confort, esto es, la franja central de la República Argentina. Desde el punto de vista de las latitudes y las longitudes, no hay dudas de que la oposición ha logrado presentarse como una alternativa posible en todo el país y que ya no puede hablarse, en propiedad, de sultanatos kirchneristas imposibles de ser penetrados.

Por Pablo Esteban Dávila

El presidente quiso plebiscitar su gestión en las PASO de ayer. Y le fue mal. Muy mal. El Frente de Todos perdió a nivel nacional contra su principal rival, la coalición de Juntos por el Cambio. Cerca de medianoche, el promedio a nivel país arrojaba diez puntos de diferencia a favor de la oposición. Si se computasen los sufragios de otras fuerzas críticas hacia la Casa Rosada (como la del peronismo cordobés de Juan Schiaretti) la diferencia sería incluso mayor.

En el tramo a diputados nacionales JxC se impuso en 16 provincias. En dos, Neuquén y Río Negro, triunfaron los oficialismos locales, de fluctuante relación con el poder federal. En lo que respecta al senado, el tradicional reducto de Cristina, la oposición se llevó el triunfo en 6 de las 8 provincias que renuevan bancas.

La provincia de Buenos Aires, definida como el principal campo de batalla por el kirchnerismo, resultó en un auténtico fiasco para los estrategas del presidente. JxC se impuso allí por cinco puntos, un logro notable considerando la dura derrota sufrida por el macrismo en 2019. Todas las fichas estaban apuntadas al voto duro del conurbano, aquel que el gobierno considera como intransferible. Para incrementar la frustración oficialista, todas las encuestas a boca de urna vaticinaban que Victoria Tolosa Paz se impondría en la pulseada en contra de Diego Santilli y Facundo Manes. Cuando el Ministerio del Interior liberó los datos reales, las sonrisas iniciales se trastocaron en mustias muecas de desasosiego.

La victoria de JxC fue tanto más completa cuando se considera que la coalición fue capaz de desbordar geográficamente su área de confort, esto es, la franja central de la República Argentina. Hubo triunfos notables en la Patagonia (Santa Cruz y Chubut) y en el Chaco, emblemáticos reductos kirchneristas. Desde el punto de vista de las latitudes y las longitudes, no hay dudas de que la oposición ha logrado presentarse como una alternativa posible y que ya no puede hablarse en propiedad de sultanatos imposibles de ser penetrados.

También es posible aventurar que, de persistir estas tendencias en el futuro inmediato, el Congreso sufrirá una mutación considerable. El quorum propio en el Senado, que le permitía a Cristina hacer y deshacer a placer en la Cámara Alta, está en riesgo, en tanto que los diputados leales a Fernández se agostarían a partir de diciembre próximo. Para el presidente le será cada vez más difícil intentar iniciativas inconsultas dentro del Poder Legislativo.

Estas elecciones mostraron, asimismo, el final del artificio político montado en torno a Alberto por parte de Cristina Kirchner en 2019. El presidente ya no seduce a los moderados (en rigor, hace tiempo que ha dejado de hacerlo) y sus habilidades como conductor jamás pudieran verificarse en los hechos concretos. El electorado ha penalizado el lamentable manejo de la pandemia, la crisis económica sin final y los escándalos derivados del Olivosgate y del vacunatorio VIP. Tampoco ha ayudado al sino del gobierno las continuas y desafortunadas declaraciones presidenciales y la sensación general de que quien gobierna es, en general, la vicepresidenta. Esto, particularmente, ha sido sentido como un fraude en regla de parte de quienes optaron por Fernández en la creencia de que este corregiría los desbordes del kirchnerismo tradicional.

Este fracaso obliga a las principales espadas del Frente de Todos a recalcular. Ni Cristina ni los más encumbrados referentes de La Cámpora creen que la caída pueda remontarse sin alterar dramáticamente los fundamentos del gobierno. El problema es que resortes cambiar. ¿Radicalizar el rumbo o ensayar un viraje hacia la moderación y la razonabilidad? Nadie lo sabe. Es el problema de un populismo que no sabe que hacer sin dinero para repartir. El país está quebrado, endeudado y sin crédito, y se encuentra empecinado en perseguir impositivamente a los mismos de siempre. Si a esto se le agrega la inflación, los sueños de un país asistido integralmente por un estado bondadoso que todo lo puede acaba de caerse en mil pedazos. Es un hecho que ni siquiera los piqueteros y todos los que viven en torno a esta economía de la extorsión contra el tesoro público sirven para ganar elecciones en el clima presente.

Esta semana será, por consiguiente, pródiga en noticias sobre como se reconfigurará el poder dentro del oficialismo. Tal vez haya cambios de gabinete, probablemente Cristina asuma mayores responsabilidades, pero es seguro que la figura de Alberto se verá menguada a niveles de insignificancia. El tránsito hasta noviembre será todo lo duro para él que pueda imaginarse. Lo que suceda después de las legislativas, y de verificarse resultados similares a los ya observados, será un auténtico camino del Gólgota para el primer mandatario, enfrentado ahora a los fantasmas más temidos.

¿Le queda alguna salida frente a este brete? Muy pocas, en realidad. Una de ellas es la reactivación económica. El rebote económico probablemente se consolide desde la tímida reacción del presente, por lo que los dos meses que restan hasta las verdaderas elecciones tal vez produzcan alguna que otra buena noticia. La remisión de la pandemia, por su parte, puede que aporte alguna cuota de optimismo gracias al avance de la campaña de vacunación que, con los tropiezos conocidos, continúa avanzando sin pausa.

Ayer se conoció, precisamente, que el número de contagios y de fallecidos por Covid-19 fue el más bajo desde julio del año pasado (930 y 46 respectivamente). Estos indicadores, de seguro, continuarán descendiendo. Probablemente hacia las legislativas el gobierno pueda proclamar el triunfo contra el coronavirus como un logro propio e intentar facturarlo para reclamar parte del caudal de votos que perdió ayer. Es un argumento lícito pero que, con las pruebas a la vista, puede que no convenza a los que se han revelado como remisos a continuar extendiendo un cheque en blanco al FdT.

La contracara de estos déficit es la abundancia de buenas perspectivas que enfrenta la dirigencia de JxC de cara al futuro inmediato. La clave es quién de sus integrantes se hará fuerte sobre la base de lo logrado. Una figura emergente es la de Horacio Rodríguez Larreta aunque, debe precisarse, el suyo será un liderazgo colectivo, compartido con otros dirigentes que ayer sacaron chapa en diferentes distritos. Un dato no menor es que también ha quedado en evidencia que Mauricio Macri ha dejado de ser el primus inter pares de la entente. El expresidente tuvo un pifio importante en Córdoba, su provincia adoptiva, y su rol en el resto de los distritos ha sido, cuanto menos, ambiguo.

Habrá que hacerse a la idea de que no surgirá entre la oposición un líder carismático que nuclee a su derredor a las diferentes expresiones de JxC en forma natural y no exenta de arduas negociaciones. Si, hacia 2023, le tocara a un referente de aquella expresión alzarse con la presidencia, estaríamos en frente de un liderazgo muy diferente a los anteriores, eventualmente basado en la concertación de diferentes partidos y cooperativo en lo referente de las elecciones por tomar. Pero esto, claro está, es futurología. Por lo pronto, habrá que esperar 60 días para conocer si estas especulaciones se consolidan o si, por el contrario, el kirchnerismo es capaz de reinventarse y lograr lo que, en estos momentos, parece una simple y llana quimera.