Carpinchos, chalecos antibalas y revolución

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Llegó el momento de aceptar que a este país no lo puede guionar ni el escritor de mente más prolífica. Las realidades son tan inverosímiles que bien podría tratarse de algún paraje sacado de una novela de realismo mágico, aunque se trate de la cotidianidad del argentino promedio.

Hace ya unos días empezó a convertirse en un hecho noticiable la invasión de carpinchos en Nordelta. Vecinos enojados por estos roedores gigantes que rompen las bolsas de basura, se cruzan por las calles y amenazan con convertirse en predadores naturales de los caniches que ocupan el lugar de los hijos que abandonan el seno materno.

La polémica tiene todos los componentes propios de un país en el que nunca pasan cosas verdaderamente graves, que disfruta la mediocridad y el bananerismo de su condición periférica acomodada.

Es un duelo entre una corporación inmobiliaria y el ambiente natural, una puja entre la voracidad del capitalismo privatizador contra la libertad e igualdad que trae la Pachamama a todos los que quieren vivir en armonía y sincronización entre seres vivos. También es falta de planificación y una forma de pasar el rato en un lugar en el que el hobby principal es politizar absolutamente todo.

Los carpinchos (que podría ser el nombre de la selección argentina de Polo o de Pato, habida cuenta de lo mucho que se usa ese cuero entre los amantes de los deportes ecuestres) se convirtieron en un elemento tan ridículamente importante que incluso el funcionario del Vaticano Juan Grabois se pronunció al respecto.

“Con los carpinchos, hasta la victoria, siempre. Si tocan a uno, nos tocan a todos. #LeyDeHumedalesYA”, tuiteó el dirigente social. De golpe la cosa se transformó en un símbolo de la lucha de clases, como tituló algún periodista que se hizo famoso contando historias de nazis. Quizás por tratarse de ratas grandes o que se mueven en entornos cenagosos es que Grabois sintió ese impulso por la identificación y solidaridad como para reclamar que todos son uno mismo.

Tal vez -porque en este país nunca hay que descartar nada, por más descabellado que suene- los amantes de los carpinchos y su hábitat pantanoso sientan el impulso de embarcarse en una cruzada por los derechos animales. ¿Qué pasaría si el plantador de perejil Grabois coincidiera con Raúl Rizzo?.

Rizzo es conocido por su labor actoral, pero también por ss posiciones políticas extremas dentro del espectro kirchnerista. El domingo aseguró, en un programa de noticias, que “el gobierno tendría que hacer una revolución armada para terminar con la pobreza”. Acá se aburre el que quiere.

Imaginemos el ambicioso encuentro entre el dirigente piquetero y el actor, enrolados unificando la causa capinchesca y la del pueblo que tiene hambre. El Frente Carpincho contra la Inanición y por la Liberación Popular podría tomar las armas para hacer una revolución que lleve alimentos a la mesa de los argentinos, así como humedales para que los carpinchos sean felices.

¿En la mente de qué desvariante se puede pedir que el gobierno haga una revolución desde arriba (bien a gusto de tipos como Onganía) para alimentar a la gente, si ya hoy no genera las condiciones para que la gente trabaje dignamente y le alcance la plata para hacer su vida como le plazca?¿A quién se le ocurre igualar una epidemia de carpinchos en un barrio con una causa política que no mueve a nadie?.

La libertad que da este país para presentar ideas descabelladas o hacer afirmaciones temerarias debería ser siempre valorado por los que se sienten agobiados en una supuesta dictadura que no existe. Seguramente la doble vara para medir ese tipo de presentaciones hace diferencias respecto a los emisores, pero en líneas generales nos pasamos por alto que acá cualquiera dice cualquier cosa.

Cómo será que este país es permisivo al extremo, que una precandidata a concejal e Rosario hace campaña repartiendo chalecos antibalas caseros, que se justifican en que son parte de una labor cooperativa con costureras de barrios carenciados. Es decir que acá alguien puede repartir chalecos antibalas, pero a nadie se le ocurre pensar ni proponer qué se puede hacer efectivamente para que la ciudad del sur santafesino deje de ser la Sinaloa argentina.

Así, apenas arrancamos la semana y ya hablamos de revolución contra el hambre, carpinchos tupamaros y chalecos antibalas para poder llevar los chicos a la escuela.

En este país se aburre el que quiere. Eso sí, con este tipo de noticias, sólo se lo bancan los que pueden.