Páginas del “momio” que amaba lo moderno (Segunda parte)

El chileno Carlos Walker Martínez pasó por Córdoba justo cuando terminaba el año 1875. Sus párrafos muestran la lectura del “Facundo” que llevaba encima, aunque, a diferencia de Sarmiento, disfrutó su paseo por la Alameda local.

Por Víctor Ramés
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El joven Carlos Walker Martínez, cuando era estudiante.

En ferrocarril, a media jornada de viaje desde la estación Recreo, llega a la ciudad de Córdoba el chileno Carlos Walker Martínez, entregado a su trayecto con destino a la orilla del Atlántico. Su primer apunte expone el entusiasmo de atravesar los campos de La Tablada, donde su mirada interior ve jirones de historia cordobesa y la polvareda de una batalla épica; también le inspira un juicio maniqueo que no honra a los federales, recuerda un poema suyo y deduce una falta de reconocimiento local hacia los héroes del pasado.

Córdoba, diciembre 25.
Desde el Recreo doce horas de viaje. Los campos que se atraviesan son hermosos, sobre todo, los que se extienden al pie de la bellísima sierra de Córdoba, donde está situada la antigua finca de los jesuitas Jesús María, que es de lo más pintoresco.
Pero, lo que llama más la atención del viajero son aquellas inmensas salitreras, que se dilatan por muchas leguas entre las provincias de Córdoba y Rioja. Parecen un mar sin término, pues forman horizonte. Refleja sobre su blanca superficie el sol con un fuego vivísimo, no de otra suerte que si fueran de bruñida plata, y el efecto es magnífico.
Para el poeta, para el americano de corazón, para el alma sensible que vive de recuerdos, y los busca en la virtud de los que nos precedieron y en las páginas de la historia, hay, sin embargo, en este trayecto otro lugar más interesante, otro campo más bello, otro objeto que mueve más la admiración y despierta más enérgicamente los afectos y las impresiones íntimas. No es un bosque gigantesco, no es una de esas riquísimas regiones tropicales llenas de los más exquisitos frutos de la tierra, no es una de esas maravillosas creaciones de la naturaleza que en nuestras vírgenes comarcas son tan comunes: es algo más, es un campo de batalla: ¡La Tablada!
Allí se batieron dos principios, dos sistemas, dos causas: la horda y el pueblo, la civilización y la barbarie, el mal y el bien, representados los unos por el general Paz, los otros por el célebre Facundo Quiroga. ¡Qué honradamente murieron los que allí lidiando regaron el campo con su sangre! …. En mi leyenda
El Proscrito publicada hace tres años he recordado esa batalla. La narración que leí allá cuando era niño en el Facundo de Sarmiento y en las Memorias del general Paz me dieron la idea de mi poemita: y luego un romántico episodio que oí contar en aquella misma época en el valle del Huasco acabaron de decidirme a escribirlo, propósito que vine a realizar largo tiempo después.
Tantos igualmente bellísimos argumentos de leyendas se encuentran a cada paso en la República Argentina: ¿cómo es que sus poetas no los explotan?
No sé si en la
Tablada hay algún monumento, como la cruz de los alrededores de Salta o el de la ciudadela de Tucumán, que recuerde el triunfo de los hijos de Córdoba: yo pasé con la rapidez de la locomotora por allí y no tuve ocasión de cerciorarme de la verdad por mis propios ojos: supongo que algo exista; pero sino, si en realidad no hay nada, es una indolencia inexplicable de los hijos de la provincia.
¡Siquiera para los héroes que ya no existen y a cuyo alrededor callan las pasiones y la envidia, siquiera un laurel o un mármol! Y no es mucho que la posteridad dé ese galardón a los que en horas de suprema angustia tuvieron fuerza de alma bastante para salvarla lanzándose en la mitad del peligro a contener el ímpetu del desbordado torrente…”.

Al día siguiente el viajero apunta su arribo a la capital cordobesa, un momento cuyas impresiones evoca con impronta pictórica.

Córdoba, diciembre 26.
Nada hay más hermoso que el golpe de vista con que se presenta la ciudad de Córdoba a los ojos del viajero que llega en el ferrocarril del norte.
En medio de una fértil y ancha vega, a la orilla de un rio mansísimo y a la sombra de preciosas arboledas, como por encanto se la descubre de repente y cuando uno menos lo piensa. Sus numerosas y elegantes torres, que con sus blanquísimas cúpulas hacen el más bello contraste con el fondo verde del paisaje, realzan y poetizan tanto el panorama que, sin darse uno mismo cuenta, tiene algunos instantes de duda sobre si aquello es real o simplemente un alegre sueño. Y si el sol en aquellos momentos mismos desmayándose sobre las montañas vecinas derrama sus últimos rayos sobre la ciudad, entonces el encanto toma tales proporciones que la ilusión es completa. La atmósfera es tan clara, la tarde es tan serena, los campos toman un color tan suave, y la aguas del rio arrancan una armonía tan dulcísima, que nada más falta al cuadro que la paleta y los pinceles de un artista inspirado!”

Al pasearse por la capital cordobesa, Walker Martínez encuentra aspectos comunes a otras ciudades sudamericanas que conoce. Pero no deja de admirar una construcción sacra y un espacio verde de la Docta de 1875, que Sarmiento desdeñara cuarenta años antes.

Córdoba es una ciudad mediana, limpia, agradable, poco más o menos; como tantas otras de la América española; pero, posee dos objetos que merecen especial mención: su catedral, que tiene en su abigarrado y caprichoso estilo las pretensiones del Bizantino sin serlo, en realidad, y su paseo que es delicioso y completamente original. Este no es más que un vasto estanque, del tamaño de una de nuestras plazas, rodeado de una calle de espléndidos sauces llorones que le dan el más lindo y melancólico colorido.
Pasean a la orilla del pequeño lago las gentes de a pie, y en las anchas calles laterales de su alrededor los carruajes y los jinetes que acuden en la tarde.
Comercialmente hablando, Córdoba no tiene gran importancia: la tiene, si, como centro político. Es la émula de Buenos Aires desde años atrás, y le sobran derechos para serlo; y quien sabe si anclando el tiempo viene a ser la capital de la confederación argentina, cuando esta grave cuestión se vuelva a suscitar, como en años pasados. Entretanto, ocupa el segundo lugar, y puede muy bien considerarse como la metrópoli del interior, así como su feliz rival es la metrópoli de la costa.”