A la caza del voto joven

El gobierno parece haberse acordado de la importancia de lo jóvenes en la pirámide electoral. se Ahora se acuerdan de ellos, después de cerrarles boliches, universidades y escuelas por un año y medio.

Por Javier Boher
Las decisiones políticas que se traducen en medidas no son inocuas. Incluso, aunque se pueda predecir en buen grado las consecuencias de actuar de una u otra forma, sólo estaremos hablando de la probabilidad de que ciertos hechos sucedan a otros, no su inevitabilidad. Las relaciones sociales son así.
La eterna cuarentena avalada por el gobierno ha tenido consecuencias desastrosas en todos los planos de la vida de los argentinos. No ha tenido logros sanitarios, económicos ni sociales. En todos los frentes sólo se logró profundizar el esquema de falencias y desigualdades heredadas de años y años.
Mientras elegía meretrices a domicilio por sobre la salud y la economía, el presidente se olvidó que buena parte del apoyo del kirchnerismo siempre había estado en la juventud. Obnubilado por las loas que recibía de ciertos cuadros militantes que tratan de esconder su filiación ideológica tras sus títulos académicos o posiciones laborales, se le pasaron por alto los otros ni-ni, no los que ni trabajan ni estudian, sino los que ni les importa la política ni la épica del relato.
Este año se agregan al padrón nada más y nada menos que unos 500.000 jóvenes a los que el gobierno se encargó de cercenarles los sagrados derechos de los adolescentes. Ese medio millón de nuevos votantes tuvo sólo tres meses de clase presencial en dos ciclos lectivos, no tuvo boliches, casi no tuvo fútbol o asado con los amigos, ni siquiera la posibilidad de rebelarse contra los adultos y escaparse a la casa de un amigo que les haga el aguante, porque durante meses era casi imposible circular.
Buena parte de esos adolescentes que se agrega para cada elección no concurre a votar, mientras que los que lo hacen están sobrepolitizados o votan según lo que votan los padres. Este año, sin embargo, tienen en sus manos una de las llaves silenciosas de la elección.
Para un partido de ideología cuasi adolescente, perder el apoyo de los púberes irreflexivos es todo un síntoma de que algo se ha roto. El crecimiento de figuras de la antipolítica como Javier Milei o José Luis Espert, el crecimiento de los recién llegados como Facundo Manes o el reclutamiento de personajes mediáticos como Hernán Piquín habla de un fenómeno de hastío respecto a los políticos y partidos tradicionales (que aunque eventualmente sean castigados, difícilmente desaparezcan).
Por eso hace ya un tiempo, en medio de una orgía de egocentrismo y autobombo, Cristina Fernández llenó de flores a L-Gante, un trapero popular entre los jóvenes, que compuso parte de su música con una computadora del plan Conectar Igualdad.
Pero su intento de acercamiento a los jóvenes no resultó según lo planeado: el joven músico rechazó la franela, argumentando que recurrió al mercado negro para comprar con su propios recursos una computadora que el Estado había decidido regalarle a alguien más. Fue tan rápida la reacción del artista que llamó la atención de varios: el kirchnerismo perdió su aura cool entre los jóvenes.
Henry Rollins, cantante de la banda punk Black Flag, dice al inicio del documental “Punk:attitude” que repasa la historia del género, que cuando todos están politizados (como en los inicios del punk por la Guerra Fría, el todavía fresco Mayo Francés y las protestas obreras inglesas), sólo hace falta que alguien se levante y diga “Fuck you” para convertirse en la voz política de una generación que descree de los políticos.
Aunque L-Gante no fue igual de explícito, su rápido rechazo a las causas políticas de unos menesterosos de apoyo juvenil deja en claro que hoy la política pasa por despegarse de los políticos y sus discursos de privilegiados, que no pusieron el lomo en la pandemia.
Los políticos siempre fueron esenciales y siempre cobraron su sueldo por completo (salvo contadas excepciones), trabajando desde la comodidad de su casa y exigiendo a otros que cumplan lo que ellos evadían. El libro de visitas de la Quinta de Olivos es un fiel testimonio de ello, con una “asesora” de la primera dama visitando la residencia presidencial en horarios estrafalarios, en horarios de restricción a la circulación o incluso en fecha clave para las medidas autoritarias y restrictivas dispuestas por Fernández.
El intento de recuperar a ese segmento de la población al que se demonizó por las fiestas clandestinas, por querer salir a correr, porque les gustaba surfear, porque querían ir a estudiar o porque querían tener un proyecto de vida que no sea truncado por el Estado -que se excedió en sus atribuciones para controlar la circulación de un virus que puso en jaque a la humanidad- llega demasiado tarde.
A esta altura, difícilmente alcancen los anuncios publicitarios coloridos y con música canchera dirigidos a adolescentes y jóvenes que sufren la depresión por el abandono que los adultos hicieron de ellos. Los incentivos para que las pymes los contraten llegan demasiado tarde, cuando casi no hay incentivos para que las pymes tomen gente o para que los adolescentes quieran salir a buscar el trabajo que se les negó durante tantos meses.
El segmento 16-25, el 20% del padrón, ha vivido los últimos 10 años con inflación, devaluación, pobreza creciente, recesión, destrucción del trabajo y falta de expectativas a futuro. No hay épica ni recuerdos de la bonanza nestorista, sólo amargura potenciada por una cuarentena dura y extensa que los agotó a todos.