La reacción conservadora contra el blando macartismo progresista

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Cuando en el barro, difícil saber cuál es cada chancho. Algo así parece estar pasando en la política argentina. Cada vez es más difícil distinguir a los que, con argumentos de lo más variado, se esconden detrás de algún dedo acusador. La lógica de la política como negación del otro está retornando poco a poco a un lugar demasiado importante como para dejarlo pasar así nomás.

El domingo se armó un gran revuelo en redes que, sin embargo, pasó bastante desapercibido entre los medios tradicionales. Un grupo de periodistas creyó que era buena idea lanzar un sitio (bajo el nombre “la reacción conservadora”) indicando quién es quién entre los que ellos consideran “la derecha”.

Por supuesto que tan genérico calificativo reveló rápidamente su engaño: no era más que un rejunte de personajes cuya única característica esencial era la de ser opositores al gobierno. Convivían en tan descabellado mapa personas que poco tienen que ver entre sí más que estar en las filas de la oposición, mientras que aliados al gobierno que bien podrían ser tildados de conservadores estaban oportunamente excluidos.

En un brote de moralidad increíble, las periodistas que armaron tan poco noble base de datos se encargaron de compilar quién está en pareja con quién, quién tuitea a quién, quién cena con quién o a quién le gusta sacarse fotos con poca ropa. Tan papafranciscano que duele.

Quizás la reacción de la audiencia tuitera fue un tanto desmedida ante una muestra tan pobre de macartismo berreta, una burla a las verdaderas listas negras de antaño. Sin embargo, nunca hay que dejar e señalar esos intentos que no deben ser normalizados. ¿Agrupar a gente por su forma de pensar? No parece ser guiado por un ideal de sociedad en el que ‘estemos todos’, para ironizar con el valor central de la campaña presidencial de los Fernández.

Esta petit Stasi dejó a la vista el dolor que sienten los que deberían ser vanguardia progresista ante los avances de los que les patean el banquito de superioridad moral en que llevan tanto tiempo parados. No es nada que no se haya visto antes. Lo que sí nunca se había visto antes es que hayan reculado tan rápidamente. Quizás entendieron que señalar a los que piensan distinto es darle la razón a los que les dicen que cada mañana deben cambiarse la ropa interior por sus sueños de chavismo eterno.

No es difícil imaginar qué dirían los defensores del nuestroamericanismo bolivariano si los medios de ‘la derecha’ hubiesen publicado un listado similar. De los mismos que banalizaron sistemáticamente la violencia política con expresiones como “fierros mediáticos” o usando “grupos de tareas” para hablar de medios o periodistas, no es difícil pensar la opereta de victimización que hubiesen encarado.

Nuestros pequeños bohemios burgueses salieron a gritar en contra de los que muestran de qué manera tienen encajados sus privilegios en distintas reparticiones del Estado, asustados por perder las prerrogativas que poseen por bancar el proyecto nacional y popular. Incapaces de distinguir al fascismo cuando lo tienen frente a ellos, no se dieron cuenta de lo que estaban haciendo hasta que mucha gente se los señaló.

Definitivamente, cada persona que decide participar en el debate público se expone a ser incorporado en alguna base de datos en la que se agrupe, con criterio caprichoso, a los que piensan distinto. Cada uno de nosotros, inconscientemente, va agrupando o vinculando a la gente de acuerdo a etiquetas que se presentan convenientes para ordenar el mundo.

Ahora bien, de eso a armar listas y mapas de relaciones hay un salto grande. ¿Qué pasaría si algún demente decidiera echar mano a esa información, que es pública pero que no estaba clasificada bajo criterios ideológicos como hasta el domingo?.

La naturaleza de buchón se mezcla con la de bufón en tan patética muestra de ignorancia e intolerancia política. Todo para el régimen, nada para los otros. Al amigo todo, al enemigo ni justicia. La subordinación al colectivo como premisa ordenadora de la vida política es, probablemente, uno de los primeros rasgos de cualquier autoritarismo dispuesto a ir un pasito más allá.

Hay una frase del anarquista Pierre-Joseph Proudhon que dice que “Ser gobernado es ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, sometido a la ley, regulado, escriturado, adoctrinado, sermoneado, verificado, estimado, clasificado según tamaño, censurado y ordenado por seres que no poseen los títulos, el conocimiento ni las virtudes apropiadas para ello. (…)

“Es, bajo el pretexto de la utilidad pública y en el nombre del interés general, ser puesto bajo contribución, engrillado, esquilado, estafado, monopolizado, desarraigado, agotado, embromado y robado para, a la más ligera resistencia, a la primera palabra de queja, ser reprimido, multado, difamado, fastidiado, puesto bajo precio, abatido, vencido, desarmado, restringido, encarcelado, tiroteado, maltratado, juzgado, condenado, desterrado, sacrificado, vendido, traicionado, y, para colmo de males, ridiculizado, burlado, ultrajado y deshonrado”.

Podría ser cierto, pero el liberalismo político y el republicanismo existen para limitar esas conductas. Quizás por eso, en lugar de caer en la gráfica descripción que hizo el francés, a los que se enojan con la diversidad no les queda más opción que hablar de una “reacción conservadora”. Porque aunque quieran no pueden seguir tales instrucciones al pie de la letra.