El pulso de una generación

Hace 20 años, sin saberlo, Córdoba asistía a la despedida de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que hizo historia por sus récords de taquilla; mejor dicho, por haber sintonizado como pocas con cientos de miles de fans dispuestos a viajar donde sea para poder verlos.

Por J.C. Maraddón

Hasta la guerra de Malvinas, el rock nacional había sido un fenómeno más bien marginal, que involucraba a un sector de la juventud con gustos muy específicos en cuanto al consumo de música. Entre sus referentes principales, sólo Charly García había gozado de cierta popularidad fuera de ese círculo, sobre todo con su experiencia en Sui Géneris y luego, ya entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta, con Serú Girán. Pero, en general, esa movida artística se había sentido siempre mucho más cómoda en el under, donde podía ser coherente con su discurso de marcado tono contracultural.

La prohibición de difundir música en inglés desató en esa camada de rockeros un sentimiento contradictorio: por una parte, repudiaban la idea de “venderse” al sistema; pero por otro lado, se les abría una puerta por la que costaba mucho no verse tentado a ingresar. Antes de que se pudiera tomar la decisión, la industria musical ya había resuelto por su cuenta priorizar ese género y, con el retorno de la democracia, la banda de sonido juvenil fue interpretada por los mismos artistas que no mucho tiempo antes deambulaban por guetos subterráneos y tocaban ante auditorios que con mucha suerte superaban los cien espectadores.

Desde esas catacumbas emergieron bandas fundamentales, como por ejemplo Sumo o Soda Stéreo, que luego de firmar para una compañía multinacional saltaron a ocupar un lugar de privilegio en la difusión radiofónica. Junto a los pioneros como Litto Nebbia, García, León Gieco, Los Abuelos de la Nada o Spinetta, fue esta nueva tanda de nombres la que alimentó el ascenso de un movimiento que, en su apogeo, cruzó las fronteras y alcanzó renombre continental, desparramando influencias en otros países latinoamericano donde el rock local todavía no había conseguido despegar de esa marginalidad que también había sido su cuna en Argentina.

Entre las formaciones que asomaban desde el anonimato, apareció Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que al principio se confundió en el pelotón del boom nacional como una más entre tantas. Por sus exóticas características, estos músicos oriundos de La Plata fueron diferenciándose del resto y cobraron un vuelo propio que les dio trascendencia con respecto a varios de sus contemporáneos. Al despuntar los noventa, mientras la furia rockera se aplacaba y las mayorías parecían preferir los sonidos latinos y la bailanta, los Redondos redoblaron su apuesta y construyeron una leyenda con la que cosecharon cientos de miles de fans capaces de dar todo por ellos.

En pocos años, se transformaron en un grupo de estadios, que ni siquiera en los más grandes recintos podía satisfacer la demanda de entradas a sus shows. Los conciertos devinieron en “misas”, donde multitudes practicaban un ritual cuyo punto culminante llegaba con “el pogo más grande del mundo”. Más que críticos musicales, se requerían sociólogos para analizar esa fe ciega que despertaban en sus seguidores, dispuestos a viajar a donde fuese necesario para asistir a sus convocatorias. No es posible describir la Argentina de esos años sin incluir en esa panorámica las peregrinaciones ricoteras.

Hasta que el 4 de agosto de 2001, en el actual estadio Mario Alberto Kempes, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota actuó por última vez y cerró definitivamente su carrera. Disputas personales habrían sido la causa de un final que para muchos estaba cantado. Hace 20 años, sin saberlo, Córdoba asistía a la despedida de una banda que hizo historia, no sólo por sus récords de taquilla, sino también por haber sintonizado como pocas el pulso de una generación. Las disquisiciones artísticas se quedan cortas cuando la gente se adueña de un puñado de canciones y las esgrime como su carnet de identidad.