El último libro del jugador de cricket (Segunda Parte)

En su obra “Travels in Mexico, South America, etc. etc.”, publicado en 1863, el inglés Godfrey Thomas Vigne -que murió ese mismo año- transcribió una sección dedicada a las postas de Córdoba camino al Perú, a mediados de 1854.

Por Víctor Ramés
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Vista de Córdoba desde el sureste, 1862. Ilustración por un viajero inglés.

Godfrey Thomas Vigne traía consigo una buena dote de experiencias de viaje, cuando cruzó la pampa argentina y llegó a la ciudad de Córdoba. No hay que desestimar la riqueza de su contacto con culturas de la India, Persia, Afganistán, entre otras, con idiomas desconocidos por él y costumbres muy diferentes a las suyas, en las dos décadas anteriores a su venida a Sudamérica. Sus escritos tienden a ser casi meramente descriptivos o narrativos, sin ningún tipo de ornamento. En ocasiones, transcribió al libro anotaciones casi telegráficas de su cuaderno, hechas durante el viaje de cuatro días por la pampa:
“Caminé un rato adelantándome a la diligencia, vi ciervos de la pampa y avestruces en el llano, y maté una vizcacha, el conejo, o más bien por su apariencia, la marmota de la pampa, que viven en madrigueras cercanas al borde del camino. Pasé Fraile Muerto y Herradura – El anfitrión y su familia muy bien parecidos. Vi un pájaro blanco a la distancia, nuevo para mí – Árboles de algarroba alrededor del mediodía – y más viviendas al lado de la carretera a lo largo de las orillas del Río Segundo – Numerosas vizcachas. Dormí en Villa Nueva y comencé a las seis de la mañana siguiente. Las montañas azules al oeste de Córdoba se mostraron a la vista alrededor de las nueve. Pasamos Oncativo; dormí en el Puesto de Ferreira, y entré a Córdoba por una bajada, a la mañana siguiente, atravesando un matorral con algarrobos y otras mimosas, tras cuatro días de viaje en diligencia. El país que me rodea me recordó una ‘rut’, es decir una reserva en el Punjab. Ocasionalmente se veía un pájaro parecido al faisán.”

Con ese casi laconismo resume el trayecto por las postas que venían de Santa Fe. Entonces llega la diligencia a la ciudad de Córdoba, sobre lo que Vigne ofrece notas breves pero muy activas, propias de quien va de paso.
“11 de junio. Hablé con el Gobernador, Don Carmen Alejo Guzmán, Doctor en Leyes, y le entregué mis cartas, apenas después de haber reservado una habitación en una posada tolerablemente cómoda, con una sala de café donde había mesas separadas. Córdoba contiene once iglesias, incluida la catedral, de las que compré algunas fotografías, que luego perdí. Nos mostraron las ruinas de un convento, que se dice que tiene 200 años, rodeado de una tapia. También observé algunas casas muy buenas; en la puerta de una de ellas vi a uno de nuestros compañeros. “¿De quién es esta casa?”, le pregunté. “La suya”, respondió, con un muy amable modo español, aunque no vi el interior de la morada. En la casa de otro de nuestros amigos, el que hacía el “ponche sencillo” durante el viaje, tomamos mate mientras su hija mayor, una chica guapa, nos entretenía con el piano. Eso fue todo en lo tocante a hospitalidad. Las casas eran en general blancas, de un solo piso, con techos españoles salientes, y el habitual patio, o pequeña plaza abierta al centro.”

Godfrey Vigne acertó a estar en Córdoba el 16 de junio, día de una festividad religiosa que le permitió completar el latido clerical de la ciudad, anticipado por sus numerosos templos. Esto, más su asistencia a una reunión de gabinete y su visita a al Colegio Monserrat, es referido con gran economía de palabras.
“Una procesión de Corpus-Christi se movió alrededor de la plaza y se detuvo por un momento en los altares temporales erigidos en cada esquina. Me quité el sombrero al cruzar la plaza, cuando se estaba celebrando la ceremonia. El gobernador y los ministros asistieron a la catedral, con sus ricos uniformes. Vi al Senado sentado en una cámara sin ostentaciones, pero no se discutía nada de importancia pública. El gobernador me había presentado a uno de sus ministros, y amablemente me entregó una copia de la “Constitución argentina”. Me informó que también había mármol rojo y blanco, esteatita y carbón en la sierra de Córdoba. Este último será de utilidad para el nuevo ferrocarril, o cualquier futura máquina de vapor entre Córdoba y Rosario. Visité el Colegio, que alguna vez fue el más famoso del país, pero que, desde la expulsión de los jesuitas, goza de relativamente poca fama. Sin embargo, ahora probablemente recuperará parte de su importancia anterior. Había solo ochenta estudiantes. Los que vivían en casa pagaban anualmente una pequeña bagatela, y los gastos de los que se internaban en la universidad no superaban los ochenta dólares al año. Por esta suma se enseñaba latín, matemáticas, historia, etc., aunque no griego.”

La observación de Vigne se interesa algo en los precios y en el mercado de menudeo. Le llama la atención lo que cuesta el alquiler de un negocio en pleno centro de la ciudad:
“Una buena casa con tienda en la plaza de Córdoba se rentaba por alrededor de dieciocho dólares al mes. Yo estaba sorprendido de lo barato que se conseguían algunos productos ingleses tales como medias, pañuelos, etc. y me dijeron y me dijeron que se debía a una sobreoferta, lo que, una vez más, se atribuía a medios de transporte lentos e imperfectos. Al estar tan directamente en la línea de comunicación con las provincias del noroeste, pocos lugares se beneficiarían más que Córdoba con el ferrocarril.”

Respecto al progreso que ya pedía a gritos el paso del tren, se anoticiaba el visitante de que se gestaba un gran plan de inmigración y de que había buenas perspectivas para el ferrocarril de Rosario a Córdoba. Sobre las perspectivas de progreso de esta última capital citaba, en una nota al pie posterior a su viaje, a un periódico en inglés, el Weekly Standard, que publicaba en Buenos Aires desde 1861 el irlandés Edward Thomas Mullhall.
“Una distancia de 83 leguas a través de un fértil país bien abastecido, ofrece a este camino unas oportunidades que en toda América del Sur no tienen igual:
«Córdoba es una de las ciudades más antiguas de la confederación, con una población de alrededor de 20.000 habitantes y 15.000 más en las provincias. Después de Buenos Aires, es la provincia más adelantada de La Plata»Weekly Standard, 13 de julio de 1862.”