Un diplomático marcha rumbo al poniente (Tercera Parte)

Acompañamos la marcha de un grupo de viajeros, entre quienes se cuenta Peter Campbell Scarlett, un británico que cruza por Córdoba en 1835 y deja la provincia, para dirigirse a San Luis y de allí a la Cordillera.

Por Víctor Ramés
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Dos jóvenes lecheras en el campo, litografía de J. Duplat, siglo XVIII.

El grupo de viajeros que integraba Peter Campbell sigue su marcha hacia San Luis, camino de la Cordillera. Las anotaciones del cronista nos permiten asomarnos a eventos de ese trayecto.
“Mientras atravesábamos un bosque de algarrobas, nos encontramos con unas guapas gauchitas ordeñando, que fueron muy insistentes en ofrecernos leche, mientras hacían todo el tiempo bonitos discursos en español, poniendo a nuestra disposición todo lo que tenían a su alcance. Desafortunadamente, llevábamos demasiada prisa para sacar provecho de su cortesía.”

La vista de las elevaciones que indicaban el próximo fin de la llanura era un incentivo para sostener la marcha. Una situación inquieta el ánimo de Campbell Scarlett.
“Al emerger del bosquecito, la Sierra de Córdoba se abrió a nuestra vista, hacia la derecha, y continuamos en dirección a ella, marchando oblicuamente hacia el Sudoeste durante todo el día. El suelo era aquí más ondulado que lo habitual, y mi pequeño caballo se cansó tanto que el resto del grupo me dejó atrás y quedé fuera de su vista. Mientras trotaba sobre el animal cansado, a medias dormido por el calor, de repente percibí a unos jinetes que aparecieron por un costado, desde la cima de una de esas ligeras elevaciones que ponían variedad a la llanura de vez en cuando.
Uno seguía a otro a paso rápido; y el sol me daba de tal forma en los ojos que no pude distinguir sus ropas. Entonces pensé, ¿aquí están por fin los indios? Era absolutamente imposible escapar, si realmente se trataba del enemigo; así que no me quedaba más recurso que vender mi vida al precio de un par de tiros de pistola. No puedo decir que me resignara a un destino que ciertamente consideraba inevitable. Sin embargo, al poco tiempo, para mi inexpresable satisfacción, cuando los jinetes se acercaron a mí, pude ver que eran gauchos de muy amistosa disposición, que cabalgaban juntos para visitar sus rebaños en la llanura.”

El episodio deja en claro que los viajeros iban tensos debido a la proximidad e inminencia de una incursión de los pueblos del sur, mientras se aproximaban a Río Cuarto.
“Hemos resuelto aprovechar al máximo nuestro tiempo; cuanto antes lleguemos a San Luis, antes dejaremos atrás todos los temores de encontrarnos con estos indios.
(…)
A las cuatro de la tarde de ayer llegamos a un pueblo llamado Rio Cuarto, por el río del mismo nombre. Habíamos hecho un viaje rápido en una atmósfera abrasadora; pero sintiendo la necesidad, como pensamos, de avanzar varias leguas antes de la noche, nos dirigimos a la posta con la determinación de parar a ordenar nuestros caballos y partir de allí lo antes posible. Nuestras intenciones, sin embargo, cambiaron rápidamente, al enterarnos de que los indios llevaban la misma dirección que nosotros; y que debido a esto, parte de la caballería había marchado fuera de Río Cuarto, para proteger una aldea lejana que se encontraba en nuestra ruta; y que, si llegábamos sanos y salvos al siguiente rancho, era muy probable que los habitantes los hubieran abandonado, y no nos sería posible seguir adelante.”

El retraso, no obstante, pareció sentarles bien a los viajeros.
“Fuimos mejor alojados y alimentados que en cualquier momento anterior del viaje y, por primera vez, nuestro descanso no fue perturbado por los mosquitos.”

La amenaza de algún encuentro violento no eximía a Campbell de tomar nota sobre lo bello del tramo que encaraban, luego de dejar la buena posta de Río Cuarto.
“Comenzamos al amanecer esta mañana, con un aire fresco y penetrante en nuestros rostros. El camino transcurría por un terreno aún más ondulado que el de ayer, con la Sierra de Córdoba justo delante de nosotros, y la hierba lucía bastante verde y exuberante. El clima ahora se ha vuelto excelente, mejor, me parece, que el de Italia. El aire, tanto por la mañana como por la tarde, es bastante seco y vigorizante, y la brisa constante que prevalece durante el día hace que el sol sea menos intolerable. (…) Yo mismo tengo motivos para estar muy agradecido por la salud que el clima y el viaje juntos me han devuelto. Dejé Buenos Ayres desanimado y no me recuperé del todo de la enfermedad; pero ahora estoy bien y lleno de energía.”

La marcha continuaba sin que hubiera noticia de los indios, lo que era la mejor noticia.
“Cabalgamos muy rápido hasta una posta llamada Barranquita, al pie de una colina. Al llegar allí me llamó la atención la ausencia de todos los hombres; también los animales habían desaparecido, excepto un ternero que estaba atado a una estaca. Esa desolación se extendía hasta el interior de un corral, rodeado de muros de barro, al que ingresamos por una puerta de madera. Un gran ombú se alzaba al medio, echando una ancha sombra sobre el suelo. Pero no se veía persona viviente. Más tarde se fueron asomando desde un rincón oculto, primero un muchacho semidesnudo y luego un viejo y otra persona.” Los pobres habitantes del lugar les contaron que, ante el anuncio de una incursión ranquel, se había decido llevar a las mujeres a los cerros cercanos y que, al ver a la distancia a Campbell junto a sus compañeros, los habían tomado por un grupo de indígenas, lo que precipitó su huida. “Se hallaban en tal estado de alarma que tuvimos que amenazar a estos miserables y desgraciados para obligarlos a lacear caballos frescos que nos permitieran seguir viaje.”

Otro tanto ocurrió cuando el grupo de viajeros llegó a la posta en el límite con San Luis, la de Achiras. Allí también fueron confundidos con un grupo ranquel, y algunos habitantes se habían escondido para poder observarlos. Las mujeres habían sido enviadas a las sierras, para evitar que los atacantes las tomasen cautivas. Campbell recuerda los riquísimos higos que comió en esa posta rodeada por una pared de barro. La etapa cordobesa del viaje llegaba a su fin, y los miembros del grupo esperaban seguir viaje y ponerse a salvo definitivamente de los originarios. Su próxima parada sería la del Portezuelo, y de allí tomarían hacia el Morro de San Luis.