Alfil, una década de historia

Por Esteban Dómina *

Diez años no es poco en ningún orden de la vida; menos aún en el mundo actual y en esta Argentina frenética de cada día. Y, como en este caso, si se trata de un medio gráfico que debió navegar en las aguas procelosas del anunciado fin de época para ese género que, felizmente, sigue dando pelea.

Alfil nació en el año 2011 bajo el lema “El diario para leer”, y ya sabemos que el epígrafe de los diarios es una consigna dirigida a sus lectores para que sepan qué debían esperar al abrir sus páginas. “Aquí estoy para decir lo que nadie podrá nunca olvidar ni desmentir”, era el legendario lema del diario “Córdoba”, emblema de la gráfica cordobesa del siglo pasado. Traducido, lo que Alfil proponía era lectura de artículos firmados, como hasta hoy. De actualidad política, sobre todo provincial, un prisma más que ofreció una mirada particular de los mismos acontecimientos difundidos a mansalva por distintos canales. A menudo, una mirada afilada, propia del alfil, el incisivo trebejo del ajedrez elegido como nombre.

La época que le tocó rodar no fue fácil en el país ni tampoco en Córdoba, más bien todo lo contrario, azuzada por el vértigo de una realidad que no paró de romper viejos esquemas e instalar nuevas cuestiones en la agenda pública. Desde 2011 pasaron dos presidentes de la Nación —Cristina Fernández y Mauricio Macri— y transcurre el actual, Alberto Fernández.

Y en nuestra Córdoba, dos gobernadores: el extinto José Manuel De la Sota y el actual, Juan Schiaretti, quienes venían sucediéndose mutuamente desde 2003. Un mundo paralelo el de la docta provincia, que exige conocer sus claves y modos para no errarle en los juicios, como les pasa a tantos medios y analistas foráneos que no dominan el cordobesismo básico.

Desde la perspectiva periodística hubo entonces que conectar esos dos planos —el nacional y el provincial—, casi siempre tensionados por el conflicto subyacente entre ambos. Córdoba discurrió por su propio sendero, un tránsito que en algunos momentos tuvo picos altos de tirantez, como durante la huelga policial de diciembre de 2013. Claramente el hilo conductor de la última década fueron los cortocircuitos y altibajos en la relación política del peronismo cordobés —que asumió el perfil de una fuerza provincial, incluso con boletas electorales domésticas en ocasiones— con los gobiernos nacionales; más ríspida entre 2011 y 2015, algo más distendida entre 2015 y 2019 y, desde entonces, “institucionalmente correcta”. Entretanto, desde marzo de 2020 la pandemia copó la escena, alterando la gestión gubernativa y la vida cotidiana de los argentinos.

El repaso cotidiano de la realidad sucintamente descripta requirió de dos lupas de distinta graduación: lo nacional, más volátil; lo cordobés, más estable y previsible. Un pasado reciente que el diario debió reflejar cada día hábil, comentar y titular. Obviamente, sin recoger unanimidad, una quimera en los tiempos que corren donde la segmentación de audiencias, intereses y visiones suele traer aparejados más disensos que consensos, y Alfil no escapa a las generales de la ley. Probablemente, a los paladares oficialistas les gustaría que fuera más complaciente y a los opositores que castigara con más enjundia. En Buenos Aires que sea menos cordobés, y en Córdoba que soslaye los avatares porteñistas. Pero con un mérito indiscutido: haberse convertido en fuente, en lectura habitual, quizás no del gran público —una odisea cada vez más acotada a los pocos megamedios que subsisten a duras penas—, pero sí de quienes deciden, gravitan o influyen. Y no es poca cosa incidir en el ánimo de quienes toman decisiones, representan a otros colectivos o, a su vez, influyen en el campo en que les toca actuar.

Sin adulaciones de ocasión, no se puede dejar de reconocer el mérito de un medio modesto, con un plantel corto —futbolísticamente hablando—, que sin embargo fue capaz de sostener durante una década un diario que ya tiene ganado un lugar en la prolífica historia del periodismo cordobés. Porque no se debe restar valor al esfuerzo de editar cada día, de consumar la réplica cotidiana del milagro de los panes y los peces —con el mayor respeto por la cita bíblica— y llegar al público en tiempo y forma.

Quienes palean carbón en las calderas de ese barco y quienes están en la cabina de mando saben bien de qué se trata, y que no es poca cosa cumplir diez años.

(*) Historiador