Igualados en la grilla de 2023, pero no en la cola para vacunarse

Calvo se vacunó en febrero, alegando él y otros ministros su alta exposición al contagio y su condición de personas en riesgo. Llaryora, en cambio, con algunos años más y también expuesto, se ubicó en la cola como cualquier viandante. El argumento de Calvo es valedero, sin dudas. Pero en estos casos lo que se impone en el imaginario colectivo es la foto.

Por Gabriel Osman

Igualados por varias circunstancias, Juan Manuel Calvo y Martín Llaryora son dos de los dirigentes sobre los que el peronismo ha colocado tildes para el relevo generacional que inexorablemente se producirá en 2023. Como se sabe, en un cuarto de siglo la provincia ha sido gobernada por José Manuel de la Sota, fallecido en un accidente en 2018, y Juan Schiaretti, que tras dos mandatos consecutivos estará inhibido en las elecciones de ese año.

Desde el 10 de diciembre de 2019, Calvo es vicegobernador y Llaryora intendente de la ciudad de Córdoba, dos cargos desde donde pretenden ser o suelen ser proyectados a la gobernación los políticos cordobeses, desde que el país se reinstitucionalizó en 1983.

Tienen casi la misma edad (Calvo 43 y Llaryora 48), ambos proceden del Departamento San Justo y los dos buscaron y lograron ubicarse entre los ajustados intersticios que dejaban en las estructuras de poder del peronismo cordobés las inmensas siluetas de De la Sota y Schiaretti.

El peronismo en el poder –siempre con la inestimable “cooperación” de los radicales- ha hecho tan tranquilos los relevos en los seis ciclos sucesivos que llevan en el poder provincial, que parece casi natural el pensamiento de no pocos de que el 2023 será un trámite.

Pero nada más alejado de la realidad para ese cruce de caminos. No es una certidumbre retener la Provincia y menos todavía la Municipalidad, por más aciertos que lleve acumulados la administración Llaryora. En buena medida dependerá de cómo sobrelleve sus pulsiones fracturistas el partido radical.

Por estas y otras razones, los hombres colocados en un nivel de alta expectabilidad deben cuidar su lucimiento público. Pongamos un ejemplo reciente y nada menos que sobre la vacunación contra el coronavirus. Calvo se vacunó en febrero, alegando él y otros ministros su alta exposición al contagio y su condición de personas en riesgo. Llaryora, en cambio, con algunos años más y también expuesto, se ubicó en la cola como cualquier viandante y fue inoculado la semana pasada.

El argumento de Calvo es valedero, sin dudas. Pero en estos casos lo que se impone en el imaginario colectivo es la foto.