Fiesta y protocolo en la ciudad colonial (Tercera Parte)

Los estrictos formulismos vinculados al estandarte real, así como las características de la celebración del Corpus Christi, son dos de las menciones que se encuentran en actas del cabildo de 1639, sobre festejos públicos.

Por Víctor Ramés
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Paseo del pendón, ilustración del siglo XVIII.

En las actas del cabildo reaparecen menciones al estandarte real, o pendón, símbolo de la autoridad monárquica, e incluso representación concreta de la figura del rey en celebraciones públicas, particularmente en aquellas ciudades donde no residía la Real Audiencia. La solemnidad, el respeto y el ajustado protocolo que se dispensaban a dicho objeto simbólico, habían sido establecidos y estrictamente legislados para las ciudades de Indias, desde 1535. En un archivo del Consejo de Indias citado por el autor mexicano Libardo Sánchez Paredes, se puede entender el origen verticalista del celo con que se abocaban los capitulares cordobeses a honrar y custodiar el pendón, que solo se sacaba para las ceremonias de la ciudad:
“…Mandamos que los Virreyes, Presidentes, y Audiencias de nuestras Indias, en las Ciudades principales donde las hubiere, asistan a esta ceremonia, como se hace en Lima y México, y lleve el Pendón el Regimiento a quien tocare por turno, desde el más antiguo, donde no hubiere Alférez Real por Nos proveído, cuyo lugar ha de ser el izquierdo del Virrey, o Presidente, porque al derecho ha de ir el Oidor más antiguo; y en las Ciudades donde no residiere Audiencia, le acompañen el Gobernador, Corregidor, o Justicia mayor, y Regimiento, desde la Casa del Regidor, o Alférez mayor que le lleva, hasta que vuelva a ella; y en cuanto al lugar, que ha de tener en la Iglesia, y acompañamiento, se guarde la costumbre.”

En el acta cordobesa del 28 de septiembre de 1639 hay una descripción del estandarte, y se transcribe la fórmula en uso para pasar la custodia del pendón real a otro funcionario, debido en este caso a que nuestro conocido alférez real Josef de Quevedo, portaestandarte oficial, estaría ausente para la fiesta de San Jerónimo. Dice que:
“El Sr. capitán Don Nicolás de Valdivia y Brizuela, teniente de gobernador y justicia mayor de esta ciudad de Córdoba y su jurisdicción por su majestad, entregó al sargento mayor Pedro de Ledesma, alcalde ordinario de esta dicha ciudad, el estandarte real de ella, que es damasco carmesí con un cordón de seda y borlas de seda del mismo color y amarillo, para que el día de San Jerónimo, que es a veintinueve de este presente mes y año, lo saque por esta ciudad que es la fiesta que hace todos los años como está acordado por el cabildo, por ausencia de Josef de Quevedo, alférez real de esta dicha ciudad por su majestad. Y lo tenga en su poder y guarde hasta que otra cosa se mande. (…) Saldrá con el dicho estandarte y estará a las órdenes que se le dieren, cumpliendo en todo con lo que su majestad tiene mandado a los que usan semejantes oficios.”

Se detallan incluso en el acta las actitudes corporales de Pedro de Ledesma, al hacerse depositario del pendón, y su repetición de la fórmula de juramento impuesto por la corona:
“El dicho sargento mayor Pedro de Ledesma recibió el dicho estandarte en la forma dicha y las manos juntas una sobre otra las metió dentro de las manos del dicho señor capitán Don Nicolás de Valdivia y Brizuela (…) y teniéndolas dentro dijo que hacía e hizo pleito homenaje como leal vasallo de su majestad de tener en buena custodia y guardia el dicho estandarte y en las ocasiones que se ofrecieren del escribano de su majestad, dándosele la orden por el dicho sr. gobernador a su capitán a guerra, o quien con derecho pueda y deba, los sacará y en todo guardará fidelidad y lo que es obligado conforme su majestad lo manda por los Reales títulos que da a los que usan tales oficios, pena de incurrir en mal caso y en las que incurren los que no cumplen con las obligaciones de tales oficios y así lo dijo y firmó ante testigos (…)”.

Otra festividad religiosa que atravesó los tiempos coloniales en Córdoba y en todas las ciudades hispanoamericanas, fue la del Santísimo Sacramento, también llamada de Corpus Christi. El primer año de su celebración en Córdoba fue 1639, y esto se lee en el acta del cabildo correspondiente al once de mayo de ese año, firmado ante escribano por sus miembros:
“Se trató que por cuanto está próximo el día del Santísimo Sacramento y para celebrar la fiesta es necesario que se haga una sarasca y cera para el gasto del día lo cual se ha de repartir entre los oficiales que hay en esta ciudad como son mercaderes, sastres, plateros, carpinteros, zapateros, silleros, herreros, tejeros, pulperos y otros cualesquier oficiales de cualesquier oficios y para que mejor se haga, se da comisión y se nombra por diputado para hacer el dicho repartimiento y la sarasca y cera a los señores sargento mayor Pedro de Ledesma alcalde ordinario y Josef de Quevedo alférez real y lo firmaron y se haga como se hace en todo el reyno de Perú o Potosí en Chuquisaca y puerto de Buenos Aires.”

Es muy rica la mención a los oficios que estaban representados en la ciudad, los cuales debían participar de la procesión del Corpus. En cuanto a la voz “sarasca”, (también tarasca), alude a unas figuras paganas y demoníacas que solían formar en la procesión. En la fiesta del Corpus se daba participación a los gremios de artesanos y a las cofradías, y eran festividades que por tradición incluían muchos elementos profanos vinculados al carnaval, como carros, representaciones, danzas y disfraces, muñecos gigantes y otras figuras. Si Córdoba se subió un poco tarde a la celebración del Corpus, sus fiestas cobraron cada vez más cuerpo. De esto halló noticia Pablo Cabrera en el año 1700, citado por Efraín Bischoff en Tres siglos de teatro en Córdoba:
“Cabrera, que es de quien obtenemos la referencia, por documento que hubo en su poder, advierte que “la procesión verificóse aquel año de conformidad a las normas trazadas por él” … “y en las procesiones de Corpus Christi, tan famosas en la ciudad del Suquía, aparecían danzando por delante de la sagrada custodia llevada por el sacerdote, un núcleo vistoso, llamativo y entusiasta de gigantes”. Los excesos paganos, y las quejas de la iglesia, hicieron que Sobremonte prohibiera las danzas y disfraces del Corpus, en 1791.