La plataforma es el mensaje

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Los estudios de comunicación son algo más o menos nuevo en términos de reflexión científica. No importa que ya lleven casi cien años entre nosotros, las transformaciones tecnológicas de los medios hacen que siempre haya que estar actualizando la bibliografía existente.

Allá por la década del ‘60 fue Marshall McLuhan el que enunció una máxima un tanto resistida por los que gustan de analizar profundamente el contenido de los mensajes antes que las formas que adopta. El canadiense estableció la idea de que “el medio es el mensaje”, una forma de decir que el medio a través del que se transmite un mensaje se incrusta en el mismo, cambiando la forma en la que la gente lo recibe.

No es nada loco: ante la aparición de un político cualquiera después de una operación, seguramente quienes lean sus declaraciones no sientan lo mismo que los que lo escuchen por la radio o los que lo vean por la televisión. La fuerza vocal se puede desvanecer si la imagen muestra debilidad física.

Eso, que ya está absolutamente estudiado, ha tenido un giro interesante con la aparición de las redes sociales. Algo que en el marketing o la publicidad está muy estudiado, en la comunicación política no parece tener el mismo desarrollo. Existe, pero no en tono McLuhaneano, sino más pragmático.

Que la situación política se interpreta de distinto modo según el tipo de medio que se consume es algo que se sabe hace mucho, pero en el caso de las redes sociales eso va un paso más allá. No se trata de qué medio o a través de qué tipo de medio se informa alguien, sino que la plataforma que se usa (independientemente de la línea política de las personas que se sigue) define en buena manera la forma en la que se ve la realidad.

La reina del discurso político es Twitter, en donde la imagen no parece tan importante como lo que se escribe. Es de un nivel intelectual superior, pero también es la más polarizada. La gente que medra en la red del pajarito vive en un loop eterno el 19 y 20 de de diciembre de 2001. La Argentina siempre está a punto de explotar, a la culpa de todo la tienen los otros y nunca hay lugar para el diálogo constructivo.

Facebook es la red social de la gente grande, la que comparte algunas publicaciones sobre política para que compitan con las de la Virgen milagrosa de algún paraje mexicano o con un video tierno de gatos. Hay indignación moderada: nos molesta lo que hacen los políticos, pero no nos podemos enojar tanto porque el gatito que corre el láser nos ablanda en el acto.

Si Twitter es la crisis de 2001, Instagram es la red social de los años de bonanza kirchnerista o los del 1 a 1. La política casi ni existe como algo serio, sino en forma de memes en los que nunca nada es tan grave. Incluso si hubiese un video de un político empalando a un indigente, la gente que pulula en Instagram encontraría la manera de suavizarlo con filtros sepia o con algún meme que los haga reír antes que pensar en lo denigrante de la situación.

Fuera de esa escala de redes más usadas está Tik Tok, un producto para gente a la que la política le parece absolutamente irrelevante. Los que se politizan en los márgenes del sistema usan Youtube, el cajón de saldos de una librería esotérica de la peatonal. Unos y otros son subcategorías de los extremos de Twitter e Instagram.

Los algoritmos hacen a la forma en la que nos informamos, nos relacionamos, nos divertimos o nos indignamos. Cada red tiene el suyo propio, buscando un determinado efecto en quienes la usan. Así, cada plataforma se incrusta en el mensaje, moldeando el mundo que vemos a nuestro alrededor y modificando nuestras expectativas (o la falta de estas) respecto a la política y los políticos.