Páginas del “momio” que amaba lo moderno (Primera parte)

Leemos por encima del hombro del político y periodista chileno Carlos Walker Martínez, sus crónicas descriptivas y poéticas sobre el trayecto que hizo entre el norte argentino y el Plata, pasando por Córdoba en 1875.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Fotografía de Carlos Walker Martínez y sus bigotes de manubrio, en la década de 1870.

La estirpe de los “momios” en Chile, que evoca a los maridos de las momias y que no pueden ser otros que los políticos y agentes de la derecha conservadora, tiene larga data en el país hermano y transandino, lo mismo que en el nuestro. En esta ocasión contamos con las páginas que escribió Carlos Walker Martínez, un auténtico momio de acción, del siglo diecinueve, a su paso por Córdoba en 1875, rumbo a Buenos Aires.

Escritor, diputado, senador, ministro de estado y abogado chileno, Walker Martínez nació en Vallenar en 1842 y se mudó de niño con su familia a Valparaíso. Fue hijo de un inglés protestante y de una chilena católica de origen español. En la casa, ganó el catolicismo. Su familia materna era de trabajadores mineros. Carlos juró como abogado en 1866 y defendió importantes pleitos, al tiempo que realizaba provechosas negociaciones, como la de la mina Arturo Pratt, de Taltal, que le reportó una fortuna en un solo día de bolsa. Llegó a presidir la Compañía Boratera de Ascotán, vendida a un sindicato inglés. En aquellos años también se inició en el periodismo. En 1868 se integró en Chile a la Sociedad de Amigos del País, institución destinada “a combatir los avances y excesos del liberalismo”.

En 1873, fue electo diputado. En 1879 fue nombrado presidente del Círculo Católico; recibiría del clero de Santiago el título de Defensor de la Iglesia, escrito en una tarjeta de oro. En 1880, en un discurso fogoso en el parlamento durante la Guerra del Pacífico, tronó su voz pidiendo que las armas nacionales tomaran Lima, lo que le reportó una ovación. Como otros familiares suyos, participó u organizó acciones terroristas, en su caso desde el Comité Revolucionario contra el presidente Balmaceda, durante la guerra civil de 1891. Derrocado Balmaceda, Carlos Walker Martínez fue ministro del Interior del gobierno sustituto y desde 1901 presidió el Partido Conservador, hasta su muerte en 1905.

En tono de retrato, autor chileno Carlos Orrego Barros escribió sobre él: “Como todo gran conductor de hombres sabía que para dirigirlos hay que impresionarlos (…). Quizás por eso vestía de un modo original, afectaba modales de superioridad y hasta usaba un tono ligeramente oratorio al conversar.”

Yendo al trayecto de nuestro interés, Carlos Walker tomó nota de sus desplazamientos que publicó en 1876 bajo el título de Páginas de un viaje al través de la América del Sur. Así abría las páginas de su libro, con una anotación del 3 de julio de 1875:

Estoy, hace algunos minutos, en Mollendo, después de ocho días de viaje desde Valparaíso, y ya mi imaginación me trasporta a las orillas del Plata que será su término. ¡Tanta impaciencia tengo por realizar los propósitos que he abrigado desde niño! Mis sueños dorados han sido siempre cruzar nuestro continente, trasmontar sus inmensas montañas, navegar sus caudalosos ríos y conocer de cerca y por mis propios ojos la variedad de sus climas y de sus razas.”

Mollendo, en sur peruano sería -dicho sea de paso-, en apenas un lustro, escenario de enfrentamientos de la Guerra del Pacífico entre Chile y Perú. Ingresando al norte argentino por la frontera entre Puno y Salta, Walker Martínez inició su camino en dirección al centro de la república del Plata, buscando de allí el puerto atlántico. Lo encontramos en la estación del ferrocarril Recreo, en la provincia de Catamarca, la anterior a Córdoba en un tren de trocha angosta. Escribe un largo párrafo en el que, entre otras cosas, el conservador católico y antiliberal le canta loas a la religión moderna del vapor y del ferrocarril.

El Recreo, diciembre 24.
Desde ayer andamos en ferrocarril, cuatro horas diarias, de las 8 a las 12 A. M. Pasamos la noche en la estación que lleva el nombre de don Uladislao Frías, ministro que firmó el contrato de la construcción de la obra: ahora nos encontramos en un lugarejo que solo por irrisión puede llevar el apodo que tiene, y que en vez de Recreo debiera llamarse Martirio: mañana, en fin, continuaremos hasta Córdoba, y entonces ¡loado sea Dios!
Pero baste decir que ya nos vemos instalados en los coches del ferrocarril, para que nos consideremos felices. Después de la mula, el carruaje, y después de este el ferrocarril; he ahí la escala de la civilización, que va gradualmente ascendiendo, a medida que vamos acercándonos al mar. En las montañas existe todavía el modo primitivo de viajar; en las llanuras mediterráneas se mejoran las condiciones de la locomoción; al llegar a las comarcas que están más en contacto con los pueblos extranjeros, la cosa cambia completamente de aspecto, y el vapor se sustituye a la bestia y a la detestable montura las elegantes butacas del wagón: ¡ley del progreso que así transforma la condición de los pueblos! Los que hemos ido sucesivamente gozando de estas diversas impresiones las sabemos apreciar en lo que valen. Pensar en el trote de la mula cuando se siente el leve estremecimiento del riel y dormirse al recuerdo de las ásperas jornadas de las cordilleras de Potosí, sacudido blandamente por la rapidísima marcha del tren; hacer las comparaciones que naturalmente se vienen a la memoria entre las eternas leguas de las jornadas a caballo, con sus infinitas contrariedades de ríos, cuestas, lluvias, tempestades, etc., etc., y las brevísimas leguas que salva la locomotora en minutos, sin dificultad de ninguna clase, sin sol, ni frío, ni fatigosísimo cansancio; pesar en justa balanza lo uno y lo otro, al mismo tiempo que el libro cae de nuestras manos y en vaga somnolencia se cierran nuestros párpados sin darnos nosotros mismos cuenta exacta de lo que pasa: ¡oh!, ¡eso es delicioso!, ¡es la verdadera y real poesía de los viajes, en cuyo cielo se agrupan sueños, recuerdos, placeres, esperanzas, todo en confusión bellísima, como aquel lindo grabado de los últimos pensamientos de Weber!
¡Qué notable cambio entre los días anteriores y los presentes!
¡Oh, Fulton, que buena fue tu idea de aplicar el vapor a la locomoción, que es la primera necesidad de la Vida!”.