Llaryora pone a los directores de CPC en la línea de fuego

La mayor apuesta de la gestión descansará, en gran medida, en los hombros de los directores de CPC. Los desafíos, hacer funcionar los Centros Operativos -a pesar del Suoem-, satisfacer la expectativa generada, y capitalizar políticamente el programa que busca ser la “opera prima” del PJ en la ciudad.

Por Felipe Osman

Martín Llaryora inauguró ayer el primer Centro Operativo de la ciudad, que funcionará bajo jurisdicción del CPC Empalme, y que inicia la largamente anunciada desconcentración operativa del municipio, programa de gobierno que busca perfeccionar la descentralización comenzada por Rubén Américo Martí, y abandonada luego por sus sucesores.
Desde un comienzo -incluso antes de recalar en el Palacio 6 de Julio- el peronismo puso esta iniciativa en el centro de su plataforma electoral, y aunque la política de recursos humanos implementada por el PJ bien podría (de sostenerse en el tiempo) convertirse en el principal argumento del llaryorismo para apalancar su proyecto político de cara al 2023, la desconcentración operativa cuenta con otra potencialidad, en tanto que podría explotarse propagandísticamente como el emblema su paso por la ciudad.
Ahora bien, más allá del entusiasmo con el que el anuncio fue realizado, en los despachos del Palacio Municipal saben que la faena no será en absoluto sencilla. Vale la pena entonces reparar en algunas de las dificultades con la que la gestión deberá lidiar para llevar a buen puerto la Desconcentración Operativa, probablemente el programa más ambicioso de la administración 2019-2023.
La primera de ellas será, desde luego, la resistencia del Suoem. Cuando el intendente explica el asombroso retardo en la implementación de la desconcentración operativa lo hace apuntando que sus predecesores “no supieron, no quisieron, o no pudieron” hacerlo. Es probable que la respuesta más ajustada sea una combinación de esos tres motivos, pero sin lugar a dudas el tercer término del enunciado ha sido el más determinante.
El otrora temido sindicato municipal siempre resistió con uñas y dientes la desconcentración operativa, en la que veía un duro golpe a su poder. Aceptar la desconcentración de las Áreas Operativas conllevaría, según siempre entendieron, no sólo la pérdida de ventajas hijas de la ineficiencia del municipio, sino también el debilitamiento de su poder sobre las reparticiones más beligerantes del Estado Municipal.
El peronismo ha logrado dar el primer empujón al asunto. Ahora deberá darse al incesante día a día, a la lucha cuerpo a cuerpo con el gremio para que atienda a los propósitos apuntados desde el Palacio Municipal.
En esa tarea los directores de cada uno de los Centros de Participación Comunal cobrarán una enorme centralidad de la que hasta ahora han estado exentos. En sus hombros estará la responsabilidad de llevar a buen puerto la desconcentración operativa, y trascartón deberán hacerlo en compañía de los mismos mandos medios interinos que dejó el radicalismo y que el peronismo, por desconocidos motivos, prorrogó en sus cargos. “En la línea de fuego, y tras las líneas enemigas”, sintetizó, tomando con humor su desconcierto, un conocedor de estos asuntos.
Otro aspecto a tener en consideración será satisfacer las expectativas generadas en torno al lanzamiento de la desconcentración operativa.
Cada uno de los CPC presenta características propias y se encuentra enclavado en un sector de la ciudad cuyas necesidades difieren de las demás. La gran pregunta es si la “capacidad instalada” de cada Centro Operativo alcanzará para satisfacer las demandas de los vecinos en plazos medianamente acotados. Si esto no ocurriera, el gran activo político de implementar la Desconcentración Operativa podría convertirse en un pasivo, en un costo para la gestión.
Finalmente el peronismo deberá lograr rentabilizar su apuesta. Capitalizarla en términos políticos.
Así como Martí consiguió que los CPC se convirtieran en el símbolo de su paso por el Palacio 6 de Julio, Llaryora deberá lograr que los Centros Operativos queden en la retina de los cordobeses como el legado de su gestión.
No debería darse por descontado que así será. A la vista está, por caso, el ejemplo de Ramón Mestre, que con sus altas y bajas construyó y puso en marcha cinco parques educativos con instalaciones de primera línea, sin que esas obras se hayan convertido en el símbolo de sus años al frente del municipio.