El último libro del jugador de cricket (Tercera Parte)

El camino de Godfrey Vigne desde la capital de Córdoba hacia Tucumán ocupa esta última parte del relato de su libro “Travels in Mexico, South America, etc. etc.”, con su paso por Santa Catalina y paradas en el norte cordobés.

Por Víctor Ramés
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Santa Catalina, en la estancia jeuítica, un boceto de Andrés Francesconi.

El trotamundos inglés llega al fin de su visita a Córdoba, que duró cinco días. Su camino rumbo al noroeste se haría a caballo o en mula, según el tramo. Vigne describe cómo quedó formado el grupo, por Mr. Hickman, el norteamericano, a quien se sumaron cuatro artesanos alemanes, y un inglés que vivía en Buenos Aires. En los párrafos siguientes se hace referencia a la planificación del viaje y al famoso aerolito de Otumpa, caído en el chaco santiagueño hace unos seis mil años.
“Mi compañero había conseguido los servicios de cuatro carpinteros alemanes para que le ayudaran a construir un barco y navegar por el Bermejo; y un caballero inglés, el Sr. A. B., de Buenos Aires, fue inducido a viajar con nosotros por el país desde Córdoba, y su información, derivada de una larga residencia, fue de gran utilidad para nosotros. El señor Hickman, por alguna razón, deseaba dar la vuelta a Catamarca, que tenía la ventaja de ser mucho menos conocida, en lugar de ir hacia el norte por la ruta habitual a Santiago.
Las masas de hierro meteórico de Otumpa, en el Gran Chaco, de las que da cuenta Sir W. Parish, y de las que hay una muestra en el Museo Británico, suelen ser visitadas desde la ciudad de Santiago, aunque no sin cierto riesgo de ataque de indios.”

Parten los extranjeros de La Docta, iniciando su viaje por el camino real que los llevará como primera parada a la estancia jesuítica de Santa Catalina.
“Partimos de Córdoba el 21 de junio de 1854 (en pleno invierno, por si es necesario recordarlo, en este hemisferio). A partir de entonces, caballos y mulas serían mi único medio de transporte hasta llegar a Lima, y durante el viaje no vi un solo carruaje (…) excepto la carreta del Tucumán, con sus enormes ruedas, de siete u ocho pies de diámetro, un tamaño necesario por la arena, el barro y las inundaciones que deben atravesar en el camino hacia y desde Buenos Aires. Desde aquel viaje, he oído que ahora existe una diligencia desde Córdoba hacia el norte. A las afueras del pueblo cruzamos el Primero, que corre a lo largo de la base de una sierra bien arbolada, y parece un arroyo inglés de truchas, claro, rápido y lleno, y luego comenzamos a cruzar la llanura, cabalgando la polvorienta ruta hacia el norte. El convento de Santa Catalina era el destino de nuestro primer día, aunque a no menos de sesenta kilómetros de distancia. La sierra descendía gradualmente hacia el horizonte a medida que avanzábamos en el calor de un caluroso día de verano en Inglaterra, el campo abierto que me rodeaba me recordaba, como antes, a las llanuras del Punjab. Era frecuente ver un pequeño acebo entre las numerosas mimosas. Pronto pasamos por un espacio de la Tablada, allí donde se libró una batalla entre el general Paz y Quiroga.”

Cuando Vigne, junto a Hickman, se aproximaban a la estancia de Santa Catalina, el inglés aprovechó para observar la fauna, y entonces sufrieron un atraso al extraviarse, al atardecer. Más adelante Vigne -que era un buen ilustrador- comentará que hizo un bosquejo de la capilla. Lamentablemente en la edición de este libro no se incluyen ilustraciones suyas de la sección argentina del viaje.
“Observé a lo lejos un pájaro gris con una cresta roja; otro como un colirrojo con cresta. A menudo se veía un halcón marrón y blanco. Descubrí un nido de carancho, y un pequeño halcón gris con una cola roja. Nos habíamos perdido, al no conocer el camino; disparé varios tiros, y finalmente fueron respondidos por los alemanes, que habían sido enviados adelante. Por fin, descubrimos lo que parecían dos árboles muy altos que se alzaban en la penumbra sobre el bosque de mimosa; resultaron ser dos campanarios a la puerta del convento. Tuvimos una amable recepción por parte del señor José Díaz y su familia que reside allí; nos dio la cena, y luego, como es habitual, se presentó la guitarra. Recorrí su granja con él a la mañana siguiente. Estaba muy orgulloso de ella. Las habitaciones, construidas por su abuelo, eran muy grandes y cómodas, pero ciertamente no estaban bien cuidadas. Había ganado vacuno, ovino y porcino en los alrededores. El jardín también era grande, pero se hallaba bastante descuidado. Todos los locales estaban, como es común, rodeados por un muro. Una capilla, en la que se realizaba el servicio para la escasa población de la comarca, es todo lo que queda del templo.”

El autor de Travels in Mexico, South America, etc. etc., usó su tiempo de parada en Santa Catalina, para recorrer el lugar, cazar, y -una vez más- perderse al anochecer junto a su compañero norteamericano.
“Al día siguiente bosquejé el convento; luego salí a cazar, y conseguí unos patos y pequeñas perdices, o más bien codornices del país. (…) A la mañana siguiente enviamos las mulas por adelantado. El Sr. Hickman y yo volvimos a perdernos, al hacerse de noche; él se divertía resignándose a mi guía, en tanto viajero más experimentado, y también con la canción tradicional ‘Por los viejos tiempos’, que nunca le oí cantar, ni, de hecho, silbar en absoluto, excepto una vez en una ocasión similar. Galopamos por el campo hacia una luz, y nos alegramos de descubrir que era una especie de posta, donde dormimos en el suelo con la familia, usando nuestras sillas de montar como almohadas. Matamos algunas codornices para desayunar en un campo de tréboles cercano. Las mulas acabaron de subir y con ellas el Sr. B., que también se las había ingeniado para perderse.”

Prosigue el viaje y el relato, mientras el grupo atraviesa el norte cordobés, aunque nuestra lectura llega a su fin, justo en el momento en que los viajeros vislumbran la línea de las Salinas Grandes que anuncia la proximidad con Santiago del Estero, siguiente tramo de su ruta.
“Pasamos Sauce Chiquito (Ischilín), un lugar a unas doce leguas del desierto de sal. Dormí en Masitas (Tulumba). Empezaron a aflorar pequeñas crestas de granito. A la mañana siguiente pronto observamos indicios de nuestro acercamiento al desierto de sal, que era visible como una línea blanca en la distancia azul.”