La vida después del baile

El día del cuarteto, que conmemora la primera actuación radial de la Leo el 4 de junio de 1943, convocó la semana pasada a interesantes panelistas que recorrieron la historia y la actualidad del género en una serie de debates virtuales organizada desde el Centro Cultural España Córdoba.

Por J.C. Maraddón

Algunos de los géneros musicales más populares de nuestro país evolucionaron a partir de un ritmo bailable que era adoptado por la población que sólo encontraba en la música un motivo de diversión, para distraerse de sus penurias y para iniciar un escarceo amoroso. No había allí ninguna pretensión trascendental. No se reclamaba vuelo artístico ni vena poética, sino una marcación que incitara al movimiento y, de ser posible, un mensaje que acompañara esa liviandad, que se dirigiera más al cuerpo que a la mente. Esos orígenes señalan así una especie de punto cero, desde el que sólo queda crecer.

Al tango tan bailado por los compadritos en los piringundines, le bastaron un par de décadas para hacer su ingreso en los grandes salones. Y para aportar músicos de enorme capacidad compositiva y poetas cuya sensibilidad daría lugar a la creación de obras maestras. Después vendría Astor Piazzolla, quien llevaría al género a una consagración internacional en el ámbito de la alta cultura. El folklore, ligado de modo indisoluble a la danza, también atravesó su periodo experimental y complejizó sus estructuras compositivas, sobre todo con la irrupción de talentosos artistas que levantaron la bandera de la renovación entre los años sesenta y setenta.

En Estados Unidos, el rocanrol también se dio a conocer como una danza que ponía como locos a los jóvenes y despertaba el recelo de los adultos. Tras ciertas pícaras alusiones sexuales, en sus letras no se escondía más que la incitación a moverse y sacudirse. Al avanzar la década del sesenta, también el rock cobró mayor densidad y muchos de sus cultores empezaron a alejarse de esa frivolidad inicial. En esa misma instancia, la rebelión rockera desembarcó en la Argentina, donde se manifestó contraria a cualquier corriente pasatista. Recién en los ochenta iba a reaparecer la costumbre de bailar en un recital.

El caso del cuarteto cordobés es muy particular, porque en sus casi 80 años de vida, se ha mantenido fiel a la demanda de sus bailarines. Las modificaciones lógicas que fue sufriendo aquel sonido original, casi siempre tuvieron que ver con la necesidad de acentuar la rítmica y promover los movimientos en la pista. La incorporación de influencias afroamericanas como la del merengue, que fue muy potente entre los ochenta y los noventa, implicó un cambio rotundo en la sonoridad y en la conformación de las bandas, pero referido en exclusiva a cómo hacer más contagioso el compás.

El día del cuarteto, que conmemora la primera actuación radial de la Leo el 4 de junio de 1943, convocó la semana pasada a interesantes panelistas en una serie de debates virtuales organizada desde el Centro Cultural España Córdoba. Y si bien el eje estuvo puesto en la cuestión de género, que atraviesa la actualidad cuartetera como la de tantos otros ámbitos, se verificaron también intercambios de opinión muy ricos acerca del futuro de este estilo cordobés que había consolidado un circuito muy sólido a lo largo del tiempo y que ahora con la pandemia ve tambalearse sus cimientos.

¿Será esta la ocasión en que el cuarteto deberá impulsarse más allá de su esencia danzante para ingresar en una dimensión que casi nunca se había atrevido a explorar hasta ahora? Tanto en el tango como en el folklore, estos procesos no estuvieron exentos de polémica y el rótulo de “traidor” fue inscripto sobre aquellos que se animaban a romper los esquemas para lanzarse a la innovación. Exigirá mucha convicción y una entereza a prueba de balas esa responsabilidad que alguna vez alguien debería asumir, para probar de una vez por todas si es que existe vida después del baile.