Europeo y anti-Pfizer, el decadente encanto de Fernández por creerse único

En todo caso, preocupa la falta de aptitud del mandatario argentino para moverse en el plano internacional. Parece ser dueño de una espontaneidad suicida, de cierta irresponsabilidad infantil, sin que exista un equipo de especialistas que le proporcione sustento e ideas. Es sintomático que los productores de memes sean los únicos en mostrarse felices con esta particular impericia.

Por Pablo Esteban Dávila

Las gafes de Alberto Fernández en materia de relaciones exteriores ya son un clásico. Si no fueran tan groseras, tan inexplicables, hasta podría decirse que constituyen operaciones perfectamente planificadas y ejecutadas. Cuesta encontrar en la historia del país -y quizá en la universal- un mandatario tan basto en su forma de relacionarse con el mundo.

A los numerosos ejemplos anteriores de metidas de pata debe sumarse la más reciente, esto es, el uso de una frase atribuida a Lito Nebbia (los mexicanos vienen de los indios, los brasileños de la selva y los argentinos de los barcos) expresada el miércoles ante un atónito Pedro Sánchez, el presidente del gobierno español.

Si bien la expresión sobre el origen ultramarino de la población argentina es muy conocida, su aplicación a la actualidad demográfica del país dista de ser muy exacta. En los últimas décadas, la visión que la Argentina tuvo de si misma durante el el Siglo XX como un país mayoritariamente blanco, europeo y de clase media se ha ido relativizando al extremo de hacerla virtualmente inaplicable. La inmigración trasatlántica se detuvo al ritmo de las crisis sin solución en las que se ha visto envuelto el país desde la pasada década del ’50, siendo reemplazada por otra proveniente de países limítrofes. Asimismo, la densidad de su otrora proverbial clase media se ha agostado sin remedio; basta ver la cantidad de integrantes de tal sector social pugnando por rehacer su vida en el extranjero para darse cuenta de que algo no ha salido bien.

Esta es una realidad que no ignoran los países latinoamericanos. La Argentina, de ser la envidia de la región durante tantos años, exhibe hoy indicadores de una amplio y sostenido fracaso. Los índices de pobreza no dejan de aumentar desde hace veinte años, la debilidad de su economía mueve a asombro y la inflación es una de las más altas del mundo, reforzando la exclusión y la marginalidad. Nada indica de que estas frustraciones puedan ser exorcizadas en el corto plazo.

Por el contrario, hay países vecinos que pueden jactarse de indicadores mucho mejores en el mismo período. Dejando de lado a Chile -el gran ejemplo de esta parte del mundo- Uruguay, Paraguay y Bolivia tienen desempeños económicos y sociales muy superiores a los nuestros. Incluso Perú, tan inestable políticamente, muestra variables macro que aquí parecen imposibles de lograr. El Brasil, en su carácter de gigante sudamericano y presa también de sus propias crisis, lleva gran ventaja en casi todas las materias respecto a la Argentina.

Esta es la realidad que enmarca las recientes expresiones de Fernández. Lejos de la poesía, resultan una manifestación de una soberbia ya sin ningún soporte fáctico cuando no de un racismo implícito, toda vez que las aristas supuestamente europeas del país hace ya tiempo que están lejos de ser monopólicas o ser una manifestación de industria o progreso. E, incluso si todavía fuesen suficientemente evidentes, esto no da derecho alguno a suponer orígenes monocausales en las poblaciones de otros estados, especialmente cuando existen sociedades comerciales (como en el caso del Brasil) o un declamado afecto político, como lo es México, ambas situaciones que exigen un gran respeto.

En todo caso, preocupa la falta de aptitud del mandatario argentino para moverse en el plano internacional. Parece ser dueño de una espontaneidad suicida, de cierta irresponsabilidad infantil, sin que exista un equipo de especialistas que le proporcione sustento e ideas. Sus recientes felicitaciones por Twitter a Pedro Castillo como “presidente electo” del Perú, por ejemplo, acaba de motivar una nota de protesta de Lima al embajador Enrique Vaca Narvaja, indicando que los resultados finales de las Elecciones Generales 2021 aún no han sido anunciados por las autoridades electorales y que, por lo tanto, todavía no existe un resultado oficial sobre el reciente ballotage. Es sintomático que los productores de memes sean los únicos en mostrarse felices con esta aquilatada impericia.

Esta vocación por hacer las cosas mal, por pretender que los argentinos tenemos un derecho universal a ser diferentes y jactarnos de tal cosa, no solo nos distancia de la comunidad internacional con errores completamente evitables sino que nos generan dificultades insalvables en un tema tan sensible como el de las vacunas contra el Covid-19.

El caso de Pfizer es sintomático. Después de meses de especulaciones, denuncias de coimas y supuestos planes del laboratorio por quedarse con los glaciares o la Laguna Mar Chiquita, al final lo único que impide la compra de sus vacunas es la inclusión en el texto de la ley correspondiente de la palabra “negligencia”. Nadie sabe quién la puso, aunque se supone que fueron los legisladores del Frente de Todos. Terminó siendo una manifestación de un nacionalismo bobo, cuyo único efecto ha sido, hasta el momento, la imposibilidad de contar con el antídoto preferido en el planeta.

El hecho de que no haya acuerdo con Pfizer dinamita todo el tiempo las posibilidades de adquirir estas dosis o recibirlas como donación de parte de los Estados Unidos a través del fondo Covax. Todo un logro de la tendencia nacional y popular, enamorada del decadente encanto que proporciona el placebo de autopercibirse como única e irrepetible. ¿De que sirve, finalmente, tanto orgullo soberanista o la infatuada jactancia de un origen étnico supuestamente particular si todo esto produce, al final, decisiones tan gravosas para los argentinos de a pie? La Casa Rosada está repleta de ideología, pero de una que se desconoce realmente que busca y que, hasta ahora, no ha traído más que penurias.

Este extravío roza niveles de ridículo al advertir que Fernández, en oportunidad de dialogar con Vladimir Putin en teleconferencia para la presentación conjunta de la producción de la vacuna Sputnik V criolla, se quejó ante su par ruso de las miserias del capitalismo (“es hora de entender que este, tal como lo conocimos hasta la pandemia, no ha dado buenos resultados”) sin reparar en el hecho de que, al menos desde 1991, la Federación Rusa ha adoptado el capitalismo -probablemente a su versión más feroz- como auténtico núcleo de su sistema económico. ¿Creerá el presidente de que todavía existe la Unión Soviética o que Putin desea regresar a su país al paraíso comunista de Leonid Brézhnev? Debe concederse que fue una escena muy bizarra.

Probablemente la mejor editorial del descalabro presidencial en el plano internacional la brinde recientes expresiones de Luis Juez, el embajador que tuvo Mauricio Macri en Ecuador y que tildó de mugrientos a sus anfitriones en pleno ejercicio de sus funciones diplomáticas. Señaló el actual diputado nacional que el presidente “está en Francia y critica el capitalismo (…) habla de derechos humanos y va a favor de Venezuela (…) recibe a los de la Amia y critica a Israel por Hamas (…) es muy contradictorio, sus expresiones en un montón de temas rayan la estupidez ideológica, una sobreactuación”. Que bajo habrá caído Fernández para que nada menos que Juez pueda darle cátedra sobre cómo comportarse en relaciones exteriores.