Córdoba retrasa al joven héroe impaciente (Primera parte)

Comisionado por el capitán de una fragata de la armada real británica, el teniente inglés Edward Hibbert cruza los Andes en el invierno de 1821, llevando despachos del vicealmirante T. Hardy a Buenos Aires.

Por Víctor Ramés
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Viajeros por caminos serranos de Sudamérica, litografía del siglo XIX.

Edward Hibbert no perteneció a la raza de los cronistas viajeros, sino a la de los militares de acción. Hizo carrera en la marina británica, donde se destacó desde muy joven en acciones bélicas, y en 1816, veinteañero, fue gravemente herido y casi pierde un ojo durante la expedición contra Argel. Fue ascendido a teniente. Su superior, Lord Exmouth, le dedicó honrosas palabras en ocasión de la muerte de Edward, ocurrida repentinamente en 1824, a los 28 años. Dice Lord Exmouth: “Su propio comportamiento ganó mi estima, su conducta en medio de la acción le aseguró mi aprobación; sin decir una palabra de la paciencia y la fortaleza con la que sufrió una dolorosa herida mientras ocupaba mi camarote”. Hibbert sirvió a las órdenes del Capitán R. Spencer, en el Mediterráneo y en los Mares del Sur. Mientras se hallaban en Chile, el Capitán Spencer lo comisionó para cruzar los Andes en el crudo invierno, con despachos de Sir T. Hardy. Edward Hibbert cumplió la tarea pese a las muchas dificultades derivadas de la estación y de las guerras civiles que afectaban al país. En diciembre de 1822, sería nombrado Maestre y Comandante. Su muerte, apenas dos años más tarde, se debió a una fiebre repentina que acabó con él en una semana, en Edimburgo.

No alcanzó Hibbert a ver publicado su libro Narrative of a Journey from Santiago de Chile to Buenos Ayres in July and August, 1821, (Narración de un viaje de Santiago de Chile a Buenos Aires en julio y agosto de 1821), que apareció en Londres el año de su prematura muerte. Allí se registra su paso por la provincia de Córdoba. Hay que decir que el apuro imperial que llevaba el teniente Hibbert, se empantanó en el casi medieval sentido del tiempo de los cordobeses con quienes tuvo que tratar. La medida de su apuro fue inversamente proporcional a la velocidad local para resolverle los problemas durante su marcha.

Así entraba a Córdoba, por el oeste, Edward Hibbert, según recuerdan las páginas de su libro.
“27 de julio. Nos alejamos medio día antes de dejar las Piedras Blancas; y, al avanzar hacia la gran montaña, desafortunadamente nos encontramos con una taberna, donde, después de más demoras, nos vimos obligados a dejar a don Manuel y su arriero, el único que conocía el camino. Tomamos el camino indicado por la casualidad, y casi podría haber jurado que era el equivocado. Se había desperdiciado tanto tiempo, que ya no era posible llegar a Córdoba antes de la noche; y así se perdió otro día, por los hábitos dilatorios de estos gauchos ebrios.”

Su lealtad a la Corona fue solo superada por el etnocentrismo del viajero. Tal vez ningún otro cronista, como Hibbert, fue pasajero absoluto por una tierra que le daba igual cómo se llamase, o quiénes la habitasen.

La Providencia nos condujo hasta la cuesta de Córdoba. Su ascenso fue igual de difícil que en cualquier otra parte de los Andes. Las personas no familiarizadas con las extraordinarias propiedades de la mula, e incluso aquellas que están acostumbradas a estos animales, harían bien en preguntarse cómo pudieron zigzaguear hasta alcanzar la cima. Una vez allí, el camino mejoró hasta llegar al caserío de San Miguel, que consta de tres ranchos y una capilla. Desde allí descendimos rápidamente hacia la gran llanura, ahora por fin la verdadera llanura, que se extiende por cientos de millas hasta el Atlántico.”
Baqueanos le abren la senda a Hibbert, quien va quedando empanizado gracias al polvo del camino. “Durante una hora después de la puesta del sol, nos abrimos paso a tientas por un tramo de carretera tan malo como no habíamos recorrido hasta entonces. Sin un guía más experto podríamos habernos metido en problemas ya que, cada veinte metros había un agujero lo suficientemente grande como para tragarnos a todos. Nos condujo a un rancho, llamado Argel, debido a su inaccesibilidad. El dueño era el gaucho más servicial que jamás haya nacido: con su venia me lavé la cara por primera vez desde que salí de San Juan. Me había vuelto mucho más sucio que los gauchos; porque ellos, si pasaban por un charco, desmontaban una vez al día y se rociaban la cara con el agua, ceremonia que yo descuidaba por completo. Al principio fue muy desagradable, pero pronto me dejó de importar, incluso, si no hallaba ninguna otra oportunidad de lavarme. “

El trayecto comienza a complicarse, vista su urgencia, apenas se internan en la pampa. Para empezar, surgen problemas con el sirviente que lo acompañaba desde Mendoza, don Nicolás.

28 de julio. Al descender por la Cuesta de Córdoba, el camino era de tal naturaleza que nos vimos obligados a desmontar, y fue la primera vez que conocí a un gaucho a pie. En este período comprobé, por pura casualidad, que era intención de don Nicolás marcharse de Córdoba. «No tengo intención de morir todavía», fue su respuesta a mis preguntas; «Preferiría vivir un poco más, con su permiso». Llegué a amenazar con dispararle, y era yo un caballero tan impaciente, que una hora después quizás podía llegar a hacerlo realmente. Me ofrecí, sin embargo, a respetar su vida, y le hice grandes promesas, pero todas en vano: él declinó el honor y yo supe así que nuevos problemas y retrasos que me esperaban en Córdoba.”

Ya andando la llanura, el teniente inglés se resigna un poco, y su ánimo es un poco más placentero.

Nos hallábamos en la gran llanura, el suelo vestido con los pastos más ricos, ganado de todas las descripciones, en todas las direcciones, el país en lugares bellamente boscosos y regados, y en conjunto el paisaje más hermoso que había contemplado en América del Sur. La población era muy escasa, pero los ranchos eran cada vez más frecuentes a medida que nos acercábamos a Córdoba. A pesar de todas mis protestas, nos detuvimos durante tres horas por la tarde, porque mis asistentes tenían sus enamoradas en el vecindario. Debo hacerles la justicia al admitir que las muchachas cordobesas eran ángeles comparadas con las doncellas de San Juan, en cuyos rasgos apenas se percibe la belleza de su origen español.”