Las apuestas del peronismo en las mesas del domingo

Tras los cierres llegó, finalmente, la veda. Inhibidas las actividades proselitistas empieza un espacio de silencio para que cada quien decida su voto. El mismo espacio puede también emplearse para recordar cuáles fueron las apuestas de cada facción del peronismo al inicio de la campaña, medir qué resultado podrá cada una de ellas llamar éxito o fracaso, e hipotetizar sobre sus consecuencias.

Por Felipe Osman

Se acabaron las palabras. Terminó la danza de fintas, estocadas y contraataques y los competidores ya ganan el camino de los vestuarios con la esperanza -más o menos firme, según el caso- de haber impresionado a un jurado que también se recluye ahora para ajustar su veredicto.
En ese impasse, en el que las distintas fuerzas consumirán hasta el empacho mediciones y sondeos, y los indecisos se definirán (o no) por alguna de las ofertas, también queda un resquicio para recordar cuáles fueron, sobre el inicio de la campaña, las apuestas que a su turno hicieron Hacemos por Córdoba y el Frente de Todos, qué podría cada una de esas expresiones del peronismo llamar éxito o fracaso, y qué consecuencias podrían leerse en cada caso.
El oficialismo provincial empezó la campaña con una expectativa moderada. En off, los jerarcas del espacio admitían que el contexto no era favorable, que la polarización era una amenaza prácticamente infranqueable, y que tanto a la militancia como a los dirigentes territoriales del PJ les costaba identificar en el Frente de Todos a un adversario directo. Pero ese escenario inicial fue mutando.
Los constantes tropiezos de Alberto Fernández desnivelaron la cancha, y complicaron también en Córdoba una campaña que ya había arrancado con un contratiempo para los albertistas locales, que habían tenido que aislarse por un contacto estrecho.
La entrada en juego de Martín Gill pareció ser una bocanada de aire fresco para espabilar, pero no queda claro en qué medida la hiperactividad del villamariense en el interior haya bastado para contrarrestar un inicio accidentado.
En el Centro Cívico, en tanto, advirtieron esa debilidad al igual que la paridad de las principales listas de Juntos por el Cambio, coordinaron una campaña que mezcló desarrollo territorial con despliegue virtual, y salieron a buscar una “victoria nominal” frente a las ofertas opositoras. Consiguieron motivar a la tropa.
Ahora bien, ¿qué se juega cada espacio?
Hacemos por Córdoba, embanderada detrás de la figura del gobernador, reconoce que no habrá en noviembre una oportunidad igual. Que la chance de obtener un triunfo, aún nominal, que levante el piso desde el cual posicionarse en las generales está en las PASO.
Conseguir esa “victoria” implicaría prolongar la vigencia del cordobesismo como argumento político-electoral, y ayudaría a mantener encendida la llama de una eventual apuesta nacional de Schiaretti.
¿Qué sería un fracaso? Quedar terceros es una hipótesis que ni siquiera se baraja en el bunker de Hacemos por Córdoba. El segundo puesto sería aún leído como una derrota digna. El tercer lugar, en cambio, podría llegar a procesarse como un baldazo de agua fría.
Si se circunscribiera el análisis a la capital, puede decirse que el intendente espera un buen resultado y por eso activó con vehemencia a su tropa en el último tramo de campaña. Si eso no sucediera y, en cambio, el triunfo de la oposición fuera inapelable, Juntos por el Cambio empezaría a posicionar un candidato a la Gobernación en 2023. Problemas para el titular del Palacio 6 de Julio.
Sin embargo la expectativa es diferente. En la Municipalidad muchos se entusiasman con que la gestión del peronismo también traccione la boleta. En todo caso seguirán al minuto los datos de la ciudad, intentando ver en los resultados una suerte de “plebiscito” de sus primeros años al frente de la capital.
Un cálculo similar hará el viguismo. Si se consiguiera el ansiado triunfo sobre las listas de Juntos por el Cambio gracias a un diferencial aportado por la capital, el PJ citadino sería uno de los grandes ganadores, el peso de la primera dama en la ciudad quedaría nuevamente revalidado, y sus dirigentes también ganarían terreno en la consideración del gobernador, el intendente, y los dirigentes del interior.
La otra candidata, Natalia de la Sota, también estaría directamente aludida y podría ufanarse de haber aportado mucho a un triunfo sumamente importante para Hacemos por Córdoba en el primer cruce electoral de primera trascendencia de su carrera política. Quedaría, además, plenamente consolidada como una dirigente provincial.
Al otro lado del peronismo el escenario es más complicado, pero con un atenuante: saben que la instancia determinante llegará para ellos en noviembre.
Carlos Caserio, líder del Frente de Todos en Córdoba, necesita superar el piso histórico de los 9/10 puntos del kirchnerismo para hacer valer su aporte al armado. Tiene que justificar su liderazgo, aunque a nadie escpa –ni en Córdoba ni en Buenos Aires- el “detalle” del mal momento que atraviesa el espacio en gran medida por responsabilidad del presidente.
Martín Gill, por su parte, es uno de los que más arriesgó, comprometiendo sus chances de jugar adentro de Hacemos por Córdoba cuando llegue el turno de la renovación. Más allá del resultado en las PASO cabe esperar que esa decisión por sí misma ya represente mucho a los ojos de los armadores nacionales del frente. Sin embargo, un aplazo que el espacio no levante en noviembre podría complicar de sobremanera su proyección a nivel provincial.