Entrar a Córdoba camino hacia el Oeste (Primera parte)

Una buena dotación de crónicas de viajeros da testimonio sobre Cruz Alta, primer pueblo cordobés en el límite con Santa Fe, durante los siglos XVIII y XIX. La referencia de ese lugar fue significativa hasta que se tendió la vía férrea, a fines de la década de 1860.

Por Víctor Ramés
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Cuadro del artista veneciano José Aguyari, “Guitarreada gauchesca” (aprox. 1877)

Cruz Alta era la puerta de entrada al Tucumán, en tanto límite occidental de dicho territorio, en la frontera con Santa Fe. A partir de creado el virreinato del Río de la Plata, fue el caserío austero, el paso obligado por la carrera de postas que llevaban hacia los Andes o hacia el Perú, al que el correr de los años y de los hombres le agregaron escenas trágicas y épicas, como el fusilamiento de Liniers y otros notables ocurrido en sus inmediaciones tres meses después de la Revolución de Mayo; o como la batalla decisiva entre el general Bustos y una alianza formada entre José Miguel Carreras y Estanislao López, en junio de 1821. La mirada micro descubrirá también, a través de las crónicas, escenas de la historia cotidiana. En este caso, a través de testimonios de varios cronistas que atravesaron su suelo y tuvieron algo que contar, en el período entre que la aldea cobró identidad referencial en la frontera, como posta, y su progresiva declinación en tal carácter, luego del tendido de la línea de ferrocarril entre Rosario y Fraile Muerto (Bell Ville), en 1866. El resultado es una sucesión de cuadros que testimonian la variedad de los pasajeros y la permanencia del lugar al correr de los años. No mucho más que eso.

Cruz Alta fue un nodo en la frontera del sur, en la que indios y cristianos tenían una vecindad mutuamente agresiva. Podía parecer que los hombres blancos no atacaban, sino que se defendían; pero, para empezar, ¿por qué estaban allí, tratando de arraigarse, si eran tierras pampas? Sin embargo, más allá de los derechos, y más acá de los hechos históricos, lo cierto es que se trataba de una vecindad interétnica mutuamente hostil, y que allí se cosechaban muertos.

Las referencias más antiguas a su nombre, no ya al lugar -que se pierde en la prehistoria-, se remontan a 1690, año en que fue fundada una estancia llamada Cruz Alta, donde se estableció la familia de su dueño, Jacinto Piñero. Se recogen ese y otros datos en el libro de Estela R. Barbero, Cruz Alta, tres siglos de historia. Treinta y seis años más tarde, según un documento citado por Aníbal Montes en Historia antigua de la ciudad de Río Cuarto (1953) refiere que autoridades españolas de la zona parlamentaron ante la fortaleza de los indios pampas “que estaba sobre el río de los Sauces, al pie de un cerro barranca”. Allí, relata Montes, los indios que eran poco más de un centenar acataron la orden de desalojar el lugar y se internaron “hacia los despoblados de la Cruz Alta”.

A mediados del siglo XVIII el paraje era reconocido y constituía una aglomeración de ranchos que se despoblaban y se repoblaban según variase la agresividad de las etnias pampas.

En el mes de agosto de 1749 pasó por Cruz Alta el fraile franciscano Pedro José de Parras, misionero aragonés que relató, en el Diario y derrotero de sus viajes 1749-1753, un momento sacro en aquel lugar.

El día siguiente que fue el 21, estuvimos al mediodía en la Cruz Alta, paraje antes muy poblado, y en que todavía se descubren muchos arruinados edificios, desamparados por las continuas invasiones de los indios. Cantamos un responso en lo que fue iglesia, y pasamos esta misma tarde a la estancia de Vergara, donde nos recibieron con mucho afecto.”

En 1767, el padre Juan Manuel Peramás, que iniciaba su Diario del Destierro (junto a toda la orden de Loyola asentada en Córdoba), cuenta su paso en una larga caravana de expulsados, unas cuarenta carretas que transportaban a más de doscientos pasajeros. Luego de escuchar misa en Fraile Muerto, pasaron por el Saladillo y “a medianoche salimos para la Cruz Alta, en cuyo camino por la tarde se levantó una voz que venían indios bravos. Los soldados se previnieron como pudieron; mas la voz se quedó en voz, y tales indios no parecieron. La Cruz Alta es un fuerte con algunas casas y los habitantes nos dijeron que los indios andaban cerca.” Los sacerdotes se detuvieron allí y por la mañana pudieron celebrar la misa y comulgar. Luego “por la siesta salimos de la Cruz Alta, y desde aquí dejamos el Río Tercero, que costeábamos antes… y fuimos a hacer noche a las islas. Llámanse Islas unos pedacitos de selvas en medio del camino que van cortando las Pampas.”

Desde 1776, año de la creación del Virreinato del Río de la Plata, uno de los ranchos de la aldea figuró oficialmente como casa de postas, por decisión del Visitador de Correos Alonso Carrió de La Vandera.

El geógrafo José Sourryere de Souillac expedicionó por la región en 1784 y tomó nota, en su Itinerario de Buenos Aires a Córdoba, de aquella posta. “De la Guardia de la Esquina a la posta del difunto Gutiérrez, hay 10 leguas: a las 3 leguas se llega a un pantano hoy transitable, (que llaman el Saladillo) e inmediatamente a un lugar que llaman la Cruz Alta; a las 7 leguas se hallan varios ranchos de estancias y chacras, que denominan la Cabeza del Tigre.”

Por su parte, la Descripción de los caminos, pueblos, lugares que hay desde la ciudad de Buenos Ayres a la de Mendoza, en el mismo Reyno, escrita por José Francisco de Amigorena en 1787, vale como testimonio y como crónica de un hombre local que revisaba el recorrido. Amigorena era comandante del fuerte de San Carlos, en Mendoza. En Cruz Alta señalaba la existencia de un “pedrero”, pequeño cañón o mortero muy usado en las fortalezas de tierra. También expresaba muy poca fe en el arraigo de sus pobladores, debido a la belicosidad de las etnias orginarias.

Otra legua larga más adelante entre el río y el Camino está el pueblo llamado de la Cruz Alta, compónese de 221 ranchos, entre los cuales hay dos con alguna defensa de tapia a modo de fuerte, y en uno de ellos un Pedrero que el día que lo disparen darán en tierra con los reparos (tal es su solidez). Hay también su ataona y Capilla; pero los vecinos que han quedado después de la última irrupción de los Bárbaros, se ven sin un animal, ni más auxilio que repasar el Río para asegurar la vida, por cuyo motivo nos persuadimos que de aquí a poco tiempo podrá verse este sitio despoblado.”