Fernández pide reformar al capitalismo y Biden regala vacunas

La donación de Biden no es una muestra de beneficencia oligárquica, sino de todo lo contrario. Habla de un nuevo espíritu que se vive a escala planetaria. En grandes rasgos, la mayoría de los países del mundo y de sus comunidades científicas han colaborado mucho para encontrar soluciones a la terrible amenaza planteada por el Covid-19. Cuando se escriba la historia en serio de esta pandemia, se destacará la velocidad con que se la enfrentó y derrotó. No existe un antecedente que se le asemeje en esta celeridad.

Por Pablo Esteban Dávila

Mientras Alberto Fernández profundiza la alianza de su gobierno con los paraísos democráticos de Cuba, Venezuela, Rusia e Irán, los Estados Unidos parecen ser la única nación dispuesta en serio a ayudar a la Argentina, al menos en el aspecto sanitario. El presidente John Biden acaba de anunciar la donación de 25 millones de dosis a través del mecanismo COVAX de las Naciones Unidas. De ese total, se estima que cerca de 6 millones se destinarían a Latinoamérica.

Esta donación es posible porque a los Estados Unidos le sobran vacunas a pesar de que continúa inmunizando a quien lo desee, turistas incluidos. Se estima que el 42% de su población ha recibido al menos una dosis. Este excedente se explica tanto por la productividad de Pfizer, Moderna y Jonhson & Jonhson como por las fuertes adquisiciones realizadas por la Casa Blanca cuando estos antídotos estaban en fase experimental. Biden, en este sentido, es un beneficiario entusiasta de las decisiones tomadas, en su momento, por la administración de Donald Trump.

Estos excedentes son la consecuencia de una economía liberal, los estímulos del mercado y el desarrollo tecnológico. Los laboratorios supieron, desde el primer momento, que lograr una vacuna contra el coronavirus sería un excelente negocio, amén de una contribución de primer orden a la humanidad. Y no defraudaron. Hasta el momento -pueden surgir otros- los productos de Pfizer y de Moderna parecen estar a la vanguardia en términos de efectividad. La vacuna Jannsen, de Jonhson & Jonhson, aunque de menor eficacia, es la primera que requiere de una sola dosis para lograr la inmunidad, con las ventajas que esto implica para la logística y los costos.

La donación de Biden no es una muestra de beneficencia oligárquica, sino de todo lo contrario. Habla de un nuevo espíritu que se vive a escala planetaria. En grandes rasgos, la mayoría de los países del mundo y de sus comunidades científicas han colaborado mucho para encontrar soluciones a la terrible amenaza planteada por el Covid-19. No obstante que en ciertos momentos del año pasado pareció regir la ley del sálvese quien pueda, la comunidad de naciones supo diseñar estrategias relativamente globales que ya están mostrando sus frutos. Cuando se escriba la historia en serio de esta pandemia, se destacará la velocidad con que se la enfrentó y derrotó. No existe un antecedente que se le asemeje en esta celeridad.

A diferencia de otras pestes en el pasado, la humanidad cuenta hoy con un impresionante bagaje de conocimientos y de recursos para limitar los efectos de los virus. Y aquellos se encuentran, básicamente, en los países occidentales, liberales y capitalistas. Es cierto que Rusia ha hecho un buen trabajo con su Sputnik V (el Instituto Gamaleya es muy conocido por sus fármacos contra el Ébola), pero su sistema industrial no parece mostrar el músculo suficiente que la actual demanda exige. Además, occidente cuenta a su favor con una tradición científica abierta y una férrea tutela a los derechos de propiedad intelectual, dos elementos que estimulan la creatividad y las soluciones de avanzada. Las vacunas de ARN mensajero (Pfizer y Moderna) son el ejemplo perfecto de esta combinación.

Y sin embargo, y contra toda esta evidencia, el presidente argentino insiste en repetir letanías tales como que es necesario reformar al capitalismo. Esto lo ha repetido en numerosas ocasiones, como si el país que gobierna pudiera dar alguna lección válida respecto a como una economía capitalista debe funcionar. Algo parecido había dicho Cristina Fernández en 2011 cuando todavía se hacían sentir los coletazos de la crisis de las hipotecas subprime, una catástrofe de la cual, sin embargo, el mundo supo salir bastante rápidamente y con traumas mucho menores de los que se recuerdan tras la debacle de Wall Street en 1929.

Por supuesto que Fernández no sabe lo que dice. Tampoco lo saben sus libretistas, todos antiliberales, globalifóbicos y falsoprogresistas. Muchos pensadores importantes -una categoría en la que, de seguro, no ingresará el presidente- han predicho a lo largo de los últimos doscientos años el fin del capitalismo liberal, pero este se resiste a morir. El último desafío ha sido, justamente, la pandemia en curso. Una buena cantidad de voces catastrofistas se hizo oír con particular atención durante 2020 llamando la atención de las “debilidades” de Europa y de los Estados Unidos para enfrentar la peste, contraponiéndolas con la supuesta “disciplina” de países menos individualistas (y más autoritarios). En estas predicciones supieron unirse tanto la izquierda política como ecologistas, indigenistas, veganos o terraplanistas, por citar solo algunas corrientes.

La realidad es que, sin menospreciar el costo humano de esta verdadera tragedia mundial, la luz al final del túnel se hace cada día más luminosa, y en gran medida gracias al capitalismo liberal. De hecho, las economías que adhieren a este sistema crecerán en forma significativa a partir de 2022, tal como se está viendo en el propio Estados Unidos. La Argentina, allende el rebote que se observará este año respecto del anterior, no podrá siquiera regresar a los niveles de 2019 en el corto plazo. Este es un problema endógeno, desacoplado del resto del mundo, que nadie en el gobierno parece estar dispuesto a resolver. El populismo se ha encargado de hacer del país un caso incomprensible que ya nadie en su sano juicio pretende estudiar, con excepción de los sufridos economistas criollos.

¿Qué es, entonces, lo que quiere reformar Fernández? El capitalismo se ha transformado muchas veces para desesperación de la izquierda, incapaz de domeñar su dogmatismo. Por eso el capitalismo sobrevive con lozanía y aquella debe recalcular todo el tiempo sobre como acomodar sus principios. El ejemplo de un Biden generoso repartiendo las vacunas pagadas por contribuyentes estadounidenses refleja, en buen grado, las típicas mutaciones capitalistas. ¿Qué dirá el argentino ante la munificencia de su colega del norte? “Dádivas imperialistas”, le espetará La Cámpora desde el Instituto Patria. Mientras tanto, el presidente seguirá agradeciendo a AMLO el envío de vacunas de AstraZeneca fabricadas en el país y demoradas durante tres meses por un laboratorio mexicano sin mayores explicaciones. Típica solidaridad de pico entre progresistas de la pobreza.