Lloronas, gritones y bufones

Los políticos ya están interpretando sus papeles de cara a la próxima campaña.

Por Javier Boher
javibohr@gmail.com

La política se ha convertido, desde hace ya mucho tiempo, en un show, un espectáculo. Empujados por los tiempos de las cámaras y las redes sociales, cada dirigente que quiera posicionarse deberá saber interpretar un personaje que una buena parte del electorado juzgue sincero.

Puede ser la voz entrecortada en una audiencia por una causa de un ignominioso acuerdo con un Estado extranjero acusado de financiar un atentado terrorista en nuestro país, hablar como un energúmeno contra los que ubicamos imaginariamente en otro bando o un comentario amigable a un periodista cool. Todo vale para destacar.

En ese mundo de política teatralizada, las cualidades interpretativas de los políticos terminarán siendo las responsables de buena parte del apoyo que pueda conseguir un político. Ojo, que no todo es actuar: cuando todo parece sobreactuado el encanto se esfuma. Nada puede ser forzado si se pretende encandilar a los ciudadanos.

Eso de la sobreactuaión le pesó siempre a Sergio Massa, más dado a la trenza que a las cámaras. En las encuestas, si a la gente le mostraban un video de Massa en una charla informal con algún periodista, la pasaban bien. Casi que lo invitaban un asado. Cuando les pasaban los videos en modo campaña, rápidamente lo descartaban: detectaban la mentira, que no existía en la charla liviana.

Volviendo sobre la categorías anteriores, en la categoría de la lágrima fácil está la vicepresidenta, que no pierde oportunidad de desarrollar el papel de apasionada de alguna causa. Su performance logra lo que se propone: convence a los propios de que sufre la impotencia por rodearse de fachos y gorilas que no la entienden y pasa por loca y desequilibrada frente a sus detractores. Establece una línea clara que impide la indiferencia.

La segunda categoría es la de los políticos clase B que buscan una banca en el Congreso como máxima aspiración política. Eso no está mal, porque el Poder Legislativo debiera ser el más importante en una República.

Ahora bien, si se quiere llegar a un lugar en el que se habla mucho montando un personaje blindado a las opiniones ajenas, no presagia un buen resultado en la práctica. Seguramente ayuda a ganarse un núcleo duro de adherentes, que presionarán para que tenga un lugar en una lista y -finalmente- en el Congreso. Es el caso de Fernando Iglesias y sus habituales contrapartes kirchneristas.

En la tercera categoría están los políticos como era Néstor Kirchner, los “políticamente incorrectos”, una forma de eludir definirlos como tipos a los que se les perdonan los más groseros errores o exabruptos. Uno que encaja bien en este grupo es Luis Juez.

Ayer alcanzó nueva exposición por decir que lo penes de madera deberían ser utilizados en los vacunados VIP. Ciertamente es una barbaridad que carece de sentido real, pero es absolutamente congruente con el tono de las charla de los votantes promedio que ha solido cosechar el diputado.

Es difícil creer que en un asado de amigos o parientes no se hagan comentarios como esos sobre el tema en cuestión. Son parte constitutiva de la idiosincrasia argentina y del lenguaje de la política o el deporte (remitirse a la mímica fornicatoria del Dibu Martínez durante los penales ante Colombia).

Gran parte de los votantes -hastiados por la pantomima de una política popular, en favor de los más pobres, los menos favorecidos o el nombre que se les quiera dar- estaría absolutamente de acuerdo con el comentario de Juez, independientemente de que esté mal. Es como en el programa de “100 argentinos dicen”: la respuesta más repetida no es necesariamente la correcta.

Juez, como supo hacer en los meses previos a su aterrizaje en el Palacio 6 de Julio, está sabiendo capitalizar en descontento de la ciudadanía. Es sabido que es un gran tiempista, un eterno superviviente de una política de encuestas que está permanentemente buscando un nuevo bufón para rellenar las listas.

Seguramente habrá muchos que crean que ninguno de los tres perfiles anteriores debería dedicarse a la política, por representar exageraciones o caricaturas que no son funcionales a un sistema democrático en el que el respeto por el otro ocupe un lugar central. ¡Sorpresa! no pueden ser mucho mejores que la sociedad de la que salen.

Las encuesta seguirán marcando qué es lo que la gente quiere votar en estos tiempos de desprecio por la clase política. “Son todos lo mismo” ya es una verdad absoluta para buena parte del electorado, y el “que se vayan todos” resuena cada vez con más fuera. Por eso energúmenos como Javier Milei (en nuestra segunda categoría) se van abriendo camino entre los políticos tradicionales.

Pobre mi alma, si entra al Congreso se va a dar con que será uno entre 257 diputados, sin fuerza para hacer nada por su cuenta.

La política precisa de mucho más que lloronas, gritones o bufones para funcionar bien. El problema es que no sabemos si es lo que quiere la gente. Y la gente, el pueblo o el electorado (la denominación es indistinta) nunca se equivoca.