Massot, Massot… ¡que grande sos!

El exdiputado “cordobés” no solo ha sabido cambiar de terruño sino que, además, parece haberlo hecho también de partido. Olvidado de sus días de primus inter pares del PRO mediterráneo su la militancia pasa, ahora, por el lado de la centenaria UCR en su versión bonaerense.

Por Pablo Esteban Dávila

El apellido se adapta perfectamente al ritmo de la marchita, su pragmatismo también: Massot, Massot… ¡que grande sos! El dirigente podría pasar como un peronista de pura cepa de no ser porque, circunstancialmente, milita dentro de Juntos, la reciente denominación de Juntos por el Cambio que, a su turno, resultó ser la franquicia sucesora de Cambiemos.

Massot, técnicamente, es un cuadro del PRO, la fuerza política fundada por Mauricio Macri. Su padrino político era -tal vez lo siga siendo- Emilio Monzó, expresidente de la Cámara de Diputados y uno de los históricos integrantes de la pata peronista del macrismo. En esta doble calidad fue que llegó a la provincia de Córdoba por 2014, con la misión de ordenar la versión local del partido y transformarlo en una fuerza competitiva.

Justo es decir que Massot cumplió con aquel encargo aunque, para muchos, resultó casi una afrenta que un bonaerense tuviera que encargarse de organizar manu militari a los orgullosos macristas mediterráneos. Muchas veces actuó como un procónsul en las sombras, utilizando alternativamente la influencia de Monzó (por entonces con plenos poderes para hacer y deshacer en la provincia) y los generosos recursos que se le habían asignado para la tarea.

Su autoridad devino tan importante que reclamó para sí (y la obtuvo casi sin oposición) una candidatura a diputado nacional. Vini, vidi, vinci. Fue una jugada que, en otros tiempos, hubiera resultado escandalosa, máxime considerando la rica historia del centro político cordobés y la absoluta falta de arraigo de Massot en el distrito. Sin embargo, la ola amarilla en ciernes sepultaba cualquier tipo de prevención política. No existía duda alguna de que el electorado votaría sin hesitar a cualquiera que Cambiemos pusiera dentro de sus listas, incluso a un troyano.

Ya en la Cámara de Diputados de la Nación y convertido en uno de los principales operadores de Monzó, su compromiso por la provincia a la que nominalmente representaba fue haciéndose más laxo, molicie que se hizo más evidente a medida que se acercaba el final de su mandato y con la decisión ya tomada de no intentar la reelección. Es innegable que cordobesismo le duró menos que su período como diputado y que, luego de diciembre de 2019, literalmente desapareció.

Pero Massot puede que cambie el pelo pero no las mañanas. Alejado del calicanto y la peperina, su destino parece estar ahora atado al del partido de Tigre, el histórico feudo de Sergio Massa quién, curiosamente, es el sucesor de Monzó en la Cámara Baja. En un acto realizado la semana pasada se presentó como el primer candidato a concejal por aquel municipio, liderando una lista que respalda al neurólogo Facundo Manes en las PASO. Manes, como es público, milita en el radicalismo y enfrenta a Diego Santilli, delegado de Horacio Rodríguez Larreta en la provincia de Buenos Aires.

Vale decir que el exdiputado no solo supo de cambiar de terruño sino que, además, parece haberlo hecho también de partido. Olvidado de sus días de primus inter pares del PRO cordobés su la militancia pasa, ahora, por el lado de la centenaria UCR.

Su trasmutación política ha generado ruidos internos dentro de sus tradicionales camaradas de lucha. Por caso, Cristian Ritondo ha decido participar -no obstante que testimonialmente- en la lista que se opondrá a Massot en Tigre. El actual jefe del bloque de diputados del PRO desea dejar en claro que la jugada de aquel es estrictamente personal y que el partido amarillo está con los candidatos bendecidos por Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. Nunca está de más recordar que Ritondo (al igual que Monzó y, por carácter transitivo, el propio Massot) provienen del peronismo. Los sucesos de Tigre demuestran que también entre bueyes hay cornadas.

Debe concederse que la política bonaerense tiene razones que el corazón no entiende y que, tal vez por ello, Massot tenga algunas muy poderosas para tomar las decisiones que ha tomado. Pero y aun con esta piadosa consideración, lo suyo no parece estar del lado de los principios, con excepción de los que le convienen.

Habrá que ver que sucede con este representante voluntariamente expatriado. Si triunfa o si es derrotado. Si en el futuro continúa su carrera con Manes, con Espert o con el Chino Navarro. Si su propósito último es gobernar al municipio de Tigre, asumir como diputado por Tierra del Fuego o postularse para la presidencia de Aldosivi. Todo es posible para estos condotieros de la política, adheridos a un estricto código de gestión gerencial en donde lo bueno es, apenas, lo que resulta útil a sus propósitos inmediatos.

Lo que sí es claro que el ostracismo de Massot le baja el precio al PRO local. Si quien, en su momento, fue presentado como el Pericles de la fuerza trabaja ahora para los radicales, es obvio que su paso por el distrito fue, meramente, una empresa destinada a organizar a quienes no sabían como hacerlo, sin ningún tipo de épica ni intenciones de lograr cuadros capaces de disputar los principales lugares de la coalición. Algo de esto se observa por estos días, cuando las listas cordobesas se encuentran huérfanas de cabezas macristas y sin que al antiguo mandamás le interese un rábano lo sucedido desde el fin del contrato de trabajo que lo unían, convenientemente, con sus antiguos “comprovincianos”.